Guasave, Sinaloa. Cuando a Vinicio lo hirieron de bala su familia dimensionó inmediatamente lo que venía, simplemente para bajarlo fue un peregrinar: buscar un raite que lo llevara de la sierra al Hospital Integral de Sinaloa de Leyva y de ahí llevarlo a la ciudad de Guasave, donde pudieran atenderlo para salvarle la vida por la bala que tenía incrustada en la espalda. Fue todo un viacrucis.
Para una familia tarámari, que si acaso tienen registro de nacimiento y muchos no, el tener acceso a servicios médicos es una “misión casi imposible”. Al llegar, ciertamente se le brindó atención, pero para la cirugía que requería debían trasladarlo a Culiacán, de entrada, sin peso de por medio hubo que pagar el acompañamiento de un médico en la ambulancia que le brindaron sin costo: ahí el hijo pidió los primeros 5 mil prestados a cuenta de… trabajo, porque no hay más propiedades que empeñar.
Erróneamente pensaron que sería lo único, llegando al hospital del IMSS-Bienestar los recibieron con una lista cuyo valor era de más de 30 mil pesos, había que surtir de medicamentos para practicarle la cirugía ¿de dónde? No había. Fue gracias a la intervención del Colectivo Tarámari que se pidió a la Secretaría de Salud el apoyo, el costo lo bajaron a poco más de 4 mil pesos, sin embargo, la operación nunca se llegó, hasta que Vinicio falleció 14 días después de ser baleado en la parcela que cosechaba, en la que se había quedado a dormir con su mujer.
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Con el mundo en contra…
Hortensia López Gaxiola, miembro del Colectivo Tarámari, quien acompañó a la familia en la travesía hasta para llevar a la esposa de Vinicio a Culiacán, porque en la ambulancia sólo permitieron que fuera su hijo, reconoció la situación que este grupo de población vulnerable de los altos de la sierra sinaloita enfrentan: sin dinero, sin existencia legal, con una comunicación limitada, pues no hablan el español, entre muchos otros factores en contra.
“Acuden al hospital cuando la enfermedad ya está agravada, cuando ya no la pueden atenuar con remedios tradicionales, entonces, ir al hospital les puede llevar, pueden ser días, porque el camión sube un día sí y un día no a San José de Gracia. Si encuentran un raite, les implica también un costo”, refirió la defensora de los grupos originarios de Sinaloa municipio.
Allá donde nadie los ve…
Las Tunas está a 40 minutos de la cabecera de sindicatura de San José de Gracia, en el corazón de la sierra que, a su vez, implica cuatro horas de camino en carro de Sinaloa de Leyva, el recorrido es cosa aparte.
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Sorteado el tema de los gastos de hospitalización, el fallecimiento de Vinicio no fue lo más doloroso. Para la entrega del cuerpo había que esperar al levantamiento de la carpeta de investigación por tratarse de un hecho doloso, luego al cruce genético de al menos dos personas y tener que ir por su medio hermano hasta la sierra donde se encontraba, al que finalmente no se le pudo vincular pues carecía de registro de nacimiento. Tampoco su esposa lo podía reclamar, legalmente no estaban casados, pero por la existencia de un hijo entre ambos permitió esquivar el protocolo.
El viaje de regreso a casa
El clima vino después, ya con el cuerpo de Vinicio en el ataúd, emprendieron camino hasta Sinaloa de Leyva, donde la carrosa de la funeraria que fue pagada por la Comisión de Atención a Víctimas, los dejó. Un nuevo “raite” en la camioneta del colectivo llevó al adulto de 53 años baleado el 8 de enero de 2026, de nuevo a su hogar en Las Tunas. “El cuerpo traía huaraches”, escribió Hortensia López.
Lo sinuoso del camino hasta allá, pero sobre todo la lluvia, obligaron a envolver el ataúd en hule negro para que no le entrara agua, había que mantenerlo en las mejores condiciones para su sepultura, esa que tuvo en algún espacio de cualquier parcela en la sierra, un rinconcito que lleva su cruz y que, a diferencia de muchos otros a quienes hasta hace poco enterraban en petate o en cobijas, su caja de metal evitará que los animales carroñeros le coman los huesos.
La muerte no es el final
Las dificultades no terminan con la muerte, la familia de Vinicio debió regresar este lunes a Culiacán por el acta de defunción, difícilmente lo harían cuando acababan de llegar; ya no tienen al patriarca, no hay propiedades qué reclamar, el “papelito” no les sirve de nada.
¿Quiénes son los tarámaris?
Un grupo de indígenas que habitan la sierra del municipio de Sinaloa en los límites con el estado de Chihuahua, no son tarahumaras, ellos mismos aseguran una separación, pertenecen a Sinaloa, aunque conservan la lengua y las costumbres de sus vecinos.