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Lo que aprendí de Japón y el silencio como estrategia

Una lección de comunicación que ningún manual de marketing te explica

Edición de una foto que refleja una ola de aparatos electrónicos, de medios y tecnológicos sobre una montaña
Heb Martínez habla de una lección de comunicación que ningún manual de marketing te explica | Herb Martínez

Son las 2 pm en el cruce de Shibuya, Tokio. El semáforo cambia con su particular melodía “kippu… kippu… kippu” y en cuestión de segundos cientos de personas cruzan desde todos los ángulos al mismo tiempo. Es una coreografía humana sin un director, sin instrucciones precisas, sin que nadie organice nada.

Silencio.

No silencio literalmente. Vaya que la ciudad suena y resuena. Más bien hablo del silencio de fondo: nadie empuja, nadie grita, nadie habla por celular a todo volumen. Una metrópolis de cuarenta millones de personas que decidió colectivamente que el ruido innecesario simplemente no tiene nada que hacer aquí.

Esto me llegó de Japón. No la tecnología de la que todos hablan. Fue el orden. La sincronía. La sensación de que millones de decisiones individuales se alineaban en algo que parecía orquestado sin serlo. Y mientras lo procesaba, no pude dejar de pensar en lo que hacemos aquí cuando queremos comunicar algo.

En Japón existe algo que denomino la etiqueta del silencio. No está escrita en ningún reglamento, sin embargo todos la conocen y la respetan. En el transporte público nadie habla en su celular; si alguien se quiere comunicar, lo hace en voz baja como en una biblioteca.

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Luego estaban esas melodías. Cada línea de tren tiene la suya. Cada cruce peatonal, su tono. El Shinkansen anuncia cada aviso con un preludio musical antes de que lleguen las palabras. Los restaurantes eligen su ambiente sonoro sin importar si son pequeños. Japón no usa el sonido para llenar espacios, lo usa para elaborar experiencias. Así como cada nota era una decisión, cada silencio, también.

Hubo un momento donde entendí esto de forma emocional, no intelectual.

Fue en Fushimi Inari, en Kioto. El santuario de los miles de torii naranjas. La mayoría de los turistas caminan unos cuantos pasos, se toman la foto y regresan. Nosotros seguimos. Cinco kilómetros hasta la cima, y en un punto intermedio, lejos del ruido de la entrada, encontramos un santuario sintoísta pequeño, con altares de piedra cubiertos de musgo, completamente solo.

Ahí no había nada que hacer excepto estar. Y en ese silencio, sentí algo que no sé explicar del todo, pero que fue real. Hay lugares que comunican sin decir una sola palabra. Japón está lleno de ellos.

Regresar y ver cómo manejamos la comunicación digital aquí fue, lo confieso, difícil de procesar.

Porque hacemos exactamente lo contrario. Publicamos todos los días por miedo a desaparecer. Llenamos el feed de contenido que nadie pidió, con la esperanza de que el volumen reemplace a la intención. Confundimos presencia con ruido. Y luego nos preguntamos por qué nadie conecta, por qué el alcance cae, por qué la gente deja de prestar atención.

Lo viví de cerca con un cliente que publicaba todos los días. No porque tuviera algo importante que decir cada día, sino porque había desarrollado el mismo temor que hoy tienen muchas marcas: el miedo a no ser relevantes. Cada actividad se convertía en una publicación. Cada reunión en una fotografía. Cada logro en un diseño. Con el tiempo, la comunicación dejó de ser una conversación y se convirtió en una constante de ruido.

Lo interesante fue descubrir que su problema nunca fue la falta de atención de la audiencia, sino el exceso de mensajes. Cuando comenzaron a reservar el espacio para aquello que realmente merecía ser compartido, la respuesta mejoró. Como en la música, las notas empezaron a destacar porque entre ellas volvió a existir silencio.

Soy músico. Me encanta la guitarra eléctrica, compongo, escucho mucha música. Y hay algo que cualquier músico aprende temprano, aunque no siempre lo pueda articular:

El silencio no es ausencia, es riqueza.

En una composición, los espacios entre notas son tan importantes como las notas mismas. Un silencio bien colocado genera anticipación. Otro da protagonismo a lo que viene después. El cerebro humano no experimenta el silencio como vacío: lo llena con contexto, con emoción, con lo que acaba de escuchar. Un buen compositor sabe que ese momento de llenado es donde realmente ocurre la conexión.

Lo mismo pasa en comunicación de marca. Lo mismo pasa cuando un profesionista decide no publicar algo que podría haber publicado, porque sabe que ese silencio comunica más que el texto que estaba a punto de escribir.

Japón lo sabe. Sus trenes lo saben. Sus templos lo saben. La pregunta es si nosotros estamos dispuestos a aprenderlo.

La próxima vez que estés a punto de publicar algo solo para no desaparecer del feed, párate un segundo. Pregúntate si lo que tienes que decir merece romper el silencio. Porque si no lo merece, el silencio es la mejor decisión que puedes tomar.

La canción de esta columna: “So What” de Miles Davis, quien decía “No es la nota que tocas, es la nota que sigue. O la que decides no tocar.” Una pieza donde el silencio entre notas carga tanto peso como las notas mismas. Escúcharla es entender, sin que nadie te lo explique, de qué estuve hablando en todo este texto.

Fuente: Internet

Fotografía de perfil de Heb Martínez

Heb Martínez

Columnista

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