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Que se queden mil años

La semana pasada publiqué en mis redes sociales un texto que no fue bien recibido por mis seguidores. Mi desesperación tras una jornada violenta cerca de...

Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

La semana pasada publiqué en mis redes sociales un texto que no fue bien recibido por mis seguidores. Mi desesperación tras una jornada violenta cerca de mi casa me llevó a escribir, como catarsis, que estaba dispuesto a aceptar este régimen por mil años con tal de verlos resolver el problema de muertos y balas que conviven tan de cerca con mi familia.

Evidentemente, al menos para mí —no así para algunos de mis seguidores—, pedir que un régimen se mantenga mil años atenta contra cualquier sentido democrático, común y racional. La mera declaración implica un contrasentido: no se puede exigir que un grupo de individuos incapaces de solucionar un problema se perpetúe por la eternidad. Sin embargo, esa petición de un gobierno milenario, aunque inútil e incompetente, conlleva la crítica en sí misma.

El régimen actual —y también los anteriores— han demostrado ser incapaces, ineficaces, negligentes, cómplices o una mezcla de todo ello a la hora de erradicar esta maldita violencia. No obstante, este gobierno en particular abusa de la política y la propaganda (vil grilla) para encubrir sus fracasos. Cada vez que un medio de comunicación, un actor político o un simple ciudadano denuncia casos aislados de agresiones, los mandatarios recurren a un mantra burdo (sí, burdo; no hallé un adjetivo más preciso): “Es un ataque político de los opositores. Quieren desestabilizar al gobierno para recuperar sus privilegios”.

Ese mantra burdo de atribuir todo a conspiraciones políticas es el salvavidas de cualquier funcionario cuyo puesto peligra por su falta de competencia para resolver el problema. Ahí entra mi respuesta: “Quédense mil años, pero entreguenme seguridad”. Es un intento desesperado de mostrar que el debate político resulta intrascendente frente al terror de ver caer a tu familia bajo las balas.

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Cuando la demanda trasciende la política, la respuesta institucional de las autoridades ante cualquier suceso violento es un lacónico “Tomen precauciones. Balaceras en tal lugar”, con lo que pretenden blanquear su ineptitud. ¿Cómo puede un menor de edad herido en un camión urbano o el chofer alcanzado por las balas tomar precauciones? ¿Cómo se prevé ir al baño de un antro y desaparecer sin rastro? ¿Cómo puede una maestra, secuestrada cerca de su escuela, anticiparse al peligro?

La ausencia de consecuencias para los políticos y funcionarios por sus errores es una daga en el corazón de cientos de miles de sinaloenses que sobrevivimos a este infierno. No solo es la impunidad, sino el cinismo. Un ejemplo claro son las declaraciones planas, propagandísticas y carentes de empatía del asesor de la presidenta, Jesús Ramírez Cuevas. En su visita a la capital del estado, este propagandista nos “iluminó” con la sabiduría acumulada en cientos de conferencias matutinas presidenciales. Aseguró que la estrategia de seguridad en Sinaloa está dando frutos (se me ocurren algunos adjetivos para describir al grillo, pero luego me acusan de ser emocional).

El responsable de las conferencias matutinas no actúa solo al priorizar la grilla sobre los resultados concretos. El mismísimo Omar García Harfuch no cesa de alardear con cifras de homicidios en Sinaloa, comparándolas con junio de 1994, marzo de 2020 u octubre de 2079; da igual, lo esencial es aparentar mejoría.

La sociedad sinaloense también contribuye a otros mantras burdos cuando se habla de “víctimas colaterales” (son víctimas de la ineptitud; no colaterales). Las frases que usamos en la sociedad civil van desde “Pobrecito, estaba en el lugar equivocado”, “¿En qué andaría metido?” hasta “No podemos hacer mucho, así es aquí”.

El gobierno ha triunfado en su intento de normalizar e insensibilizar. Ganó por goleada: la sociedad sumisa hemos aceptado toda la propaganda que nos vendieron. Nos indignamos un par de horas hasta que el siguiente suceso nos hace olvidar la tragedia del día anterior.

Que se queden mil años. No veo súplica más oportuna para recordarnos que todos somos responsables de cavarnos nuestras propias tumbas, hasta que llegue el sepulturero a cumplir con nuestro turno en esta fosa de incongruencias.

¿Qué opina usted, amable lector? ¿Qué quedan mil años?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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