Ciudad del Vaticano. El mundo católico despide este lunes a Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco, quien falleció la mañana de este lunes en la Ciudad del Vaticano a los 88 años. Sin embargo, no será una despedida tradicional.
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Fiel a su estilo austero y coherente con su visión pastoral, el pontífice argentino dejó indicaciones claras y precisas: su funeral debe ser digno, pero sin ostentación. Nada de cámaras mortuorias, exhibiciones públicas fastuosas ni símbolos de poder terrenal.
Francisco pidió que sus exequias se celebren “como las de cualquier cristiano”, modificando significativamente el protocolo funerario papal que durante siglos ha seguido una liturgia cargada de simbolismo, poder y solemnidad. Su cuerpo, dispuesto en un único ataúd, no tres como antes, será de madera con interior de zinc, será expuesto sin catafalco ni báculo papal y la ceremonia será íntima, alejada del espectáculo y centrada en la fe.
Entre los principales cambios está también su elección final de reposo: la Basílica de Santa María la Mayor, uno de los templos marianos más antiguos de Roma, donde solía acudir a rezar antes y después de sus viajes apostólicos. Esta elección rompe con la tradición de enterrar a los pontífices en las criptas de la Basílica de San Pedro.
El funeral del “pastor, no del príncipe”
Las transformaciones que hoy sorprenden al mundo no fueron improvisadas. En noviembre de 2024, el Vaticano publicó la segunda edición del Ordo Exsequiarum Romani Pontificis, el libro litúrgico que regula las exequias de los Papas. En ese documento, aprobado por Francisco meses antes de su muerte, quedaron plasmadas todas sus disposiciones: una liturgia más simple, un lenguaje más pastoral, y la eliminación de ornamentos que asociaban el papado al poder terrenal.
Según explicó el arzobispo Diego Ravelli, maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias, la reforma fue solicitada directamente por Francisco con el propósito de que las exequias expresaran “mejor la fe de la Iglesia en Cristo resucitado”. El Papa quería que su funeral representara el paso de un discípulo y pastor, no el de “un poderoso hombre de este mundo”.
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Este enfoque se traduce también en decisiones como la eliminación del uso de tres ataúdes (ciprés, plomo y roble) –una práctica reservada históricamente a papas–, el traslado directo del cuerpo a la Basílica de San Pedro sin velatorio privado y la supresión del título de “Sumo Pontífice” durante las ceremonias, optando por fórmulas más simples como “obispo de Roma“.
Un funeral profundamente simbólico
El nuevo rito mantiene las llamadas “tres estaciones” tradicionales que siguen al fallecimiento de un Papa, pero con ajustes significativos. La constatación de la muerte, por ejemplo, no se realizó en la habitación donde murió –como dictaba el protocolo anterior– sino en su capilla privada. Desde allí, su cuerpo fue trasladado directamente a San Pedro, sin escalas en el Palacio Apostólico, ya que Francisco residía en la Casa Santa Marta.
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El ataúd, sencillo y sin ornamentos excesivos, fue preparado inmediatamente tras la muerte. En lugar del habitual velatorio privado, el féretro fue expuesto de forma abierta en la basílica para que los fieles puedan despedirse sin intermediarios ni escenografías, pero sin ser colocado en un catafalco ni acompañado del báculo ni otros símbolos de poder papal.
Otro elemento clave de la reforma es la supresión de la “Cámara Apostólica”, un cuerpo eclesiástico que asistía al Camarlengo en la gestión de la Sede Vacante. Francisco consideró que sus funciones eran prescindibles y optó por mantener solo la figura del Camarlengo como responsable de la transición entre pontificados.
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¿Por qué este cambio radical?
La respuesta puede encontrarse en la coherencia con la que Francisco vivió su pontificado. Desde su elección en 2013, rompió con muchas formalidades del Vaticano: vivió en una residencia común, usó un anillo papal sencillo, renunció a los lujosos zapatos rojos y siempre abogó por una Iglesia cercana a los pobres y marginados.
Su decisión de tener un funeral sin ostentación es un gesto final de humildad, una lección de fe en la sencillez y una clara señal a sus sucesores: el Papa no es un monarca, sino un servidor.
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En una época en la que las instituciones religiosas enfrentan la desafección de muchas personas por su lejanía o solemnidad excesiva, este acto puede tener un poderoso efecto pastoral y simbólico. El Papa que pidió una “Iglesia pobre para los pobres” se despide con la coherencia de quien supo que, al final, el poder de la Iglesia reside en el testimonio, no en la pompa.
El legado de un pontífice diferente
El funeral de Francisco no es solo un acto litúrgico, sino una declaración de principios. Con él se cierra un capítulo en la historia reciente de la Iglesia Católica, marcado por la reforma, la cercanía pastoral y la apuesta por una fe despojada de ostentación. Su ejemplo, incluso después de la muerte, sigue interpelando a la Iglesia y al mundo.
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Y quizás, en ese ataúd sencillo y sin coronas, yace no solo un Papa, sino un mensaje: la grandeza de la Iglesia se mide por su humildad.