Guamúchil, Sinaloa. A las 4:00 de la mañana, cuando la mayoría de la ciudad todavía duerme, Lourdes Guadalupe Acosta Valenzuela ya está de pie, removiendo su olla de atole de pinole.
Son 34 años los que ha dedicado a esta tradición, y en el Centro de Guamúchil, es un rostro y un sabor inconfundible.
“El secreto es la sazón, que no le pongo leche porque hay gente que le hace daño, y si lo quieren al natural, así se los preparo”, comenta Lourdes con una sonrisa mientras atiende su puesto.
Curiosamente, ella ya no lo bebe: “De tanto probarlo, lo aborrecí”.
Doña Loúrdes Guadalupe tiene más de 3 décadas deleitando el paladar de los guamuchilenses con su atole de pinole. Foto: Sabás Espinoza
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Su negocio no solo es un punto de venta, sino un espacio de encuentro. Desde temprano, clientes de toda la vida llegan por su cafecito, su atole y un pan, pero también por la charla. “Donde quiera que me miran, dicen: ‘Mira, ahí va la señora del atole'”, cuenta orgullosa.
El puesto de Lourdes tiene historia. “Me invitó una señora que tenía su punto aquí. Yo no quería, pero ella insistió: ‘Siéntate aquí a un lado de mí’. Ya falleció la viejita y me quedé yo”, recuerda.
Desde entonces, no ha dejado su lugar. Se levanta entre la 1:30 y las 2:00 de la mañana para preparar una olla de 30 litros. Y si se acaba, tiene listo un concentrado para seguir sirviendo. Su atole es tan solicitado que hasta pedidos especiales ha recibido: “Hace poco nos encargaron 50 litros para una fiesta, porque no querían dar chocolate con el pastel, sino pinole”.
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Doña Loúrdes Guadalupe sirve un vaso de atole de pinole a uno de sus clientes. Foto: Sabás Espinoza.
Una vida entre la estufa y las noticias
A pesar de las madrugadas, Lourdes no se acuesta temprano. “A las 10:00 me duermo, pero antes veo mi programa en la tele, las noticias”.
Su esposo, en cambio, duerme durante el día y la ayuda cuando llega el momento de preparar la bebida.
El ritual diario se repite sin falta y sus clientes lo saben. “Aquí los voy a estar esperando todos los días. Hasta las 10:00 de la mañana aguanto”. Y así, con su olla al fuego y una sonrisa en el rostro, sigue endulzando las mañanas de Guamúchil y brindando en cada taza, una historia.