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Los solos

Hace un año escribí algo similar, aunque no idéntico. Existe un grupo de mexicanos —quizá millones, miles, un puñado o solo yo—que sentimos que vivimos como...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

Hace un año escribí algo similar, aunque no idéntico. Existe un grupo de mexicanos —quizá millones, miles, un puñado o solo yo—que sentimos que vivimos como arrimados en nuestro propio país. El número no importa; lo que pesa es el sentimiento de abandono y soledad.

Tras la jornada electoral para elegir al Poder Judicial, nos (o me) sentimos aún más solos. Hoy desperté en un país que está muy lejos de representar lo que deseo para mis hijos. El panorama es desolador desde mi perspectiva (que hablen por sí mismos quienes están felices). No me siento incluido en el rumbo que se traza para México. Decidí no participar porque el sistema judicial propuesto no es el que quiero. La alternativa que me ofrecieron para mejorar lo que ya tenemos no solo es insuficiente, sino que la considero peor. Desde niño me enseñaron a no participar en juegos si no estaba de acuerdo con las reglas; eso hice: me negué a jugar con reglas que me desagradan.

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Creo en un México donde la ley sea inquebrantable, donde las instituciones estén por encima de los caprichos políticos, donde existan contrapesos y la palabra del gobernante no sea dogma. Sueño con un país que invierta en educación, salud y oportunidades para que cada ciudadano pueda competir en un mundo exigente, no en uno que priorice dádivas disfrazadas de programas sociales mientras el emprendimiento y la generación de riqueza quedan rezagados. Rechazo un sistema que mira al pasado para culpar o imponer ideologías, que perdona a corruptos solo por alinearse con los ganadores y que valora la lealtad ciega por encima de la preparación y los resultados.

Tampoco creo que la oposición me (o nos) represente. Los partidos que dicen encabezar ideas contrarias al régimen me parecen obsoletos y deberían desaparecer. Por cierto, sigo militando en uno de ellos, pero solo con la esperanza de contribuir, desde dentro, a desmantelar la burocracia que ha corrompido estas herramientas de participación ciudadana. El PRI y el PAN, tal como existen actualmente, hacen más daño a los ciudadanos que buscan un camino diferente al trazado por el régimen.

No se trata de añorar el pasado. Los gobiernos anteriores fueron un desastre. Si por mí fuera, muchos de esos servidores públicos estarían en la cárcel sin necesidad de consultas populares. Por desgracia, varios de esos personajes solo necesitaron ponerse un chaleco guinda para expiar sus culpas. El pasado no perdió sus privilegios; simplemente los vistió de otro color.

Vivir como arrimado en mi país no me exime de mis obligaciones como ciudadano. Pago mis impuestos puntualmente, respeto la ley, trato de no pasarme los semáforos y, de vez en cuando, me emociona un partido de la selección. Sin embargo, no tengo voz en este sistema.

No estoy de acuerdo con el asistencialismo de los programas sociales; considero indignante la falta de consecuencias para los políticos por sus omisiones o complicidades con el crimen; el modelo económico impulsado por el gobierno me parece insostenible a mediano plazo; el sistema de salud es una burla; la propaganda en la SEP es aberrante; los excesos de personajes como Noroña me resultan inverosímiles, y así sucesivamente.

Tal vez este país es un edén para la mayoría, y me alegra por ellos. Sin embargo, los que nos sentimos solos deberíamos tener un espacio para desarrollar nuestra propia idea de progreso. No lo tenemos. No nos necesitan, y está bien. Pero, invocando el verdadero espíritu democrático, lo mínimo que pueden hacer las mayorías es dejarnos en paz en nuestra soledad. Hablemos de una tregua: lleven al país por donde quieran, pero no nos exijan participar activamente en un proyecto que no compartimos. Permítannos usar las instalaciones de este país, que sostenemos con nuestros impuestos, y asunto arreglado.

Aun así, no me rindo. Hay quienes, como yo, buscamos construir desde los márgenes con pequeños actos cotidianos: educando a nuestros hijos con valores, apoyando a nuestros vecinos, creando redes de solidaridad. Quizás no cambiemos el rumbo nacional, pero podemos sembrar semillas para un México diferente, uno que algún día valore a todos, no solo a quienes gritan más fuerte o ganan en las urnas. Mientras tanto, seguimos siendo arrimados, pagando el precio de habitar un país que no nos incluye.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Es parte de los solos?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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