Entre tantos temas urgentes que han ocupado la agenda pública en las últimas semanas, había quedado pendiente hablar de algo que también importa, y mucho: el rescate de nuestra identidad.
El pasado 29 de agosto, el gobernador Rubén Rocha Moya presentó el programa Preservación del Idioma Yoreme, un anuncio que, por su profundidad cultural, merece detenernos un momento.
El acto tuvo lugar en Palacio de Gobierno, en medio de un tianguis de artesanías y la entrega de apoyos a 163 proyectos productivos: costura, barberías, carpintería, tortillerías, gastronomía tradicional… oficios que sostienen la vida cotidiana en las comunidades indígenas. Fueron 2 millones de pesos distribuidos en apoyos de entre 10 y 25 mil pesos, modestos quizá, pero significativos para quienes buscan crecer sin desprenderse de sus raíces.
Lo más trascendente, sin embargo, vino después: la decisión de rescatar el idioma yoreme, con el inicio de su enseñanza previsto para enero. Rocha fue claro: no se trata de contratar maestros de la Escuela Normal de Sinaloa, sino de reconocer a quienes ya hablan la lengua, darles empleo y dignidad como formadores. Es decir, poner a los verdaderos guardianes de la palabra en el centro del aula, aunque esa aula sea la sombra de un árbol.
La apuesta es grande. Porque preservar una lengua es mucho más que enseñarla: es resistir al olvido. El yoreme ha cedido terreno frente al español, y las nuevas generaciones lo escuchan cada vez menos.
¿Qué significa para un niño aprender en su lengua madre? Significa reconocerse, sentirse orgulloso de quién es, no como parte marginal de la sociedad, sino como alguien con historia, con voz y valor propio.
El reto no será menor. No basta un decreto ni una buena intención. Se necesitarán recursos, materiales, capacitación y, sobre todo, acompañamiento comunitario. Las lenguas se preservan en la vida diaria: en la casa, en la fiesta, en el campo.
Si este programa logra unir la política pública con la fuerza viva de las comunidades, Sinaloa podría convertirse en ejemplo nacional.