Una de las grandes interrogantes que mantuvo encendida la vocación filosófica de San Agustín fue la inquietud del mal. Muchos pensadores de todos los tiempos han ahondado en torno a esta idea: ¿El hombre es bueno o malo por naturaleza? El intento por responder esa inquietud ha hecho correr litros de tinta y toneladas de papel desde que se inventó la escritura, y no es para menos, ya que buscar esas respuestas versan alrededor de la propia naturaleza de eso que llamamos lo humano.
Aristóteles definía a lo humano como un Zoon politikon, esto es: un animal político, es decir un animal que vive en sociedad, definiendo a lo humano desde un centro que es su propia dimensión social y política, con la cual no se puede explicar el desarrollo de su existencia. El hombre, a diferencia de los animales posee la capacidad natural de relacionarse políticamente, o sea, crear sociedades y organizar la vida en Ciudades-Estado. La dimensión social ayuda a constituir la base de la educación y la dimensión política contribuye a la extensión y aplicación de esa educación. Aristóteles pensó mucho por la naturaleza del ser humano como por sus relaciones sociopolíticas, creía que el individuo sólo se puede realizar plenamente en sociedad, que posee la necesidad de vivir con otras personas. Afirma que aquellos que son incapaces de vivir en sociedad o que no la necesitan por su propia naturaleza, es porque son bestias o dioses. El Telos aristotélico, esto es: el fin último del hombre según su naturaleza es: procurar la Felicidad… y ésta sólo se logra dentro de la Polis.
Para el padre de la iglesia san Agustín, Dios creo al hombre a su imagen y semejanza y junto con ella la condición espiritual que es reflejo de su naturaleza humana: su libertad. La concepción de la naturaleza humana según san Agustín de Hipona se fundamenta en su interpretación teológica del relato bíblico, su experiencia personal de conversión y su crítica filosófica contra el maniqueísmo y ciertos neoplatonismos. Según Agustín, Dios creó al ser humano bueno y en armonía consigo mismo, con los demás y con la creación. El hombre fue dotado de libre albedrío para discernir entre el bien y su negación, reflejando con esto la imagen de Dios, es decir Dios también es libre. En su estado original, el ser humano gozaba de una voluntad orientada hacia Dios, el Bien Supremo. La naturaleza humana se corrompió tras la desobediencia de Adán y Eva. Este pecado original marcó a toda la humanidad, transmitiéndose como una culpa heredada. Agustín argumenta que todos los seres humanos nacen en pecado, con una voluntad debilitada y una inclinación al mal. La libertad humana quedó herida: el hombre puede elegir, pero tiende a preferir los bienes terrenales por sobre Dios. Agustín describe una tensión interna en el ser humano: Codicia, amor desordenado a lo temporal (placeres, poder, egoísmo). Caridad, amor ordenado a Dios y al prójimo, guiado por la gracia. El cuerpo, aunque creado bueno, se convierte en un campo de batalla debido al pecado. Sin embargo, no es el origen del mal, sino la voluntad corrompida. Para Agustín, la solución a este problema de existencia terrenal es la redención que no depende del esfuerzo humano, sino de la Gracia de Dios, un don inmerecido. La gracia sana la voluntad, permitiendo al hombre desear y obrar el bien. Sin ella, la libertad humana es esclava del pecado. Cristo, como mediador, restaura la relación entre Dios y el hombre, ofreciendo salvación a través de su sacrificio. Agustín rechaza que el mal sea una sustancia. Lo define como ausencia de bien, fruto de una voluntad que se aparta de Dios. El sufrimiento y la injusticia no son culpa de Dios, sino consecuencia del abuso de la libertad humana. Aunque la naturaleza humana está dañada, conserva el anhelo de Dios, -“Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. La salvación culmina en la visión beatífica de Dios, donde la naturaleza humana alcanza su plenitud en la eternidad. Para san Agustín, la naturaleza humana es una paradoja: corrupta por el pecado, pero redimible por la gracia. Su visión pesimista sobre la condición caída se equilibra con una esperanza teocéntrica, donde el amor divino restaura la libertad y dignidad del hombre. El hombre por sí mismo no trasciende, siempre necesitará del otro, siempre y cuando ese otro sea Dios.
La concepción de Friedrich Nietzsche sobre la naturaleza humana se aleja radicalmente de las perspectivas filosóficas tradicionales, enfatizando el dinamismo, la lucha y la autoafirmación. Postula que el impulso fundamental del ser humano no es la supervivencia ni el placer, sino la voluntad de poder: el afán de dominio, la autoexpresión y la superación de obstáculos. Esta fuerza sustenta todo el comportamiento humano, desde la creatividad hasta la ambición, y es la esencia misma de la vida. La humanidad dice Nietzsche ha existido en torno a la Moralidad del esclavo y del amo: Contrasta la “moral del esclavo” -arraigada en el resentimiento, la humildad y la obediencia, personificada en los valores judeocristianos- con la “moral del amo” (que celebra la fuerza, la nobleza y la autoafirmación). Argumenta que la naturaleza humana ha sido sofocada por la moral del esclavo, que suprime los instintos auténticos. Los débiles, incapaces de ejercer su poder, cultivan el resentimiento e inventan sistemas morales (por ejemplo, el bien contra el mal; el fin de los tiempos; todo está conectado y en equilibrio, etc) para demonizar a los fuertes. Para Nietzsche, la verdadera naturaleza humana exige trascender este resentimiento. El ser humano ideal es el Superhombre, que crea sus propios valores más allá de las concepciones tradicionales del bien y el mal. Esta figura abraza el autodominio, rechaza la mentalidad gregaria y afirma la vida mediante la autonomía y la creatividad. El Superhombre encarna la voluntad de poder en su máxima expresión. Como experimento didáctico, la idea del eterno retorno pregunta: ¿Revivirías tu vida de forma idéntica para siempre? Contestar afirmativamente esto, significa abrazar la vida en su totalidad, incluyendo el sufrimiento. La auténtica naturaleza humana implica este amor fati-amor al destino, rechazando el escapismo, la pasividad y la resignación. Los humanos no somos entidades fijas, sino obras en constante cambio y evolución. Nietzsche rechaza el esencialismo y aboga por la autoafirmación mediante decisiones y acciones. Llega a ser quién eres. Nietzsche valora la lucha y el sufrimiento como catalizadores del crecimiento. Argumenta que la racionalidad está sobrevalorada; la naturaleza humana se rige por igual por los instintos, las pasiones y el inconsciente.
Para Nietzsche, la naturaleza humana es un proceso fluido y conflictivo que afirma la voluntad de poder, trasciende los dogmas morales y se crea a sí mismo. El Superhombre representa la cima de este camino: un individuo que afirma la vida, abraza el caos, crea sentido y prospera en un mundo sin Dios. Su visión desafía la complacencia, instando a las personas a rechazar el conformismo gregario y a forjar heroicamente su propio camino.
Y tal vez esa sea nuestra naturaleza, crearnos a partir de lo que han hecho de nosotros.