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La guillotina moral

En alguna ocasión, después de una debacle en resultados electorales, le pregunté a un amigo mío por qué no presentaba su renuncia al cargo como medida...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

En alguna ocasión, después de una debacle en resultados electorales, le pregunté a un amigo mío por qué no presentaba su renuncia al cargo como medida de dignidad y para enviar una señal de madurez que ayudara a reconstruir el camino perdido. Me contestó de manera directa: «No puedo hacerlo. No tengo otros ingresos y eso sería un duro golpe para mi familia». Lo entendí y decidí no molestarlo más. Los ingresos para una persona son sagrados.

La enorme mayoría de los dirigentes partidistas y políticos profesionales no tienen otra alternativa de ingresos. Muchos se han acostumbrado a un ritmo de vida que difícilmente podrían mantener fuera del erario. Carecen de la capacidad, las habilidades técnicas o la preparación necesarias para ser competitivos en el mercado laboral privado. Otros se niegan a ceder espacios por aferrarse al poder, sabiendo perfectamente que, sin la protección que les otorgan sus cargos, muchos pasarían el resto de sus vidas entre tribunales y abogados.

En resumen: los partidos políticos, sus dirigentes y algunos militantes defenderán bajo cualquier circunstancia el no permitir una verdadera apertura ciudadana en sus organismos. Entienden perfectamente que una participación más amplia de la sociedad los obligaría a dejar de lado sus ingresos y su protección; por lo tanto, no permitirán que sus partidos les sean arrebatados. Los ciudadanos sin compromisos previos no tienen ninguna oportunidad ahí; los que logran entrar terminan sucumbiendo al sistema y se vuelven parte de él.

Los ciudadanos ya estamos hasta las anginas del control que ejercen los partidos sobre los espacios de representación y el poder; sin embargo, y de manera paradójica, somos los propios ciudadanos quienes dinamitamos las alternativas que podrían construirse desde fuera del sistema actual.

Imagínese usted, amable lector, cualquier movimiento social que se le venga a la mente. No tiene que ser un movimiento político: puede ser uno que proteja a los animales, que luche por los derechos de las minorías, que quiera llevar agua potable a una comunidad, estudiantes que deseen hacer valer su voz, maestros inconformes, etc. Usted decida cuál movimiento quiere imaginar. Una vez que lo tengamos, llevémoslo más allá. Eventualmente ese movimiento tendrá éxito y querrá buscar espacios públicos para materializar sus propuestas. Supongamos que decide ir sin el apoyo de los partidos. Inevitablemente tendrá que nombrar representantes con nombre y apellido. Es justo en ese momento cuando comenzamos a dinamitarlo.

Una vez que el movimiento social legítimo y exitoso nombra a sus representantes, la propia sociedad se encarga de destruirlos. Lo primero que pensamos es que «algo quieren» esas personas. Luego empezamos a hurgar en su pasado para convencernos de que son malas personas. Es inevitable que cualquier ser humano tenga algo en su historial que, según nuestra propia vara de medir, nos parezca despreciable. Tras destruir a las personas, pasamos a destruir al movimiento mismo. No aceptamos que un movimiento pueda ser una alternativa real a los políticos profesionales cuando sus representantes ya no nos resultan aceptables.

Los partidos políticos, el régimen y los propios políticos son los más contentos con estas dinámicas de participación ciudadana. Ellos saben que la sociedad misma se encargará de destruir a cualquier ciudadano apartidista que intente ocupar un espacio de poder. La sociedad no toleramos que nadie aspire a un cargo público. No estamos dispuestos a trabajar para que otros se «aprovechen», y los partidos lo saben y lo alimentan. Son precisamente los partidos —sean del régimen o de oposición— los que inician las campañas de desprestigio contra cualquiera que se atreva a retar su monopolio del erario y de la nómina.

Si de verdad queremos una alternativa para cambiar o incluso destruir el actual sistema de partidos en México, tenemos que dejar de ser tan prejuiciosos con los ciudadanos que se atrevan a enfrentar el statu quo. Claro que debemos buscar a las personas con menos defectos posibles, pero someter a la inquisición a cualquiera que levante la mano desde la sociedad civil es hacer, sin darnos cuenta, el trabajo sucio a los dueños de la nómina.

La próxima vez que veamos surgir a un ciudadano honesto, preparado y valiente que decida dar el paso sin partido atrás, no saquemos de inmediato la guillotina moral. Apoyémoslo, exijámosle resultados, vigilemos que cumpla, pero no lo destruyamos antes de que siquiera comience. Porque si seguimos matando a nuestros propios candidatos independientes con el veneno del cinismo y la perfección imposible, los únicos que seguirán comiendo en la mesa del poder serán los mismos de siempre. La renovación no vendrá de los partidos; tendrá que venir de nosotros… o no vendrá nunca.

¿Usted qué opina, amable audiencia? ¿A quién hay que mandar a la guillotina moral?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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