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¿Gritar o no gritar?

En el sexenio de Juan Millán, unos amigos de la escuela me invitaron a la ceremonia del Grito de Independencia con entradas exclusivas al tercer piso...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

En el sexenio de Juan Millán, unos amigos de la escuela me invitaron a la ceremonia del Grito de Independencia con entradas exclusivas al tercer piso del palacio de gobierno. Movido por la curiosidad de conocer esas fiestas míticas, reservadas para unos pocos, acepté la invitación. Era la primera vez que asistía a un evento de esta naturaleza. Recuerdo el calor sofocante, que hacía insoportable llevar traje y corbata, pero ese era el precio por entrar a un círculo al que los mortales rara vez acceden.

De aquella experiencia recuerdo poco. Había políticos, algunos periodistas nacionales —lo que más me llamó la atención— y bocadillos poco apetitosos acompañados de bebidas más diluidas que las de cualquier fiesta estudiantil. Nunca volví a un Grito en las alturas. En cambio, regresé tres o cuatro veces a la explanada, donde la comida era mucho mejor y el jolgorio con el pueblo era genuino, lejos de las formalidades del tercer piso.

El Grito es una fiesta de múltiples significados y una de las fiestas más esperadas por los mexicanos. Para muchos, es una oportunidad de aumentar sus ingresos mediante la venta de comida, artesanías o recuerdos. Otros aprovechan para disfrutar de artistas populares sin pagar los exorbitantes precios de los conciertos actuales. Sin embargo, en medio de la ola de violencia que azota Sinaloa, pedir a los ciudadanos que no asistan al Grito como forma de protesta resulta injusto.

Entiendo a quienes exigen cancelar la ceremonia; en efecto, no hay mucho que celebrar. No dudo de que el gobierno buscará sacar provecho político, intentando proyectar una imagen de normalidad y felicidad en Sinaloa. Es probable que recurran al acarreo para inflar la asistencia y que el número de personas en la plaza supere al de las marchas de protesta contra las autoridades. Pero esto no significa lo que algunos podrían interpretar.

La asistencia al Grito no siempre es política. La mayoría de los asistentes al Grito no están pensando en las implicaciones políticas de su presencia. Para muchos culiacanenses, asistir no es un respaldo al gobierno, sino un intento de recuperar un pedazo de normalidad en medio del caos. La música, los fuegos artificiales y la convivencia representan un respiro, un acto de supervivencia emocional en una ciudad donde la paz es un lujo. No todos ven el Grito como un acto político; para algunos, es una forma de resistir al miedo y aferrarse a la vida.

Sin embargo, la línea es delgada. Asistir al Grito puede ser interpretado como una aceptación tácita de la narrativa oficial de normalidad, algo que el gobierno podría aprovechar. Por otro lado, no asistir es un grito de resistencia, un boicot contra la aparente indiferencia ante una crisis que sigue cobrando vidas. Para quienes eligen quedarse en casa, participar sería avalar un maquillaje que ignora el dolor de las víctimas.

La decisión de asistir o no al Grito encierra una contradicción. Ir puede ser un acto de rebeldía personal, un esfuerzo por recuperar la alegría en un contexto de violencia. Pero también corre el riesgo de diluir la urgencia de exigir soluciones reales a la crisis. Boicotear el evento, en cambio, envía un mensaje poderoso contra la indiferencia oficial, pero priva a muchos de un efímero alivio en una cotidianidad rota. Culiacán no necesita más gritos vacíos. Necesita un gobierno que enfrente al narco con inteligencia y acciones concretas, no con discursos ni fiestas que simulen normalidad. Mientras tanto, cada ciudadano decidirá si su presencia en la plaza es un acto de desafío al miedo o un silencio que clama justicia. Porque en Sinaloa, la verdadera independencia sigue siendo una deuda pendiente.

En lo personal, no asistiré este año. No veo motivos personales para celebrar. Me encantaría ver a un gobierno sensible y olvidarse de organizar la fiesta en las alturas. Más allá del protocolo, no deberían estar los famosos invitados especiales. La fiesta es para el pueblo; el gobierno no debe festejar lo que no ha podido resolver. Sé que no pasará y la fiesta seguirá de igual forma, pero es bonito imaginar que podemos tener gobernantes maduros.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Gritar o no gritar?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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