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Se murió el PRI

En enero del año pasado, cuando los partidos de oposición empezaban a trazar estrategias para enfrentar al régimen con una supuesta apertura ciudadana, un miembro del...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

En enero del año pasado, cuando los partidos de oposición empezaban a trazar estrategias para enfrentar al régimen con una supuesta apertura ciudadana, un miembro del PRI me contactó para pedirme mi opinión sobre personas que pudieran sumarse a su proyecto político. Me preguntó si conocía en Mazatlán a alguien con interés en política, pero con una presencia ciudadana sólida y sin afiliación partidista.

Con cierta ingenuidad, propuse el nombre de una persona que me parecía ideal para irrumpir como una figura nueva en el escenario político. Se trataba de alguien muy conocido en su sector, con una trayectoria destacada en cámaras empresariales, una preparación sólida y una vida privada intachable. Mientras describía sus cualidades y su potencial para conectar con los votantes, creí genuinamente que el PRI buscaba ciudadanos independientes para renovar su imagen y ofrecer candidaturas frescas. Qué equivocada estaba.

El interlocutor del PRI me miró y, con total franqueza, preguntó si esa persona estaría dispuesta a afiliarse al partido y trabajar en la construcción de sus seccionales para captar más militantes. En ese instante, lo entendí todo: el PRI no tenía la menor intención de cambiar. Su objetivo seguía siendo el mismo: asegurar espacios de poder para ellos y solo para ellos. Los partidos deberían ser un vehículo para los ciudadanos, no al revés. Di por terminada la conversación y le pedí que olvidara el nombre que le había dado. Sentí vergüenza ante la sola idea de que contactaran a esa persona para convertirla en una simple afiliadora del PRI. Desde entonces, no he vuelto a hablar con ese miembro del partido.

El Partido Revolucionario Institucional está muerto. Es un cascarón inservible, con remanentes que sobreviven aferrados a las migajas del poder. Les cuesta aceptar su irrelevancia. Los pocos que quedan lo hacen por intereses personales, pero en cuanto las prebendas se agoten, migrarán a donde puedan llenar sus arcas.

La dirigencia actual, encabezada por Alejandro “Alito” Moreno, ha sido señalada como una de las peores en la historia del partido. Su incapacidad para renovar liderazgos y su resistencia a democratizar los procesos internos han generado fracturas profundas y una desbandada masiva de militantes. Entre 2019 y 2023, el PRI perdió el 80% de su base, pasando de 7.2 millones a 1.4 millones de afiliados. La reelección de Moreno en 2024, aprobada en una controvertida asamblea, contradice los principios históricos del partido contra la reelección y ha profundizado su crisis.

La caída del otrora “partidazo” no parece generar un duelo masivo entre los mexicanos. Y no es difícil entender por qué. El PRI se convirtió en sinónimo de un sistema político asociado con desigualdad, abuso de poder y opacidad. La ciudadanía, cansada de promesas vacías y escándalos, ve en su declive una forma de justicia histórica. Las nuevas generaciones, que no vivieron los años de gloria del PRI, lo perciben como anacrónico. Su narrativa de “estabilidad” y “progreso” no conecta con un electorado joven que exige soluciones inmediatas a problemas como la inseguridad y la pobreza.

La muerte del PRI es una crónica anunciada. Décadas de corrupción, una identidad ideológica difusa, liderazgos ineficaces y la irrupción de nuevas fuerzas políticas han sellado su destino. Pocos lamentarán su desaparición, pues el partido encarna los males del pasado: autoritarismo, clientelismo y falta de transparencia. Sin embargo, su existencia actual, aunque debilitada, plantea un desafío para la democracia mexicana. Un PRI sin rumbo no solo es irrelevante, sino que puede obstaculizar la construcción de una oposición fuerte y plural, indispensable para una democracia vibrante.

¿Qué opina, amable lector? ¿El PRI está realmente muerto o aún hay algo en él que valga la pena rescatar?

 

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

Columnista

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