La política suele mostrar su rostro más crudo en los momentos de cierre de un ciclo. Los movimientos que realizó Rubén Rocha Moya en su gabinete el pasado jueves no son solo un simple reacomodo administrativo: son un reflejo nítido del criterio con el que el gobernador está tomando decisiones en la recta final de su mandato.
Con la salida de Ricardo Velarde Cárdenas de la Secretaría de Economía y el nombramiento de Feliciano Castro Meléndez en su lugar, Rocha hace un movimiento quirúrgico. No improvisa ni explora alianzas nuevas; se repliega a su círculo más cercano.
El ascenso de la joven diputada Yeraldine Bonilla a la Secretaría General de Gobierno y de Omar López Campos a la Secretaría del Bienestar lo confirma: ambos forman parte de un entramado político que Rocha ha ido construyendo desde su base morenista.
Pero también es un mensaje político: al acercarse la recta final de su administración, Rocha prioriza la lealtad por encima del peso político. Es la estrategia de quien busca cerrar filas y mantener el control sin concesiones.
Los meses que vienen serán decisivos. Con las elecciones de gobernador, alcaldías y diputaciones locales a la vista, Yeraldine y Omar no solo administrarán dependencias importantes: tendrán la responsabilidad de operar políticamente desde espacios clave.
La Secretaría General de Gobierno es, históricamente, la bisagra entre el poder político y la gobernabilidad. Bienestar, por su parte, toca fibras sensibles en la base social.
Rocha sabe que un resbalón en estos meses puede costar caro. Su apuesta es clara: fortalecer al rochismo para garantizar orden interno y evitar fracturas. Pero eso también implica asumir una ruta solitaria. Las decisiones que hoy toma no tienen margen para errores ni para titubeos.
En política, la recta final de un sexenio es siempre una prueba de lealtades. Rocha parece decidido a enfrentarla con los suyos.