Madrid, España.- Érase una vez un director de cine, Ang Lee, que rodó un cuento, “Life of
Pi” que buscaba un final feliz en los Óscar, premios con los que
también vivieron felices y comieron perdices en los últimos años “Hugo”,
de Martin Scorsese, o “Chocolat”, de Lasse Hallström. Un
director llegado desde un lugar muy, muy lejano, Taiwán, que ya tiene
dos Óscar por “Crouching Tiger, Hidden Dragon” y “Brokeback Mountain”,
vuelve a sonar como gran candidato a final feliz con esta fábula en la
que un tigre llamado Richard Parker y un adolescente indio comparten
barca en medio del océano durante 227 días. Este cuento escrito
por el canadiense Yann Martel y rodado con indudable sentido de la magia
por Lee, esconde parábolas sobre las relaciones entre la razón y la fe o
las armas del hombre frente a la naturaleza y la naturaleza frente al
hombre. Una moraleja y un tono dignos de “El principito”, de
Esopo o Samaniego, de los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen o
Perreault. A la altura del público adulto, pero sin dejar de ser apta
para el público infantil. Un camino del cine adulto curioso,
teniendo en cuenta que el cine infantil evoluciona hacia la ironía y la
doble lectura y las nuevas adaptaciones de los cuentos clásicos -como
las tres “Snow White” de 2012- buscan una vuelta de tuerca a las
convenciones. “Life of Pi”, en cambio, va de frente con unos
mensajes troncales de la filosofía y el arte que quedan reducidos más al
poder de la imagen que al de las palabras gracias a la habilidad de un
director capaz de inmiscuirse en los secretos de la América profunda con
un western homosexual o adaptar exquisitamente a Jane Austen. Un
camaleón capaz de componer cualquier cuento con igual credibilidad. Su
ductilidad como cuentacuentos llama tanto o más la atención que el caso
de Martin Scorsese, maestro de la violencia del mundo adulto, que quiso
hacer soñar a sus hijos con la magia del cine en “Hugo”, ganadora de
cinco Óscar, basada en el relato de Brian Selznick y atrapada en el
tiempo y el espacio de un reloj en la estación parisina de Montparnasse.
No llegó a ganar ningún Óscar, pero sí se coló en las grandes
categorías “Chocolat”, un nuevo canto a la tolerancia de Lasse Hallström
con una “bruja buena” que llega y se va con el viento y opera desde una
pastelería, interpretada por Juliette Binoche según la imaginación de
la escritora Joanne Harris. También a las puertas del eunuco
dorado, y también con una receta de cacao, se quedó “Como agua para
cholocate”, de Alfonso Arau según la novela de Laura Esquivel, y la gran
heroína de principios del siglo XXI, “Le fabuleux destin d’Amelie
Poulain”, de Jean Pierre Jeunet. En cambio, los Óscar no
prestaron atención a Spike Jonze cuando realizó la muy poética “Where
the Wild Things Are”, según el libro de Maurice Sendak, convertida en
película de culto, ni han querido consagrar todavía al profesional del
universo mágico, de la nieve de algodón y el relato al pie de la
hoguera: Tim Burton. Desde la reivindicación del patito feo en
“Edward Scissorhands” al poder de la fabulación de “Big Fish”, el más
comercial de los “freaks” ha utilizado la fórmula del cuento para
encandilar en numerosas ocasiones. Burton había adaptado con
mucho éxito “Alice In Wonderland”, el cuento más adulto jamás realizado
en animación por Disney. Pero en la época en la que el mago de Burbank
era el cuentacuentos oficial desde la animación, otros maestros crearon
sus fábulas con imágenes reales. El más efectivo de ellos había
sido Frank Capra, que insufló esperanza a Estados Unidos después de la
crisis del 29 con “Mr. Deeds Goes to Town” y “Lost Horizon” o, tras la
Segunda Guerra Mundial, con la obra maestra del optimismo, “It’s a
Wonderful Life!”, emocionante reencuentro con la ilusión por la
existencia con ángeles y resurrecciones incluidas. En Francia,
el exquisito Jean Cocteau se encargaba de realizar una primorosa versión
cinematográfica de un cuento lleno de reminiscencias psicoanalíticas,
“La Belle et la bête”, mientras que William Dieterle hacía una de las
cintas más atípicas y fascinantes del Hollywood clásico con “Portrait of
Jennie”, que Luis Buñuel reclamaría más adelante como su película
favorita.TJ
Grandes directores al servicio de la fábula
Un camino del cine adulto curioso, teniendo en cuenta que el cine infantil evoluciona hacia la ironía y la doble lectura
Fuente: Internet