Nos acercamos a los 10 meses de violencia que azotan Sinaloa; por cierto, muchos se molestan cuando señalo que la violencia está focalizada en algunos cuantos municipios del centro del estado; sin embargo, las estadísticas no dejan fuera ninguno de los 20 municipios de la entidad.
Por otro lado, se gobierna a personas; no a territorios. Es decir, más del 70% de la población del estado está sufriendo de manera constante los estragos de esta guerra que parece interminable.
Por último, si en verdad las autoridades tuvieran éxito en algunas zonas de la entidad en controlar los embates de la delincuencia deberían aplicar la misma estrategia para todo Sinaloa: no lo hacen. Esa paz regional es producto de todo menos de una estrategia sólida de parte del gobierno.
Sigue la columna de José A. Ríos Rojo en la sección especial de Línea Directa
Uno se levanta cada mañana con la esperanza de que las cosas cambien, de que el panorama de violencia que asola nuestro querido Sinaloa comience a disiparse. Pero, ¿saben qué? La decepción es el pan de cada día, y no precisamente por lo que hace o deja de hacer el gobierno, que de eso ya ni hablamos, sino por la apatía y el silencio cómplice de quienes deberían ser la voz de la sociedad.
En estos casi 10 meses la mayor carga de responsabilidad del fracaso es del gobierno. No cabe ninguna duda. Es tan grande su fracaso que mejor se pusieron a inventar un nuevo lenguaje para reclasificar los sucesos relacionados con la violencia. Llegaron a ridículo de llamar “personas deprendidas de las extremidades cefálicas” a los decapitados. Pero el fracaso gubernamental no es tema nuevo. Es la constante; sin embargo, hay otro fracaso (en el cual me incluyo) y es el que me tiene decepcionado.
En cuanto a la sociedad sinaloense que, en su conjunto, parece haber claudicado. ¿Dónde quedó la indignación? ¿Dónde la capacidad de asombro ante cada hecho violento, cada desaparición, cada extorsión que golpea a nuestras familias? Nos hemos acostumbrado al horror, lo hemos normalizado, y eso es la verdadera tragedia.
Ni qué decir de la sociedad académica. ¡Ah, la academia! El templo del pensamiento crítico, de la investigación, de la propuesta. Nuestras universidades, que deberían ser el faro que ilumine el camino ¿Dónde están los análisis profundos sobre las causas y consecuencias de la violencia? ¿Dónde las propuestas audaces para su erradicación? Más allá de uno que otro estudio aislado, el grueso de la comunidad académica parece vivir en su propia burbuja, ajena a la cruda realidad que se vive a unos cuantos metros de sus aulas.
Desde luego, no puedo dejar de mencionar a los medios de comunicación. Sí, también nosotros tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Si bien algunos intentamos, con las uñas, mantener informada a la ciudadanía y señalar las anomalías, la verdad es que muchos se han sumado al coro de la autocensura o, lo que es peor, al del servilismo. Nosotros también (yo, incluido somos una decepción)
Y aquí viene el punto medular, estimados lectores, el que verdaderamente nos debería preocupar: la casi nula presión que estos sectores han ejercido sobre el gobierno para resolver el tema de la violencia. Es verdaderamente decepcionante ver cómo se limitan a lamentar los hechos, a emitir comunicados genéricos o a participar en reuniones a puerta cerrada que no llevan a nada.
Lo poco que se ha hecho se reduce a esfuerzos aislados, a la valentía de unos cuantos ciudadanos que, sin apoyo institucional, intentan levantar la voz. Pero el impacto es mínimo cuando no hay una presión social organizada y contundente. El gobierno, ni tardo ni perezoso, toma nota de esta pasividad y, por supuesto, aprovecha para seguir operando con la misma inercia, sabiendo que la sociedad no le exigirá cuentas. No se trata de reventar a las autoridades se trata que sientan la presión de dar resultados. No basta con el mejor de sus esfuerzos. No decidieron ser los representantes de todos nosotros solo para poner excusas. El problema es difícil, pero tienen todos los medios a su disposición para resolverlo.
Algunos consideran que la sociedad no debe exigir por temor a represalias, otros tantos dicen que debemos ser más participativos. Sea por una cosa o por la otra, la sociedad sinaloense también hemos sido decepcionantes y no hemos estado a la altura del reto.
¿Usted qué opina, amable lector? ¿Siente decepción?