Al momento

El síndrome de la vida perfecta en redes: cómo la comparación desgasta tu autoestima

Descubre cómo la comparación en redes sociales puede erosionar tu autoestima y hacerte sentir que tu vida vale menos.

No te estás comparando con la vida completa de otra persona, sino con partes escogidas, acomodadas y filtradas para que se vean bien. | Imagen ilustrativa.

Ana se sienta un ratito en el sillón después de un día pesado. Está cansada y solo quiere distraerse cinco minutos. Entonces abre Instagram y empieza a ver muchas cosas bonitas: una pareja feliz en la playa, una mujer enseñando su coche nuevo, alguien celebrando que le fue muy bien en el trabajo, otra persona haciendo ejercicio como si nunca se cansara, una casa muy ordenada y una familia que parece perfecta, como si nunca peleara ni tuviera problemas. Ana sigue viendo todo eso y, aunque nadie le dijo nada malo y nadie la hizo sentir mal directamente, cuando cierra la aplicación se siente extraña, como más triste, como si fuera un poco atrás de los demás, como si su vida no fuera tan buena.

Eso les pasa a muchas personas, aunque a veces no sepan explicarlo. Algunas creen que están exagerando o piensan que son demasiado sensibles, pero no se trata de eso. Lo que pasa es que, cuando una persona ve una y otra vez vidas que se ven perfectas, puede empezar a mirar su propia vida de una manera más dura. Y poco a poco la comparación deja de ser algo pequeño, porque ya no solo hace pensar “qué bonito”, sino también “mi vida no se ve así”, y eso puede hacer que uno se sienta menos valioso, menos contento y menos suficiente.

El problema no es que existan las redes sociales ni que la gente suba cosas bonitas. El problema empieza cuando alguien olvida que en redes casi nunca se ve la historia completa. No se ve el cansancio que había antes de tomar la foto, ni las deudas que quizá hay detrás del viaje, ni la discusión que pudo pasar antes del video sonriente, ni los miedos que puede tener una persona aunque se vea muy segura. En redes casi siempre se enseña la parte más bonita, la mejor acomodada, la más llamativa, pero no todo lo demás.

Por eso, muchas veces, una persona no está comparando su vida con la vida real de los demás, sino con una especie de escaparate, como cuando una tienda acomoda todo para que se vea perfecto desde afuera. Y claro, si alguien compara su vida de verdad, con días buenos y malos, con cansancio, problemas y pendientes, contra algo que está tan arreglado para verse bonito, es normal que sienta que su vida sale perdiendo, aunque en realidad no sea así.

La trampa de la comparación digital

Las redes sociales están hechas para enseñar lo que más hace que la gente mire: lo más bonito, lo que parece más exitoso, lo que se ve más increíble y más deseable. Y eso no siempre pasa porque las personas quieran engañar, sino porque así funcionan las redes. Casi todos suben las partes de su vida que se ven bien, no todo lo que de verdad les pasa. Suben la foto del cumpleaños feliz, pero no muestran si antes hubo estrés, enojos o problemas. Suben el premio o el logro, pero no enseñan todos los días en que se sintieron frustrados. Suben la foto en la que se ven muy bien, pero no enseñan los días en los que se sienten inseguros o no les gusta cómo se ven.

El problema es que el cerebro, mientras está viendo muchas imágenes una tras otra, no siempre recuerda todo eso con claridad. Entonces, si una persona ve muchas veces cuerpos perfectos, parejas felices, casas bonitas, viajes a cada rato y logros todo el tiempo, puede empezar a sentir que eso es lo normal, como si así debería verse la vida de todos. Y muchas veces eso no pasa porque lo piense de forma consciente, sino porque, cuando algo se repite mucho, poco a poco empieza a parecer verdadero o común.

Ahí es donde aparece una comparación muy injusta. Tú sí conoces tu vida completa por dentro. Sabes las cosas que te preocupan, los errores que has cometido, lo que te falta por hacer, el cansancio que traes y esos momentos en los que te sientes raro, torpe o confundido. Pero de los demás no ves todo eso. De ellos solo ves la parte que decidieron enseñar. Entonces, sin darte cuenta, comparas toda tu vida real, con lo bonito y lo difícil, contra los mejores pedacitos de la vida de otras personas. Y así, claro que uno casi siempre siente que sale perdiendo.

Por eso no sirve mucho decir solamente “ya no te compares”, como si fuera algo tan fácil. Muchas veces la comparación aparece sola, casi sin pedir permiso. Lo más importante es entender con qué te estás comparando de verdad. No te estás comparando con la vida completa de otra persona, sino con partes escogidas, acomodadas y filtradas para que se vean bien. Y cuando uno entiende eso, puede empezar a mirar las redes de otra manera y a tratarse con un poco más de justicia.

Cuando ver vidas “perfectas” empieza a desgastarte

Ver tantas veces ese tipo de cosas en redes puede dejar una sensación rara, de esas que cuesta explicar bien. No siempre se siente como una tristeza muy grande ni como un problema que se nota enseguida. A veces se siente más bien como una incomodidad callada, como si algo por dentro no estuviera del todo bien, como si tu vida tuviera menos color o menos brillo, o como si estuvieras haciendo algo mal aunque ni siquiera sepas exactamente qué es.

Entonces empiezan a aparecer pensamientos que poco a poco hacen daño, como creer que vas tarde, que no has logrado suficiente, que tu relación no es tan buena, que tu cuerpo no se ve como debería, o que tendrías que verte mejor, tener más dinero, viajar más, hacer más cosas o sentirte más feliz. Y sin darte cuenta, la comparación empieza a meter una idea muy pesada: que siempre te falta algo para poder sentirte bien contigo mismo.

Eso va lastimando la autoestima porque dejas de mirar lo que sí tienes, lo que sí haces y lo que sí vale en tu vida, y empiezas a mirar casi solo lo que, según esas imágenes, te falta. Entonces, cosas que antes tenían valor comienzan a parecer pequeñas o insuficientes. Tener un trabajo estable ya no parece importante, una relación bonita ya no impresiona, y todo el esfuerzo de cada día empieza a sentirse poquito cuando lo comparas con las imágenes tan llamativas que ves de otras personas. Tu propia vida deja de mirarse como realmente es, y empieza a ser juzgada por lo que no se ve tan perfecto.

Con el tiempo, todo esto puede hacer que una persona se hable muy duro por dentro, se exija demasiado y sienta una especie de fracaso que a veces ni siquiera sabe cómo nombrar. Casi nunca dice “me siento mal por culpa de las redes sociales”. Más bien dice cosas como “siento que no he hecho nada con mi vida”, “todos avanzan menos yo”, “no sé por qué me siento tan inconforme” o “debería estar mejor que así”. O sea, el malestar sí está, pero muchas veces no se nota de dónde viene.

Y además, no solo importa cuánto tiempo pasa una persona en redes, sino también cómo se siente por dentro en ese momento. Porque cuando alguien ya está cansado, inseguro, ansioso, triste o pasando por una pérdida, es mucho más fácil que ese contenido le pegue más fuerte. Lo que para una persona puede ser solo una foto bonita, para otra puede sentirse casi como una prueba dolorosa de que su vida no está tan bien como debería.

El problema no es solo lo que ves, sino cómo empiezas a medirte

Uno de los efectos más delicados de todo esto es que la persona puede empezar a mirar su vida pensando en cómo se vería desde afuera, como si eso fuera lo más importante. Entonces ya no importa solamente cómo se siente vivir algo, sino también si se vería bonito en una foto, si otras personas lo admirarían o si podría recibir muchos “me gusta” o comentarios. Y poco a poco eso cambia mucho la manera de vivir.

Cuando pasa eso, el valor de la persona empieza a depender más de lo que viene de afuera. Ya no importa tanto si una relación te da paz, sino si se ve bonita para los demás. Ya no importa tanto disfrutar un logro, sino que ese logro impresione. Ya no importa tanto sentirte bien contigo mismo, sino recibir aprobación, atención o aplausos. Y sin darse cuenta, la persona empieza a alejarse de lo que de verdad vive y siente por dentro.

Entonces puede pasar algo como esto: alguien está viviendo un momento bonito, pero en vez de disfrutarlo completo, empieza a pensar en cómo mostrarlo. O está construyendo algo muy importante en su vida, pero como no se ve espectacular ni llama tanto la atención, siente que no vale mucho. Y a veces hasta se dejan de valorar cosas muy profundas solo porque no se ven llamativas en pantalla, como aprender a poner límites, salir de una relación que hacía daño, mantener una rutina, cuidar la salud mental, aprender a descansar o dejar de exigirse tanto. Esas cosas muchas veces no se ven como algo grande en redes, pero en la vida real pueden valer muchísimo más que muchas otras que sí reciben aplausos.

La autoestima se va haciendo más débil cuando una persona deja de preguntarse “¿cómo me siento con la vida que estoy viviendo?” y empieza a preguntarse “¿mi vida se ve tan bien como la de los demás?”. Aunque parezca una diferencia pequeña, en realidad cambia todo. La primera pregunta ayuda a mirar el bienestar verdadero, lo que de verdad te hace bien o te hace sentir en paz. La segunda te pone a medirte con una regla de afuera, una regla que cambia todo el tiempo y que casi nunca te deja sentir suficiente.

Y muchas veces esta herida no llega de una forma escandalosa ni fácil de notar. Llega más calladita, como una insatisfacción que no se va, como una molestia con uno mismo, como vergüenza por no ser como “deberías”, o como esa sensación cansada de que, hagas lo que hagas, siempre tendrías que ser más, hacer más o verte mejor.

Cómo recuperar una mirada más justa sobre tu vida

Salir de esta forma de sentirte mal no siempre significa que tengas que dejar las redes sociales por completo. A veces significa algo más sencillo y más importante: aprender a usarlas sin dejar que la pantalla sea la que te diga cuánto vales, qué tan bien vas o si tu vida es suficiente. O sea, no se trata solo de apagar el celular, sino de que lo que ves ahí no tenga tanto poder sobre cómo te sientes contigo mismo.

Un primer paso es darte cuenta de qué tipo de contenido te hace compararte de una manera que te lastima. Porque no todas las cuentas hacen lo mismo. Hay unas que pueden inspirarte, enseñarte cosas útiles o hacerte sentir acompañado. Pero también hay otras que te dejan inquieto, presionado, vacío o como si fueras menos que los demás. Y notar eso ya es una manera de cuidarte. Si cada vez que ves cierto tipo de contenido terminas sintiéndote peor contigo, entonces vale la pena poner atención a eso.

También ayuda a aprender a mirar con más duda lo que aparece en pantalla. Que una imagen sea bonita no significa que esté contando toda la verdad. Una foto no enseña el esfuerzo, el cansancio, los problemas, lo que costó llegar ahí ni todo lo que quedó fuera de la imagen. Recordar eso no hace que el efecto desaparezca por completo, pero sí ayuda a no creer tan fácilmente la idea de que los demás viven mejor todo el tiempo y sin dificultades.

Otro paso importante es volver a mirar tu vida con medidas más reales y más tuyas. Eso significa hacerte preguntas más honestas, como qué cosas has logrado sostener aunque casi nadie las vea, qué cosas difíciles has podido superar, qué estás construyendo aunque todavía no se vea impresionante, qué partes valiosas de tu vida no se pueden presumir fácilmente y qué cosas sí te hacen bien aunque no hagan que otros te admiren. A veces lo más valioso de una persona no es lo que más se nota, sino lo que ha tenido que sostener por dentro.

La autoestima no se hace fuerte solamente por decirte cosas bonitas frente al espejo. También se fortalece cuando aprendes a reconocerte de una manera más real, tomando en cuenta tu historia, tu esfuerzo, lo que te ha tocado vivir, lo que necesitas y todo eso que has cargado en silencio y que muchas veces nadie ve. Ahí también hay valor, aunque no se aplauda ni se publique.

Y a veces también hace falta poner límites más claros. Por ejemplo, dejar de seguir cuentas que te hacen daño, pasar menos tiempo viendo contenido, darte descansos, escoger mejor lo que consumes y buscar cosas que te informen, te acompañen o te inspiren sin hacerte sentir humillado o insuficiente. Cuidar tu mente también tiene que ver con cuidar lo que dejas entrar todos los días.

Y hay otra cosa muy importante: volver a la vida que pasa fuera de la pantalla. Hablar con alguien de verdad, salir a caminar, descansar, cocinar, leer, trabajar en algo importante para ti, convivir sin estar pensando en tomar una foto, estar presente de verdad. Porque cuando una persona vuelve a conectarse con experiencias reales, muchas veces empieza a recuperar la perspectiva. La vida vivida, la de verdad, tiene una profundidad, una calidez y un valor que ninguna publicación puede reemplazar.

Tu vida no vale menos porque no parezca perfecta

El problema no es que tu vida valga poco o que sea menos importante. Muchas veces, el problema es que la estás mirando con una regla muy injusta: una regla hecha de fotos arregladas, momentos escogidos, comparación y apariencia. Y cuando alguien usa esa medida para evaluarse, casi cualquier vida real puede parecer insuficiente, aunque en verdad no lo sea.

Pero una vida valiosa no siempre se ve impresionante. A veces es una vida tranquila. A veces es una vida que todavía se está acomodando. A veces se ve normal desde afuera. A veces no tiene nada espectacular para enseñar, pero sí mucho que sostener cada día. Y eso también cuenta, también tiene valor y también merece respeto.

Tal vez, si algo de lo que leíste aquí resonó contigo, este también pueda ser un buen momento para mirar tu propia experiencia con más honestidad y más cuidado. Y si piensas que a alguien cercano podría ayudarle a entender mejor lo que está viviendo, también puedes compartir este artículo. También, si te nace, me encantará leerte en www.juanjosediaz.mx; tus comentarios, reflexiones u opiniones pueden abrir conversaciones valiosas sobre un malestar que muchas veces se vive en silencio. Y cuando esta sensación de insuficiencia se vuelve constante, dolorosa o difícil de manejar a solas, buscar ayuda profesional no es exagerar: a veces es una forma profundamente sana de volver a encontrarte contigo. Si en algún momento consideras que acompañarte terapéuticamente podría ayudarte en ese proceso, también existe esa posibilidad.

Una autoestima más sana no aparece porque logres verte mejor que los demás o porque ganes en esa competencia de imágenes. Nace, más bien, cuando vuelves a mirar tu propia vida con más realidad, más contexto y más compasión. Nace cuando dejas de preguntarte si tu vida impresiona y empiezas a preguntarte si la vida que estás viviendo de verdad tiene sentido para ti. Porque estar bien no siempre se ve perfecto, y muchas de las cosas más importantes de la vida no caben completas en una pantalla.

Como siempre, te dejo un abrazo
Juan José Díaz

Fuente: Internet

Fotografía de perfil de Juan José Díaz Iribe

Juan José Díaz Iribe

Columnista

Juan José Díaz Iribe

Ver más

Al momento

Suscríbete a nuestro boletín

Para tener la información al momento, suscríbete a nuestro boletín en el tendrás las últimas noticias de Sinaloa, México y el mundo.