El pasado 9 de septiembre se cumplió un año de la crisis de inseguridad y violencia que golpea a Culiacán y a varios municipios de Sinaloa. 12 meses de pérdidas humanas, económicas, sociales y educativas. Ante este panorama, surge una pregunta urgente: ¿De dónde vendrá la recuperación de estas heridas como sociedad?
El domingo 7 de septiembre, miles de personas salieron a las calles de Culiacán en una marcha histórica. Fue una manifestación familiar, pacífica y masiva que expresó el cansancio y hartazgo social, pero también la esperanza y la exigencia de paz.
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En este año, derechos fundamentales han sido vulnerados: la libertad de movimiento, de estudiar, de trabajar, de disfrutar del espacio público. Las familias enfrentan duelos, pérdidas de empleo, desplazamiento forzado y una sensación constante de inseguridad que obliga incluso a emigrar para proteger la vida.
A todo esto se suma un tema del que poco se habla: la salud mental y emocional, una dimensión tan afectada como la física, pero invisibilizada, muy similar a lo que ocurrió durante la pandemia de covid-19.
Hoy, la atención a la salud emocional es mínima frente al enorme impacto que la violencia ha dejado en niñas, niños, adolescentes, jóvenes, madres, padres, docentes y en la sociedad en general. Ningún nivel de gobierno ha medido de manera seria este daño psicológico, lo que resulta grave y preocupante.
Expertas como la Dra. Diana María Audelo-Vélez, psicóloga especializada en conflicto y violencia, subrayan que la recuperación no solo implica atender a las personas, sino también restaurar el tejido social. Intervenciones terapéuticas, clínicas y comunitarias pueden marcar la diferencia para una verdadera reconstrucción.
En el mismo sentido, la profesora Victoria Isabela Corduneanu sostiene que las emociones movilizan a la acción política y social; lo vimos en la marcha, donde la indignación, la tristeza y la esperanza se convirtieron en fuerza colectiva. El Dr. Tommaso Gravante, investigador de la UNAM, coincide en que la gestión de emociones colectivas puede reinterpretar la realidad y abrir caminos de transformación.
La buena noticia es que ya existe una base: la marcha demostró que hay una sociedad resiliente, que ama Culiacán y que quiere reconstruirlo desde la paz. Ese debe ser el objetivo: lograr paz en los hogares para irradiarla a las escuelas, las empresas, las instituciones y la vida pública.
Pero el impacto de la violencia también se refleja en la pérdida de confianza social: restaurantes cerrados, robos constantes, miedo de salir a la calle. Todo esto deteriora la salud emocional y debe atenderse con urgencia.
Las nuevas generaciones necesitan educación emocional. Si niñas y niños aprenden a reconocer, expresar y manejar sus emociones, contarán con herramientas de inteligencia emocional para enfrentar un entorno complejo. Esto coincide con lo señalado por organismos como el Fondo Monetario Internacional, que destacan las “habilidades blandas” como indispensables para el futuro profesional.
El reto para los tres niveles de gobierno es enorme: incluir a la sociedad civil, al sector académico y a especialistas en salud mental en el diseño de políticas públicas. Es indispensable crear una agenda estatal de salud mental y emocional, con programas educativos, evaluaciones transparentes y modelos de intervención adaptados a un contexto de violencia.
¿Podremos trabajar en equipo para recuperar la salud emocional de toda una sociedad? El desafío es grande, pero el esfuerzo vale la pena.