Respeto profundamente la profesión de periodista. Tanto la valoro que, cada vez que alguien me llama periodista, rápidamente niego aceptar esa actividad como propia. Casi siempre respondo que soy opinólogo y que me dedico a dar mi opinión. De ninguna manera me gusta usurpar la figura del periodista, porque estoy convencido de que esa actividad requiere una vocación y un llamado distintos. El periodista busca la verdad y se despoja de cargas ideológicas para alcanzar ese objetivo. Desgraciadamente, hay muchos que van por la vida mancillando el buen nombre de esta profesión.
En las conferencias matutinas presidenciales, instauradas en el sexenio pasado, encontramos una fauna de caricaturas que se autodenominan periodistas. Muchos de ellos son paleros venidos a más y otros tantos remedos de “lamesuelas” sin recato. En medio de este zoológico de criaturas rastreras sobresale un caricato que se hace llamar Lord Moleculín (no lo menciono por su nombre por dos motivos: primero, él eligió ese mote para presentarse ante el público; segundo, darle un nombre es humanizar a la miseria).
Entiendo que escribir sobre este personaje es darle más visibilidad; sin embargo, lo ocurrido la semana pasada merece confrontar sin tapujos el circo de propaganda que son las conferencias presidenciales. El señor moleculín decidió tomar la palabra. En medio de sus conocidos arranques de zalamería, opinó sobre la violencia en Sinaloa. Aseguró que viajó por el estado de forma segura y sin contratiempos, culpó a la prensa de alterar la realidad y se atrevió a afirmar que la vida nocturna en Culiacán era normal. Terminó diciendo que los empresarios no veían nada malo en la situación actual y que las cosas estaban mejorando a ritmos acelerados. En menos de una semana, la presidencia se encargó de minimizar la violencia en Sinaloa. Primero, la presidenta aseguró que el problema era el desempleo y no la sequía. Días después, enviaron al estado a una de las mascotas favoritas del régimen.
La intervención de este payaso sin risas no sorprendió. Su función es defender al régimen a como dé lugar, pero ocurrió algo inesperado. Horas después de los arrebatos propagandísticos del Lord de la lamida, los empresarios sinaloenses salieron a desmentirlo. Mostraron una carta donde solicitaban a la presidencia una cita con carácter de urgencia para explicar la difícil situación en la entidad. Los aludidos fueron más allá: algunos presidentes de cámaras empresariales se reunieron con el moleculero para contarle las penurias que padecen en Culiacán. Los relatos indican que el moleculón se sorprendió mucho por la situación y mostró genuina preocupación; se ofreció a ser puente con la presidencia y gestionar algún tipo de apoyo. Entregaron la carta y se despidieron con la promesa de una respuesta favorable.
Algo pasó al llegar a la Ciudad de México. La caricatura de persona se desdijo de su promesa. No presentó ninguna carta. Fue más allá: mintió sobre lo que dijeron sus entrevistados. Las conferencias presidenciales son una farsa. No sirven para informar; son horas de propaganda a costa del bolsillo de los mexicanos. Lo que debería ser un puente con la sociedad se ha convertido en un púlpito para defender al régimen.
El moleculero no tiene la talla para actuar por iniciativa propia. Es un simple personaje que obedece el diseño del aparato de propaganda. A sus dueños no les gustó la carta de los sinaloenses, y el moleculero tuvo que cambiar su narrativa, dejando colgados de la brocha a quienes pidieron su apoyo.
Los bufones de la antigüedad eran de los pocos que tenían permiso para burlarse del rey. Muchos llevaban la verdad del pueblo a los poderosos mediante bromas, usando el arma de la risa en favor de los oprimidos. Los bufones de hoy, ante nuestros reyes, son todo lo contrario: se ríen de la sociedad con el permiso del poder.
Entiendo que esta columna pueda parecer desagradable y grotesca para muchos; sin embargo, no puede ser de otra manera cuando juegan con el dolor de los sinaloenses. Es indignante que el régimen y sus acólitos intenten presentar la muerte y la destrucción de una sociedad como algo inexistente o como una mera conjura para desprestigiar al gobierno.
Por lo pronto, a todos los moleculones del mundo les pedimos respeto. Busquen otras causas por las cuales arrastrarse y lamer suelas. Los sinaloenses estamos dolidos; si no quieren ayudar, no estorben. Dejen a sus mascotas encerradas y eviten usarnos como propaganda. Miles de muertos y desaparecidos no están para ser material de los paleros.
¿Usted qué opina, amable lector? ¿Qué piensa del Molécula?
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Juan B. Ordorica (@juanordorica)