El boxeo mexicano tiene una estirpe especial de peleadores: aquellos que no necesitaban portar una faja mundial para sostener el honor de todo un pueblo sobre los hombros. Eran gladiadores de cepa pura, de esos que convertían el cuadrilátero en un foso de resistencia y valentía.
El lunes 20 de julio, Culiacán despide con dolor a uno de sus representantes más bravos: Luis Fernando “Pringa” Hernández, quien murió después de cargar por muchos años con la secuela de las encarnizadas batallas que sostuvo a lo largo de su carrera que inició a fines de los 70´s y que culminó diez años más tarde.
Hablar de la década de los ochenta en el boxeo mexicano, y de la “Pringa”, es rememorar una de las eras más sangrientas, competitivas y talentosas de la historia. En la división de los minimoscas, meterse al top nacional significaba librar auténticas batallas de gladiadores semana tras semana.
Fue ahí donde la “Pringa” se consolidó como campeón nacional mexicano conquistando un cetro que en aquel entonces tenía un peso y un valor casi equivalente al de un campeonato del mundo. Y no lo ganó contra cualquier pugilista; lo hizo destronando a quien en su momento portaba la etiqueta de estar entre los mejores cinco del planeta: Cándido Téllez.
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Hernández no conoció el miedo ni las peleas a modo. Su récord fue una enciclopedia del boxeo de élite de su época. Se midió tú a tú con los hombres más temidos de las clasificaciones mundiales: pugilistas de la talla de Amado “Panterita” Ursúa, Pedro Rábado, Cándido Téllez y Germán Torres, sólo por citar algunos, boxeadores que alcanzaron la cima a la que sueña todo pugilista.
Enfrentar a esta clase de oponentes exigía no solo preparación física, sino un corazón inmenso y una mandíbula de acero, virtudes que a la “Pringa” Hernández le sobraban. Su estilo era la definición pura de la escuela sinaloense: guardia firme, entrega total, choque frontal y una valentía a prueba de fuego. No importaba la pegada del rival ni el escenario; el “Pringa” siempre salía a lanzar golpes, regalando espectáculos memorables que el respetable agradecía con ovaciones de pie. Fue, en toda la extensión de la palabra, un auténtico guerrero del ring.
Esa noche en que se coronó, el público lo sacó en hombros del Parque Revolución y lo llevó por toda la calle Obregón hasta el edificio del Ayuntamiento de Culiacán. Allí nació la leyenda de un verdadero ídolo.
Tuvo el privilegio de codearse entre los grandes del boxeo local y de formar una cuarteta de guerreros que el desaparecido Don Agustín de Valdez impulsó como promotor; Leonardo “Chino” Bermúdez, José Luis Soberanes y Jesús “Chuyín” López, el póker de ases que hicieron historia y que se encargaron de poner a Sinaloa en el mapa boxístico. De ellos, solo Bermúdez y Hernández lograron llevar un cinturón nacional a sus vitrinas.
Su partida terrenal en Culiacán deja un vacío profundo en la memoria colectiva del deporte regional. Sin embargo, su legado no se borra y ni se borrará con el paso del tiempo. Mientras en un gimnasio de boxeo se escuche el sonar de la pera, el golpe al costal y el esfuerzo de un joven soñador, el espíritu combativo de la “Pringa” seguirá con vida.
Hoy la campana ha sonado por última vez para el gran “Pringa”, pero en el libro de oro del boxeo sinaloense su nombre queda inmortalizado como el de un campeón con mayúsculas.
Descanse en paz, guerrero.