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Morbosos

En México, las noticias mórbidas —accidentes, crímenes, tragedias— nos atrapan como imanes. Basta hojear un periódico sensacionalista o sintonizar ciertos programas de televisión para confirmar que...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

En México, las noticias mórbidas —accidentes, crímenes, tragedias— nos atrapan como imanes. Basta hojear un periódico sensacionalista o sintonizar ciertos programas de televisión para confirmar que el morbo vende, y nosotros compramos. Decimos desear el éxito de nuestra presidenta en cumbres internacionales, pero en secreto aguardamos un tropiezo que alimente titulares. Los opositores, por su parte, parecen más atentos a los errores del gobierno que a sus propios logros. ¿Por qué esta obsesión por lo turbio? ¿Es algo exclusivo de nuestra cultura o una constante humana?

Desde tiempos inmemoriales, los seres humanos hemos sentido una atracción irresistible por el morbo. A lo largo de la historia, en todas las culturas, encontramos ejemplos de esta fascinación por lo macabro: los romanos se deleitaban con las luchas sangrientas en el Coliseo; los aztecas veneraban los sacrificios humanos; los antiguos chinos ideaban técnicas de tortura de una crueldad estremecedora. El morbo no es un capricho moderno; es una curiosidad universal, un impulso que nos lleva a asomarnos al abismo, a mirar lo prohibido sin caer en él.

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En el mundo actual, esta inclinación sigue vigente. Ante cualquier situación con dos posibles desenlaces, casi siempre preferimos el más turbio. En público, proclamamos esperar el resultado más lógico o deseable, pero en el fondo anhelamos el caos. Cuando surge un conflicto regional, como los enfrentamientos entre Ucrania y Rusia o el reciente intercambio de misiles entre Irán e Israel, lo convertimos en el preludio de una tercera guerra mundial. En redes sociales, los algoritmos revelan nuestra contradicción: mientras hacemos votos por la paz, consumimos con avidez contenido que alimenta fantasías apocalípticas.

A nivel local, el morbo se vuelve aún más crudo. Aunque condenamos la violencia que azota nuestras ciudades, no resistimos la tentación de indagar quién lidera la guerra del crimen organizado. Escarbamos en redes sociales buscando imágenes de balaceras o víctimas, y seguimos con interés morboso las historias de enfrentamientos con las autoridades. No es casualidad que la nota roja sea la sección más consumida en los medios: refleja nuestra obsesión por el lado oscuro de la realidad.

Esta fascinación no se limita a consumir contenido; también se manifiesta en lo que compartimos en nuestras propias redes sociales. Publicamos indirectas cargadas de veneno, memes que ridiculizan la caída de una celebridad o videos que capturan momentos de conflicto, sabiendo que generarán reacciones. En X, por ejemplo, es común ver publicaciones que amplifican rumores sobre famosos o que celebran el fracaso de figuras públicas, a menudo acompañadas de un tono sarcástico o moralista. Al hacerlo, no solo consumimos morbo, sino que lo producimos, alimentando un ciclo donde el escándalo se convierte en moneda de cambio para obtener likes, retuits o comentarios. Esta dinámica revela una búsqueda de validación social: compartir lo morboso nos posiciona en el centro de la conversación, aunque sea a costa de perpetuar narrativas dañinas.

El acto de publicar contenido morboso también refleja una contradicción interna. En nuestras cuentas, proyectamos una imagen de empatía o indignación, pero a menudo elegimos destacar tragedias o errores ajenos para atraer atención. Por ejemplo, compartir un video de una pelea callejera o un comentario mordaz sobre el desliz de un político no solo amplifica el morbo, sino que nos hace cómplices de su normalización. En este sentido, nuestras redes sociales se convierten en un espejo de nuestra propia fascinación por lo turbio, donde el deseo de ser vistos y escuchados nos lleva a priorizar el sensacionalismo sobre la reflexión.

En lo personal, tengo un amigo que ilustra perfectamente esta tendencia. Se deleita narrando las desgracias ajenas, pero guarda silencio ante los éxitos. Entre más trágica sea la historia, mayor es su entusiasmo. Y no es una excepción. En el mundo digital, los comentarios sobre caídas en desgracia —especialmente de figuras famosas o acaudaladas— superan con creces los que celebran momentos de superación. Queremos ver sangre digital, y mientras más alto esté el protagonista, más disfrutamos su caída.

Sin embargo, esta adicción al morbo tiene un costo. Nos desensibiliza, reduce tragedias humanas a mero espectáculo y perpetúa una narrativa que glorifica la violencia en lugar de cuestionarla. Además, desvía la atención de problemas estructurales —corrupción, desigualdad, impunidad— que requieren análisis profundo, pero no generan el mismo impacto inmediato. El primer paso para romper este ciclo es reconocer nuestra complicidad como consumidores y creadores de contenido. No se trata de cerrar los ojos ante la realidad, sino de exigir un periodismo responsable y replantear qué compartimos en nuestras redes, priorizando lo que construye en lugar de lo que destruye.

El morbo no solo refleja lo que vemos en las noticias o publicamos en línea, sino lo que estamos dispuestos a tolerar como sociedad.

¿Qué opina usted, amable lector? ¿Qué tan morboso es?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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