Hay una mirada que conocemos bien los sinaloenses, aunque nunca nos la hayan explicado. Es la mirada del visitante frente al cristal. La del que observa, toma notas, saca conclusiones y se va a cenar tranquilo.
Somos, para el resto del país y del mundo, algo parecido a un zoológico. Un territorio fascinante, exótico, peligroso en la medida justa para resultar interesante. Nos estudian. Nos analizan. Nos disectan con la frialdad aséptica del científico que nunca confunde el objeto de su curiosidad con una causa que valga la pena abrazar, pero como todo zoo no queremos que los animales se salten sus cercas. Quieren a los sinaloenses haciendo cosas de sinaloenses en Sinaloa.
Han surgido así los sinalólogos: esa peculiar especie de académicos, periodistas, documentalistas y expertos de escritorio que conocen mejor que nadie las rutas del Pacífico, los organigramas del crimen, las cifras de la violencia y los pliegues históricos que nos trajeron hasta aquí. Son rigurosos, a veces brillantes. Y son, casi siempre, completamente ajenos al dolor que describen.
Porque una cosa es estudiar las consecuencias y otra muy distinta es tomar la causa. Una cosa es explicar por qué un estado sangra y otra es querer que deje de hacerlo. A los sinalólogos, en el fondo, les gustamos como estamos: detrás del cristal, moviéndonos apenas lo suficiente para que el análisis no se vuelva aburrido.
Nos ven con morbo. Algunos, con esa curiosidad que roza la fascinación turbia. Unos pocos, con repulsión apenas disimulada. Pero nadie —o casi nadie— con la urgencia del que reconoce en el otro a un semejante que merece algo mejor que ser estudiado.
Y aquí viene la parte incómoda, la que duele más que el juicio ajeno: tal vez nosotros tampoco queremos salvarnos del todo. Tal vez hemos aprendido a vivir tan dentro del zoológico que ya no recordamos bien cómo es el mundo del otro lado del cristal. O peor: tal vez sí lo recordamos, y hemos decidido que ese mundo tampoco nos debe nada.
Hay más sinalólogos que activistas de nuestra causa. Y eso no es culpa solamente de los que nos observan.
Caminamos por las calles de Culiacán o de Mazatlán con los hombros encogidos, cargando una tristeza vieja que ya ni siquiera nos molesta, como esos ruidos de fondo a los que uno termina por acostumbrarse. El sinaloense de a pie no espera que el próximo operativo militar sea el definitivo, ni que el discurso del gobernante en turno traiga la paz; la esperanza se nos gastó de tanto usarla en promesas falsas. Nos hemos vuelto expertos en el arte de la supervivencia resignada: miramos al cielo buscando helicópteros en lugar de nubes de lluvia, y abrimos el periódico por las mañanas no para informarnos, sino para comprobar si el nombre de algún conocido figura en la lista de las bajas de la noche anterior. La desesperación mutó en apatía, y esa es nuestra verdadera tragedia.
Y es que, desde la comodidad de los escritorios en el centro del país, el análisis se vuelve un ejercicio puramente estético, un debate de café donde nuestras bajas son solo décimas en una gráfica de barras. Para la comentocracia capitalina, Sinaloa es un laboratorio social perfecto, un tema redituable para el diagnóstico dominical que llena minutos de televisión y páginas de opinión, pero que jamás se traduce en una pizca de empatía real o en políticas públicas que de verdad nos alcancen. Nos recetan teorías abstractas sobre el tejido social y estrategias de seguridad diseñadas por gente que nunca ha tenido que tirarse al piso de un supermercado por una balacera, ni ha sentido el vuelco en el estómago al ver un convoy oscuro en el semáforo. Al final, sus sesudos debates en la capital solo sirven para tranquilizar sus propias conciencias intelectuales, dejándonos claro que para el centro de la República seguimos siendo periferia, nota roja y un problema lejano que se archiva en cuanto se apagan los micrófonos.
Al final, nos queda el amargo consuelo de saber que el espectáculo debe continuar para el beneplácito de la audiencia nacional. Mientras los sinalólogos preparan su próximo libro o el corresponsal extranjero ajusta el lente de su cámara para captar el folklore de nuestra desgracia, nosotros nos quedamos aquí, encerrados en esta pecera de cristal, limpiando la sangre de la banqueta y recogiendo los pedazos de una normalidad que nunca volverá. Nos sabemos solos, terriblemente solos, atrapados en un bucle eterno donde el dolor es ajeno para el que mira, y crónico para el que lo padece. Nos conformamos con que mañana el día sea un poco menos oscuro, aunque en el fondo sepamos que la noche de Sinaloa parece no tener fin.
¿O usted qué opina, amable lector? ¿Se siente parte del zoológico?