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Esperanza, más que certidumbre

Siempre los cambios importantes generan fuertes dudas, francas resistencias y hasta cándido y desmedido entusiasmo. Es entendible, y en la mayoría de los casos esas posturas...

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Siempre los cambios importantes generan fuertes dudas, francas resistencias y hasta cándido y desmedido entusiasmo. Es entendible, y en la mayoría de los casos esas posturas se asumen no sustentadas en argumentos sostenibles, sino por filias y fobias arrastradas desde las campañas políticas o acumuladas durante años de agravios.

En esta mi última colaboración antes de que asuma la presidencia de la República Andrés Manuel López Obrador, en medio de declinaciones y titubeos en cuanto a promesas de campaña, de diferentes y diametralmente opuestas interpretaciones de un mismo mensaje, todo en función de la circunstancia e intereses de quienes lo desmenuzan, como la mayoría me asumo dentro del espectro de la incertidumbre, pero con esperanza.

Este fin de semana los mexicanos tendremos un nuevo presidente de la República, tras meses de hiperactividad declarativa en el periodo de transición, con un gobierno que no actuaba porque ya se iba y otro que no podía hacerlo porque aún no llegaba.

El asunto es que sin ser gobierno, sus anuncios y acciones tuvieron en este periodo un gran impacto en materia política y económica, interna y externa.

Cosas buenas que fueron calificadas como malas, y malas adjetivadas como buenas, de acuerdo a la óptica convenenciera de unos, a los intereses de otros o a la fidelidad de muchos a los proyectos puestos en oferta desde campaña.

Consultas carentes del más elemental rigor científico en su ejecución para justificar decisiones, más que para tomarlas, alabadas por unos y denostadas por otros, parece solo sirvieron para exasperar los ánimos y acentuar la confrontación de una sociedad de por sí ya muy dividida.

Declinaciones y titubeos en compromisos fundamentales hechos en campaña, como la lucha contra la corrupción y el regreso del Ejército a sus cuarteles, generan desconcierto en una población ávida de certeza.

Ya no debe haber adversarios para el próximo presidente. Ya no es candidato ni oposición, ahora es el jefe de Estado y por lo tanto son ciudadanos, sus gobernados, los que opinan con todo el derecho de coincidir o divergir de su visión de gobierno.

Hay que llevar la defensa de nuestras convicciones al límite, la lucha por lo que creamos justo al máximo, pero cuidado cuando ya esas posturas se sitúan en el delirio y rebasan la línea de la sensatez, porque es el momento de una obligada autoevaluación. Nunca el fanatismo ha dejado algo bueno. Y eso aplica para todas las partes.

Más allá de los presagios de un gobierno autoritario, yo espero que haya mucha prudencia en el próximo presidente y su equipo, para generar esa anhelada confianza externa e interna, y que prive la inteligencia para que se tomen las mejores decisiones.

Bienvenida esta llamada Cuarta Transformación y que, sin que nos asustemos con el lenguaje fuerte, popular y hasta grosero, terminen las innecesarias expresiones vulgares y arrogantes, como la de Paco Ignacio Taibo, porque no ayudan a la tan necesaria reconciliación nacional.

 

Fuente: Internet

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