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Culiacán y Sodoma: ciudades hermanas

El Antiguo Testamento nos cuenta la historia de la caída de las ciudades Sodoma y Gomorra. La Biblia relata cómo los excesos en los que vivían...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

El Antiguo Testamento nos cuenta la historia de la caída de las ciudades Sodoma y Gomorra. La Biblia relata cómo los excesos en los que vivían esas ciudades llevaron a Dios a considerar la destrucción de ambas. Abraham decidió interceder por ellas para su salvación. El Todopoderoso respondió al patriarca que las ciudades serían perdonadas si en ellas vivían 10 justos. No se pudieron encontrar 10 justos. Las ciudades estaban condenadas, salvo por una excepción: Lot.

Según el relato bíblico, Lot era una persona pía. Dios decidió destruir las ciudades, pero perdonar la vida de Lot y su familia. Envió dos de sus ángeles a la casa de Lot para anunciar la noticia y pedirle que saliera de la ciudad en los próximos días. La gente de la ciudad se enteró y formó una turba para confrontar a los ángeles. De acuerdo con las Escrituras, los ciudadanos de Sodoma intentaron seducir a los enviados del Señor. Los ángeles castigaron a la muchedumbre, dejándolos a todos ciegos en el instante.

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Días después, Lot salió acompañado de su familia. El exiliado llevaba consigo un mandato de los enviados de Dios: tenía prohibido voltear a la ciudad abandonada; si desobedecía la orden, tendría un castigo. A la esposa de Lot le ganó la curiosidad (o, vaya usted a saber por qué lo hizo) y volteó para apreciar lo que estaban dejando atrás. La señora quedó convertida en una estatua de sal en el instante.

Culiacán, en muchos aspectos, es parecida a Sodoma. Se podría decir que son ciudades hermanas. Durante décadas, la capital sinaloense vivió en el exceso y la degradación comunitaria. Tanto autoridades como sociedad fueron abrazando la blasfemia social. El dinero fácil y las prerrogativas de vivir muy de cerca con el crimen organizado fueron aprovechados por todas partes. De vez en cuando, al igual que los ángeles de Dios, llegaban emisarios a señalar las consecuencias de dejar crecer la bestia. Evidentemente, la ciudad desoía a los mensajeros y los tachaba de exagerados. La fiesta seguía igual que siempre.

La narrativa bíblica es una parábola teológica, diseñada para enseñar principios morales y espirituales en un contexto antiguo. Culiacán, en cambio, es una ciudad viva, con problemas estructurales que no se resuelven con juicios divinos, sino con políticas públicas, cohesión social y voluntad colectiva.

La violencia en Culiacán no es un castigo celestial, sino el resultado de décadas de desigualdad, falta de oportunidades y un mercado global de drogas que alimenta el caos. Mientras Sodoma fue destruida por completo, Culiacán lucha por renacer, con ciudadanos que resisten, emprendedores que persisten y comunidades que buscan paz.

La comparación nos invita a reflexionar sobre la responsabilidad colectiva. En Sodoma, la ausencia de “diez justos” selló su destino (Génesis 18:32). En Culiacán, hay incontables “justos” —maestros, médicos, activistas— que trabajan por un futuro mejor. Pero también hay complicidad silenciosa, ya sea por miedo, conveniencia o apatía, que permite que el crimen prospere. La lección de Sodoma no es solo sobre el castigo, sino sobre la necesidad de actuar con justicia y solidaridad antes de que sea demasiado tarde.

Desconozco la cantidad de justos que vivan en Culiacán. Seguramente son muchos más de los que vivían en Sodoma. Imaginemos a un Lot en Culiacán: podría ser un maestro que educa a pesar de las amenazas, un activista que denuncia la corrupción o una madre que protege a sus hijos del reclutamiento criminal. En Culiacán hay muchos “Lotes”, personas que, en medio del caos, eligen la justicia, la solidaridad y la esperanza.

La mirada de la esposa de Lot nos desafía a preguntarnos: ¿qué significa mirar al pasado en Culiacán? Para algunos, es aferrarse a una Sinaloa mítica, donde el narcotráfico era visto como una forma de vida “romántica” o una economía paralela que beneficiaba a unos pocos. Para otros, es lamentar la pérdida de seguridad sin actuar para recuperarla. El castigo de mirar atrás no es una transformación literal en sal, sino la condena a repetir los mismos errores: permitir que la corrupción prospere, ignorar a los marginados o normalizar la violencia. En contraste, avanzar requiere aprender del pasado sin quedarse atrapado en él, enfrentando los problemas estructurales —desigualdad, falta de oportunidades, corrupción— con soluciones prácticas y colectivas.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Es Lot?

 

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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