Hemos vivido días frenéticos. La amenaza de los aranceles sigue en el ambiente y no desaparecerá en el corto plazo. Estamos a merced de los arranques de un solo hombre. De un día a otro cualquier acuerdo alcanzado puede desaparecer o presentar nuevas condiciones. Dicen los especialistas que los mercados soportan y absorben las malas noticias, pero la incertidumbre no la toleran. Es veneno para la economía.
La reciente amenaza de aranceles del 25 % por parte de Estados Unidos a las importaciones provenientes de México, anunciada por el presidente Donald Trump, ha encendido las alarmas en ambos lados de la frontera. Esta medida, justificada como una respuesta al tráfico de fentanilo y la migración irregular, amenaza con desestabilizar una relación comercial que, hasta hace poco, parecía un pilar inquebrantable de la economía norteamericana. Más allá de la retórica política, los datos sugieren que el impacto económico será severo, y lo que es más preocupante, recíproco: tanto México como Estados Unidos pagarán un precio alto por esta decisión. Sin embargo, al analizar las cifras y la estructura económica de ambos países, queda claro que México podría ser el más perjudicado en este enfrentamiento.
México, el principal socio comercial de Estados Unidos, exportó bienes por valor de 505,851 millones de dólares en 2024, según datos preliminares. Más del 80 % de estas exportaciones tienen como destino el mercado estadounidense, lo que evidencia la dependencia mexicana de su vecino del norte. Sectores clave como la industria automotriz (87,000 millones de dólares en vehículos y 64,000 millones en autopartes en 2024) y el agroalimentario (46,000 millones en productos agrícolas, incluyendo 10,800 millones en frutas y 9,600 millones en vegetales) enfrentan ahora un panorama desolador. Expertos como José Ignacio Martínez Cortés, de la UNAM, advierten que los aranceles podrían traducirse en paros técnicos, desempleo y una caída del consumo privado, colocando a la economía mexicana al filo de una recesión.
El Banco de México ya recortó su pronóstico de crecimiento para 2025 a un magro 0.6 %, en gran parte por esta amenaza arancelaria. Además, la volatilidad del peso, que ronda las 21 unidades por dólar, encarecerá las importaciones mexicanas -el 79.6% de las cuales provienen de Estados Unidos-, afectando desde los insumos industriales hasta los bienes de consumo cotidiano como lácteos y gasolina.
En el lado estadounidense la narrativa de Trump sugiere que los aranceles fortalecerán la economía local al reducir el déficit comercial con México, que alcanzó un récord de 171,189 millones de dólares en 2024, sin embargo, hoy con México como el mayor proveedor de bienes clave —desde aguacates (3,100 millones de dólares) hasta cerveza Modelo y tequila (afectando a empresas como Constellation Brands con un aumento estimado del 16 % en costos)—, los consumidores estadounidenses enfrentarán alzas inmediatas en los precios.
El sector automotriz, pilar de la integración económica regional, también sufrirá. Las cadenas de suministro transfronterizas, que dependen de autopartes mexicanas baratas, se encarecerán, afectando a fabricantes estadounidenses, y en última instancia, al bolsillo de los compradores de autos. Analistas como Erica York, de la Tax Foundation, han demostrado que los aranceles aplicados desde 2017 elevaron precios, redujeron producción y empleo en Estados Unidos, un patrón que podría repetirse. Aunque Trump asegura que “los aranceles no causan inflación, sino éxito”, la realidad es que los importadores estadounidenses serán los primeros en absorber el 25 % adicional, trasladándolo luego a los consumidores en un contexto donde la inflación ya es una preocupación electoral.
La diferencia en las afectaciones radica en la escala y la resiliencia. México, con una economía más pequeña y dependiente del comercio exterior (las exportaciones representan casi el 30 % de su PIB), sufrirá un impacto estructural inmediato: pérdida de competitividad, reducción de inversión extranjera y presión sobre el empleo. Estados Unidos, en cambio, enfrentará un daño más difuso, pero no menos significativo: inflación, encarecimiento de bienes esenciales y disrupciones en sectores manufactureros que dependen de insumos mexicanos. Sin embargo, la asimetría es evidente: mientras que para México el comercio con Estados Unidos representa más del 80% de sus exportaciones, para Estados Unidos, México equivale a solo el 15% de sus importaciones totales. Esto significa que, aunque ambos sufrirán, el golpe será proporcionalmente más devastador para México, cuya economía carece de la diversificación y el tamaño para absorber el impacto con la misma capacidad que su vecino del norte.
Un obstáculo adicional para México es la enorme dificultad de reemplazar a Estados Unidos como socio comercial. Países como China o la Unión Europea podrían parecer alternativas viables, pero la realidad es otra. La cercanía geográfica con Estados Unidos, las cadenas de suministro ya integradas y los beneficios del T-MEC han creado una relación comercial única que no se replica fácilmente. Por ejemplo, exportar automóviles o aguacates a Asia implica costos logísticos mucho mayores y barreras arancelarias que no existen en el mercado estadounidense. En 2024, las exportaciones mexicanas a China apenas alcanzaron los 11,000 millones de dólares, una fracción mínima comparada con los 505,851 millones hacia Estados Unidos.
Si bien Estados Unidos enfrentará costos reales, México emerge como el país más perjudicado. Su dependencia del mercado estadounidense, combinada con una economía más frágil y menos preparada para retaliaciones prolongadas, lo coloca en una posición de vulnerabilidad extrema. Una recesión en México es más probable que una crisis económica generalizada en Estados Unidos, donde el efecto podría diluirse en su PIB de 28 billones de dólares. La balanza comercial, aunque interconectada, no es simétrica: México tiene mucho más que perder.
¿Usted qué opina, amable lector? ¿Está preparado para vivir en la incertidumbre?