La reflexión históricamente atribuida a Mahatma Gandhi: “cuando una persona no está en armonía con sus emociones, pensamientos o decisiones, tiende a generar conflictos, incomprensión y hostilidad hacia los demás”, mantiene, a casi un siglo de distancia, una vigencia inquietante en nuestro contexto social.
En mi colaboración reciente —menos I.A., más inteligencia emocional— insistí en esa premisa esencial: toda transformación colectiva comienza por una revisión interior. La mejora de uno mismo no es un ejercicio de aislamiento individualista, sino el primer acto de responsabilidad pública; quizá la única vía realista para aspirar a un mundo más justo y menos fracturado.
Charles Bukowski escribió: “supongo que el único momento en que la mayoría de las personas piensan en la injusticia es cuando les sucede a ellas”. Difiero. Hay quienes creen que la empatía llega tarde, solo cuando el golpe nos alcanza: mientras no duele, se juzga; cuando duele, se comprende. Por eso el mundo está saturado de opiniones y escaso de conciencia.
Yo insisto: me niego a aceptar que la comprensión solo brota del dolor propio o del círculo íntimo. La conciencia verdadera puede cultivarse antes de la herida; puede nacer de la mirada atenta hacia el otro, de la decisión consciente de no esperar a que la fractura nos toque para actuar. Solo así se construye un mundo donde la implosión de lo íntimo no devore lo colectivo.
El universo de información al que hoy tenemos acceso debería servir para fortalecer los lazos sociales y colectivos, construyendo, si se me permite la expresión, un ecosistema de hábitos y estructuras que trascienda generaciones y deje huella en el tejido social del futuro.
Lo anteriormente expresado plantea una interrogante plausible: ¿es necesario un nuevo constructo social? Un modelo en el que, sin recurrir a falsas “etiquetas”, los seres humanos interactuemos dentro de un sistema con roles y reglas recíprocas, capaces de traducirse en normas y estructuras institucionalizadas.
Desde el marco teórico del constructivismo social se postula que el conocimiento siempre se genera en el contexto de prácticas culturales y sociales que lo impregnan todo; es decir, lo real se construye a través de un proceso dialéctico entre relaciones sociales, hábitos tipificados y estructuras compartidas.
Se me podrá juzgar de romántico o aspiracionista, pero estoy convencido de que solo así podremos mejorar como sociedad organizada. No se trata de ser “perfectos”, sino de ser empáticos y sensibles ante los acontecimientos sociales ajenos. Después de todo, ¿qué habría sido de este mundo sin líderes como John F. Kennedy, Francisco I. Madero, Martin Luther King Jr. o el Dalai Lama?
Una nueva discusión mundial surgió hace apenas unos días en torno a la denominada comunidad therian. De inmediato, especialistas y sociedad civil compartieron opiniones muy diversas. Aunque sus posturas eran diametralmente distintas, tenían algo en común: la ausencia de personalidad sólida en muchos de sus miembros. Quizás todas y todos, en algún grado, seamos culpables.
El refrán popular que dice: “el buen juez por su casa empieza” representa una invitación respetuosa a corregir primero nuestros propios errores, defectos o asuntos antes de juzgar, criticar o intentar corregir a los demás. En otras palabras, se basa en la premisa de predicar con el ejemplo y mantener la integridad personal.
Opiniones hay muchas, conciencia pocas; ¿seguiremos esperando a que el golpe nos toque? Tal vez la revolución social comienza en el silencio de nuestra propia conciencia.
No escribo para nadie, pero todas y todos están invitados a leer.