Esta mañana asistí a una conferencia para padres e hijos. El tema era el uso de pantallas en preadolescentes, algo que cualquier papá con un hijo de 12 años, como el mío, tiene más que presente en su día a día. Se habló del tiempo frente a las pantallas, del contenido que consumen, de los riesgos, de cómo acompañar a los hijos en un mundo donde lo digital y lo real se confunden entre sí.
Salió a relucir el concepto del yo digital, la identidad que cada persona construye en los espacios digitales, a veces con intención y a veces sin darse cuenta. El ser congruentes y conscientes, ¿soy igual a cómo me expreso y cómo pienso que cuando estoy de cara en persona con alguien más? ¿Cómo me conduzco beneficia o empeora mi entorno? Mientras escuchaba, pensé en la cantidad de profesionistas, empresarios y figuras públicas que conozco que llevan años construyendo esa versión de sí mismos sin haberla diseñado nunca conscientemente. Que a veces, sí, los representa muy bien y otras no tienen nada que ver con quienes son en realidad.
¿Qué es el “yo digital”?
El término digital-self viene de la psicología y describe algo sencillo pero con mucho peso: la identidad compuesta que cada persona construye y mantiene en los espacios digitales. Sí, así de simple. No es necesariamente una identidad falsa; es una versión curada, fragmentada y muchas veces no del todo consciente de quiénes somos.
Lo forman todas las decisiones pequeñas que tomamos en el entorno digital, como qué publicamos, dónde aparecemos y cómo respondemos a los demás. Es importante, también, con quién nos relacionamos, qué causas defendemos, incluso qué tono usamos cuando nadie nos está viendo en persona. Pensamos que si es nuestro perfil personal, no importa, no habrá consecuencias, no impactará en cómo nos perciban. Nada más lejos de la verdad.
Muchos creen que el mundo laboral y empresarial es abrir una cuenta de LinkedIn y escribir temas motivacionales para el lunes godín por la mañana. LinkedIn es una vitrina formal, sí. Pero el cliente que te va a contratar ya te buscó en Facebook antes de llegar a esa reunión. El socio potencial ya vio tus últimas stories en Instagram. El paciente que duda entre dos especialistas ya leyó los comentarios que hiciste hace tres meses en una nota de opinión política.
No es para nada anormal para mí que me pregunten en una reunión sobre mis perros beagle, o que me comenten sobre los locos experimentos que hice con la IA en mis stories. Todo esto, ahora lo sé, suma a quien soy yo.
Tu yo digital no vive en un solo lugar. Vive, como en la película, en todos lados al mismo tiempo. Y la gente lo lee, lo recuerda, lo interpreta y va a tomar decisiones basadas en él.
El algoritmo de ayer te conoció; la IA de hoy te entiende mejor.
Hay una dimensión de todo esto que va más allá de lo que tú publicas conscientemente. Quienes se dedican a la investigación lo llaman el “data self”, una identidad construida no solo por lo que decides mostrar, sino por la acumulación de tu comportamiento digital. Esto es qué buscas, cuánto tiempo te detienes en qué contenido, a qué hora estás activo, cómo navegas, qué compras.
Todo eso, sin que nadie te lo explique ni te pida permiso, ha construido un perfil tuyo en los servidores de Meta, de Google, de TikTok. Y hoy, además, con la inteligencia artificial, ese perfil es aún más detallado y preciso. La IA no solo sabe qué te gusta. Puede predecir cómo vas a reaccionar a cierto contenido, qué te va a convencer, qué te va a incomodar.
Esto no son ocurrencias, no es ciencia ficción. Es el modelo de negocio de las plataformas más usadas y con mayor crecimiento del planeta. El punto es este: si la IA ya tiene un perfil de ti, ¿no deberías tú tener al menos una opinión sobre cómo es ese perfil?
Para quien vive en una ciudad mediana, en una región donde las redes de confianza personal son fundamentales para hacer negocios, esta pregunta tiene consecuencias directas. No importa si estás en Culiacán, en Mazatlán, en Hermosillo o en León, la mecánica es la misma: la gente te googlea antes de reunirse contigo. Y lo que encuentra ya le formó una opinión.
La marca personal no es cosa de influencers; es para todos
Cuando se habla de marca personal, mucha gente se desconecta de inmediato del tema. Lo asocian con fotos superproducidas, frases motivacionales y una presencia digital 24/7 que no tienen ni quieren tener, y eso hace que descarten algo que en realidad ya tienen, les guste o no.
Vilma Núñez, una de las voces más sólidas y con mayor credibilidad en este tema, lo dice con claridad en su libro De invisible a invencible: “Todos somos una marca personal, con los mismos derechos y posibilidades de desarrollarla.” El punto entonces no es si tienes o no marca, es si tú tienes el control sobre esta o no.
Esta marca personal no se construye de un día para otro. Se hace con el tiempo, con la consistencia, con la suma de pequeñas interacciones. Con cómo respondes cuando alguien te critica en público, con a quién le das visibilidad y a quién ignoras, con los proyectos que firmas y los que prefieres no mencionar, con si lo que dices en un foro coincide con lo que publicas en tus redes a las 11 de la noche.
Dos ejemplos en blanco y negro: Una dermatóloga que publica con criterio sobre su especialidad, que opina, que aparece, tiene agenda llena sin necesidad de recurrir a grandes campañas publicitarias. Su reputación digital hace el trabajo antes de que ella llegue a la consulta. Un director agrícola con veinte años de trayectoria, pero sin huella digital. Para su círculo cercano es una referencia. Para el mundo, es un desconocido. Y en un sector donde las alianzas y los contratos cada vez se investigan más antes de firmarse, eso termina siendo muy costoso.
No estoy hablando ni siquiera de buscar ser una figura pública. De lo que hablo es de ser coherente entre quien eres en esa reunión importante y quien eres en una pantalla. Esa coherencia es la base de toda marca personal que resuena y que funciona.
La pregunta que hay que hacerse hoy
La conversación de esta mañana me recordó que muchos adultos con trayectoria, con negocios reales, con reputación construida en persona, todavía no se han hecho la pregunta correcta:
Si alguien que no te conoce busca tu nombre hoy y te encuentra, ¿eso que encuentra eres tú? ¿O es una versión que nunca elegiste ser, o peor aún, una de la que no estás orgulloso?
No hay una respuesta correcta universal. Pero hay una diferencia enorme entre quien se hace esa pregunta y quien nunca lo ha pensado.