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La culpa sin anestesia: El autoengaño cultural sinaloense

Alemania no se anduvo con rodeos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, con un país físicamente devastado y moralmente en la bancarrota, los alemanes tomaron la...

Columna Juan Ordorica
| Darney López

Alemania no se anduvo con rodeos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, con un país físicamente devastado y moralmente en la bancarrota, los alemanes tomaron la decisión más dolorosa, madura y urgente de su historia moderna: mirarse al espejo sin anestesia. Decidieron, de manera unilateral y colectiva, que el nazismo no era un simple “desvío político”, una “etapa folclórica” o un mal necesario provocado por las circunstancias de la época. Lo catalogaron como lo que era: un movimiento malévolo, podrido desde su raíz, que debía ser perseguido, señalado y erradicado de cualquier rincón de la vida pública. No se tocaron el corazón.

Hoy en día, levantar el brazo derecho en una plaza de Berlín o pintar una esvástica en un muro de Múnich no es interpretado como una simple provocación juvenil, una broma de mal gusto o una manifestación contracultural. Es un delito tipificado por la ley que se paga con cárcel, pero, por encima de todo, conlleva un repudio absoluto e inmediato de una sociedad que entendió que con el monstruo no se coquetea ni se negocia. Los alemanes asumieron el peso de su propia culpa, limpiaron el tejido social extirpando la simbología de la barbarie y entendieron que la única forma de reconstruir una nación digna era repudiando de tajo el origen de su desgracia.

Crucemos el Mediterráneo y analicemos el espejo de Nápoles, una región que durante décadas arrastró el estigma de ser el feudo inquebrantable de la Camorra. El sur de Italia no solo sufría la sangría económica y la violencia física de los clanes mafiosos, sino algo mucho más profundo y peligroso: la asimilación cultural del crimen. Durante generaciones, la figura del capo local fue romantizada, y la música popular —especialmente el subgénero de los cantantes neomelódicos— se convirtió en el vehículo perfecto para glorificar las hazañas de los criminales, justificar el mercado de la droga y ensalzar la omertà como el valor supremo del honor comunitario.

Sin embargo, Nápoles vivió un punto de inflexión fundamental. Llegó el día en que la sociedad civil decidió que ya basta de poner la otra mejilla y, sobre todo, de buscar justificaciones piadosas. El horror provocado por el reclutamiento de menores, los asesinatos a plena luz del día en los barrios de la periferia y la degradación absoluta de sus instituciones forzaron un despertar colectivo. Los napolitanos, de la mano de movimientos ciudadanos, activistas y periodistas valientes, entendieron que el verdadero enemigo no solo eran las armas de los clanes, sino la aceptación tácita de su estética y sus códigos en la vida diaria.

Comenzó entonces un doloroso pero ejemplar proceso de limpieza cultural. La sociedad napolitana asumió con madurez que su cultura popular estaba enferma en aquellos sectores que aplaudían la marginalidad criminal. Las escuelas abrieron las puertas a la memoria cívica, los comerciantes comenzaron a organizarse públicamente para rechazar la extorsión y se inició un combate frontal contra las expresiones artísticas que hacían apología del delito. Hoy en día, la apología de la Camorra sigue intentando sobrevivir en plataformas digitales como TikTok, pero el consenso social de Nápoles cambió para siempre: ya no hay justificación que valga, el criminal es un paria y la cultura mafiosa es señalada abiertamente como una peste que destruye el futuro de sus hijos.

Mientras tanto, en Sinaloa, elegimos el camino diametralmente opuesto: el de la cobardía, la indolencia y la eterna justificación. Mientras Alemania y Nápoles asumieron sus culpas históricas para poder sanar sus sociedades desde la raíz, en esta esquina de México nos seguimos negando con terquedad absoluta a aceptar que la cultura que hemos procreado, amamantado y exportado al mundo está profundamente podrida. Nos fascina el autoengaño y hemos construido un sofisticado aparato de defensa retórica para limpiar nuestras conciencias frente al consumo diario de la violencia.

¿Cuántas veces no ha escuchado usted el clásico y cínico deslinde en las charlas cotidianas de Culiacán, Mazatlán o Los Mochis? “Es que vestirse con el estereotipo buchón no te hace buchón; es solo una moda arquitectónica y automotriz. La música de los corridos es solo entretenimiento para la fiesta, no significa que uno apoye a la mafia o que sea un delincuente”. Nos encanta trazar fronteras invisibles e hipócritas. Afirmamos con total desparpajo que consumir narcocultura no nos convierte en cómplices, como si los millones de reproducciones en plataformas, el dinero invertido en su estética y la normalización social que inyectamos a ese estilo de vida no fueran el combustible directo que mantiene encendido el motor de la tragedia que nos desangra día con día.

El problema de fondo en nuestra tierra es la falta de pantalones para admitir que nuestra identidad contemporánea padece de una metástasis cultural. Justificamos la estética del dinero fácil, el culto a la prepotencia y las armas de fuego bajo el cómodo amparo folclórico de que “así somos los sinaloenses: alegres, entrones y ruidosos”. Eso no es alegría ni es carácter norteño; eso es complicidad pura por omisión y cobardía colectiva. Al igual que los alemanes de la posguerra y los napolitanos hartos del yugo de la Camorra, a Sinaloa le urge iniciar un proceso de desintoxicación cultural profundo, una purga moral donde dejemos de buscarle de manera patética el lado amable al infierno. Vestirse como ellos, hablar como ellos, adoptar sus lujos vulgares, cantar sus supuestas hazañas y consumir sus productos audiovisuales sí nos vuelve parte activa de su ecosistema. No se puede jugar con fuego sin quemarse, ni se puede aplaudir al verdugo y pretender inocencia cuando la soga aprieta nuestro propio cuello.

La diferencia sustancial entre una sociedad que madura, progresa y se rescata a sí misma, y una que se estanca en la barbarie, radica únicamente en su capacidad para señalar sus propias miserias sin matices ni medias tintas. Alemania y Nápoles entendieron a tiempo que el silencio, el disimulo y la justificación social eran la antesala directa del abismo absoluto. Nosotros, por el contrario, seguimos bailando ciegamente al son que nos toquen, jurando de manera ingenua que la pólvora que truena a nuestras espaldas es solo pirotecnia para alegrar la noche. Ya es hora de aceptar la cruda realidad: lo que hemos construido como cultura popular está mal, nos está matando, y si no empezamos a señalarlo y combatirlo desde el hogar y la calle sin que nos tiemble la mano, terminaremos sepultados bajo el peso de nuestro propio e imperdonable autoengaño.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Perpetuar la cultura del narco nos convierte en narcos?

Fuente: Internet

Fotografía de perfil de Juan Ordorica

Juan Ordorica

Columnista

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