Miles de ciudadanos salieron de manera espontánea a las calles de Culiacán para gritar “ya basta”. El gesto merece un reconocimiento, por la necesidad genuina de poner un alto a tanta violencia que ha dejado muertos, desaparecidos y un profundo dolor en miles de familias.
Sin embargo, después de la marcha toca mirarnos al espejo. ¿La solución es solo responsabilidad de las autoridades? ¿O también de una sociedad que, en muchos casos, ha sido omisa o incluso favorecida del dinero sucio que deja el narcotráfico?
No podemos ignorar que ese dinero ha tocado sectores muy diversos: negocios, eventos, campañas, empleos. Muchos de los que hoy se quejan, de alguna manera, también han recibido esos beneficios.
Por eso la reflexión tiene que ser profunda, sincera y objetiva. No se trata de culpar a un gobernador ni de reducir todo a buenos y malos.
El verdadero problema es la impunidad y la violencia que impone el narco, pero también la forma en que esa cultura ha permeado en nuestra vida cotidiana.
La marcha fue un paso importante. Una señal de que hay ciudadanos dispuestos a levantar la voz. Pero si de verdad queremos cambiar la historia de Sinaloa, el compromiso tiene que ser de todos.
La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿qué estamos dispuestos a cambiar cada uno, para que nuestro estado deje de estar sometido al poder del narco?