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Existen muchas formas de definir la valentía, pero la guerra tiene su propio diccionario. En los últimos veinte meses, Sinaloa se ha convertido en un laboratorio...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

Existen muchas formas de definir la valentía, pero la guerra tiene su propio diccionario. En los últimos veinte meses, Sinaloa se ha convertido en un laboratorio forzoso de la condición humana, un lugar donde el peligro dejó de ser una anomalía estadística para transformarse en el tejido mismo de la rutina. En este escenario, el concepto de valor se ha despojado de sus adornos retóricos. Aquí nadie busca ser un héroe de cartelera; la gente solo busca sobrevivir al día siguiente.

La literatura y la historia suelen asociar la valentía con el arrojo ciego, con ese impulso casi irracional que empuja a alguien hacia el frente en un momento de adrenalina pura. Sin embargo, la definición más honesta y descarnada de la valentía no es la ausencia de temor, sino la capacidad de actuar a pesar de él. El miedo no es una flaqueza; en el Sinaloa actual, el miedo es un mecanismo de defensa, una brújula indispensable para mantenerse vivo. Lo verdaderamente extraordinario no es que el miedo no exista, sino que no logre paralizarnos.

Al observar la vida diaria en el estado, se vuelven evidentes dos categorías de valor muy distintas en su origen, pero igualmente necesarias para que la sociedad no termine de desmoronarse.

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La primera es una valentía silenciosa, casi invisible, que podríamos llamar el valor de la normalidad. Es la que ejercen los miles de sinaloenses que todos los días abren las cortinas de sus negocios, suben al transporte público, llevan a sus hijos a la escuela y salen a trabajar. Su único pecado, y al mismo tiempo su mayor acto de resistencia, es el simple hecho de existir en un territorio en conflicto. Saben perfectamente que cruzar la puerta de casa implica un riesgo fortuito, que quedar atrapado en el fuego cruzado o en un bloqueo es una posibilidad latente. No buscan el peligro, lo evaden con destreza, pero se niegan a cederle el control absoluto de sus vidas al encierro. Esta es la valentía del ciudadano de a pie: la terca insistencia de mantener la cordura y el orden cotidiano donde todo parece empujar hacia el caos.

La segunda categoría pertenece a un terreno mucho más deliberado y punzante. Es el valor de aquellos que no solo se topan con el riesgo por el hecho de vivir aquí, sino que caminan hacia él por mandato de su oficio o su conciencia. Son quienes operan sabiendo de antemano que sus decisiones y sus acciones pueden acarrear consecuencias funestas, y que, a pesar de tener el mapa del desastre frente a ellos, deciden dar el paso al frente.

En este renglón es de estricta justicia colocar a la prensa sinaloense. Ejercer el periodismo en el estado no es una mera elección profesional; es un ejercicio de alta exposición donde la verdad se paga cara y el silencio se ofrece como una tentación constante. Reportar lo que pasa, documentar el dolor de las víctimas y nombrar la realidad requiere un temple que pocos dimensionan desde fuera. Junto a ellos, es necesario reconocer a esos policías locales que, atrapados muchas veces en el desamparo institucional y la sospecha generalizada, deciden cumplir con su deber, así como a la mayor parte de las fuerzas federales que operan en el terreno, enfrentando una violencia asimétrica en una guerra donde las reglas cambian a cada minuto.

Hoy en día, los medios y los periodistas locales navegan en una tormenta perfecta, atrapados en un fuego cruzado que los obliga a combatir en tres frentes simultáneos. El primero es su razón de ser: el compromiso ético de informar con veracidad a una ciudadanía que necesita certezas para moverse en el día a día. El segundo son las presiones políticas institucionales, esas tensiones naturales asociadas con el ejercicio del poder que siempre busca moldear la narrativa a su conveniencia. Y el tercero, quizás el más complejo e invisible, es esa frontera silenciosa de la autocensura; un mecanismo de supervivencia inmediato que obliga a calcular cada adjetivo, cada nombre y cada línea con el único fin de no incomodar a los grupos criminales. Ejercer el oficio en medio de este triple asedio no es solo un trabajo, es un acto cotidiano de malabarismo al borde del abismo.

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La guerra tiene la cruel virtud de desnudar a las personas, de mostrar de qué están hechas. En estos veinte meses de desgaste continuo, Sinaloa ha conocido casi todos los tipos de valor y de valientes que pueden registrarse. No es un orgullo que tengamos que ser tan valientes para tareas tan simples como ir al supermercado o publicar una nota informativa; al contrario, es el síntoma más claro de un ecosistema que urge reparar. Pero mientras el horizonte se aclara, este inventario del valor es lo único que nos sostiene: la certeza de que, frente al miedo que imponen unos cuantos, la dignidad y el coraje de la mayoría siguen siendo inquebrantables.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Qué tan valiente ha tenido que ser en esta guerra?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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