El ingeniero Hernán García Castro, lector frecuente de Línea Directa y preocupado por los temas que nos duelen como sociedad, me compartió una reflexión que cala hondo: “Hemos fallado como sociedad porque nuestros jóvenes sueñan con traer una ‘camionetona’ robada, un cuerno de chivo y fajos de billetes, porque esa es la cultura que los envuelve”.
Suena duro, pero es cierto. Lo que hoy se presenta como símbolo de éxito para buena parte de nuestros muchachos no es el esfuerzo, la disciplina o el estudio, sino la inmediatez del dinero fácil, y la fama torcida que da la violencia.
No estamos hablando de casos aislados, sino de una narrativa que se repite en canciones, en redes sociales, en la plática del café. Un molde social que, queramos o no, termina influyendo en la aspiración colectiva.
Mientras tanto, en otras latitudes los jóvenes encuentran incentivos distintos: inventar, crear y desarrollar talento artístico, tecnológico o deportivo. Lugares donde las leyes y reglamentos se cumplen, los gobiernos funcionan y la sociedad marca una ruta hacia la innovación y la cultura. Y aunque no sean sociedades perfectas, al menos la brújula que siguen apunta hacia adelante.
No se trata de renegar de lo que somos, sino de cuestionar en qué espejo queremos mirarnos. Nadie niega que tenemos una tierra fértil, un talento humano enorme y una identidad cultural que vale oro. Pero la verdadera riqueza no está en una camioneta blindada, sino en una idea que florece. No en un fajo de billetes, sino en una empresa que se levanta con esfuerzo.
Quizá el gran desafío de esta generación sea desmontar esa cultura torcida y construir otra donde el verdadero éxito sea aportar algo bueno a la humanidad. Para eso se necesita educación de calidad, oportunidades reales, y sobre todo, adultos que dejemos de normalizar la cultura de la ilegalidad como si fuera parte del paisaje.
Decía Octavio Paz que “una sociedad que olvida a sus jóvenes, se olvida de sí misma”. Tal vez ha llegado el momento de recordarnos que aunque el camino de la ley es más largo, es el único que nos puede sacar de este ciclo de violencia.
A los padres y madres que todos los días hacen su mejor esfuerzo, no olviden que ustedes siguen siendo la brújula más fuerte en la vida de sus hijos. Aunque afuera el ruido de la calle parezca más poderoso, nada marca más que el ejemplo en casa: la disciplina, el respeto, la honestidad y la fe en que sí se puede soñar diferente.
No se trata de sermones largos, sino de gestos simples: acompañar, abrazar, escuchar, corregir con amor y celebrar los pequeños logros.
El cambio verdadero comienza en cada familia que enseña a sus hijos a transitar por el camino correcto.