En columnas anteriores se abordó el tema del metaverso y la pregunta clave: ¿a qué nos estamos enfrentando? En esta ocasión, el enfoque se centra en dos aspectos fundamentales de este espacio virtual: la privacidad y la seguridad.
El metaverso es una de las herramientas vinculadas a la inteligencia artificial que más se están utilizando como parte de la innovación y modernización tecnológica.
Una de las principales preocupaciones es la recopilación masiva de datos personales. Al tratarse de un entorno digital, muchas interacciones ocurren bajo el anonimato o mediante el uso de seudónimos, lo que facilita un intercambio abundante de información.
La falta de una regulación jurídica específica para el metaverso y la ausencia de previsiones legales claras dificultan cada vez más la protección de las personas usuarias.
Un aspecto especialmente delicado es la recolección de datos personales de niñas, niños y adolescentes, quienes también participan en estos entornos digitales. Aunque en muchos casos el acceso al metaverso se realiza a través de avatares anónimos, las plataformas sí cuentan con mecanismos para identificar a quienes crean estos perfiles. Es decir, los propietarios de las plataformas pueden tener acceso a información real sobre las personas usuarias.
En ocasiones, los datos compartidos —como patrones de comportamiento— permiten identificar a una persona en la vida real, incluso si utiliza un seudónimo. Otro punto crítico es la portabilidad de datos, es decir, la capacidad de transferir información personal de una plataforma a otra. Este proceso debería garantizarse bajo entornos seguros con medidas técnicas de protección, algo que aún representa un reto.
Además de la privacidad y seguridad, existen otros riesgos asociados al metaverso, como el phishing, una técnica de engaño que busca que los usuarios descarguen archivos maliciosos, hagan clic en enlaces dañinos o proporcionen información confidencial.
En el metaverso, cualquier interacción —ya sea mediante chats o avatares— puede ser aprovechada por actores maliciosos, lo que subraya la importancia de verificar fuentes y enlaces antes de interactuar.
También se ha detectado la suplantación de sitios web a través de URLs falsas, creadas por delincuentes que simulan páginas legítimas cambiando letras o dominios para engañar a los usuarios.
Los controles de acceso son otra área vulnerable. Por eso, es fundamental que las personas usuarias protejan su identidad, elijan contraseñas seguras y estén atentas ante cualquier actividad sospechosa.
A medida que la tecnología avanza, también lo hacen las formas de cometer ilícitos en el entorno digital. Por ello, la regulación jurídica del metaverso se vuelve prioritaria: es urgente establecer límites claros, definir lo que está permitido o prohibido, y fijar sanciones para quienes cometan actos que atenten contra la integridad y seguridad de los demás.
Los organismos internacionales, en conjunto con los gobiernos, deben transformar sus legislaciones y marcos normativos para prevenir delitos en el metaverso. La tarea apenas comienza, y representa un enorme desafío para todas las naciones.