Hay personas que terminan una tarea, una exposición, una consulta, una plática difícil o hasta un día entero de trabajo y, en lugar de sentir descanso o pensar “ya terminé”, lo primero que se dicen es: “Lo pude haber hecho mejor”. Aunque sí cumplieron, aunque sí se esforzaron y aunque en realidad no les salió mal, por dentro sienten que faltó algo, que cometieron un error muy grave o que debieron hacerlo todo de otra forma, y a veces nadie les está reclamando nada, pero ellas solitas ya empezaron a regañarse por dentro.
Eso pasa más seguido de lo que uno imagina. Hay muchas personas que viven con una voz interna que siempre les pide más, casi no les reconoce nada y casi nunca queda contenta. Desde afuera puede parecer que son muy responsables o muy comprometidas, pero por dentro muchas veces lo viven como una presión que no se apaga.
Criticarse a uno mismo no siempre es algo malo, porque a veces sirve para darte cuenta de un error, corregir algo y aprender. El problema empieza cuando esa voz ya no te ayuda a mejorar, sino que te lastima. Ahí deja de servir como guía y se convierte en una especie de castigo que cansa, que pone tensa a la persona y que la hace sentir, una y otra vez, que no es suficiente.
Y cuando eso pasa, también suele aparecer el perfeccionismo, pero no como unas ganas sanas de hacer bien las cosas, sino como la idea de que solo puedes sentirte tranquilo si todo sale perfecto. Entonces cualquier error se siente enorme, descansar da culpa y hasta las cosas buenas que sí logras hacer dejan de sentirse importantes.
Por eso hablar de autoperdón no significa ser flojo ni conformarte con cualquier cosa. Más bien significa aprender a tratarte de una manera más justa, más sincera y más humana. A veces, lo que una persona necesita no es exigirse más y más, sino dejar de vivir como si siempre se debiera algo a sí misma.
Cómo habla el juez interno en tu vida diaria
Muchas personas conocen muy bien esa voz que tienen en la cabeza y que todo lo revisa, todo lo corrige y casi nunca las deja descansar por dentro. A esa voz se le puede llamar “juez interno”, no porque de verdad haya otra persona dentro de ti, sino porque funciona como si fuera un juez que está viendo todo lo que haces para decidir si estuvo bien, si estuvo mal, si vales, si eres capaz o si diste lo suficiente.
A veces esa voz habla de manera muy directa y dice cosas como: “No debiste equivocarte”, “eso no te salió tan bien” o “alguien más lo habría hecho mejor”. Otras veces suena más tranquila o más razonable y dice cosas como: “solo quiero hacer las cosas bien”, “todavía no me debo relajar” o “no está bien conformarme”. Pero aunque cambien las palabras, en el fondo casi siempre dice lo mismo: todavía no es suficiente.
Y eso se puede ver en cosas muy normales de todos los días, como en la persona que revisa muchas veces un mensaje antes de mandarlo por miedo a equivocarse, o en alguien que termina algo y, en vez de sentirse contento por haberlo logrado, enseguida piensa en lo que le faltó, o en quien quiere descansar pero no puede hacerlo tranquilo porque siente culpa, o en quien sigue y sigue haciendo cosas, pero casi nunca siente de verdad que avanzó. Poco a poco, la vida empieza a sentirse como si todo fuera examen.
Lo más difícil es que muchas veces esa forma de tratarse se confunde con ser disciplinado, maduro o muy profesional, y por eso hay personas que creen que solo pueden hacer bien las cosas si se empujan todo el tiempo y no se dan permiso de bajar la presión, como si hablarse con amabilidad fuera volverse flojo, o como si tratarse duro fuera la única manera de crecer.
Pero vivir así cansa mucho y cuesta caro por dentro, porque descansar deja de sentirse como descanso, equivocarse se vuelve algo casi insoportable y no dar el máximo ya no se siente solo como un error normal, sino como si la persona misma estuviera fallando.
Por qué la autocrítica alimenta el perfeccionismo y la ansiedad
La autocrítica muy fuerte y el perfeccionismo suelen ir juntos y ayudarse entre sí. Cuando una persona siente que todo le tiene que salir perfecto para poder estar tranquila o para sentir que vale, entonces cualquier error deja de verse como algo normal y empieza a sentirse como si fuera un peligro.
Ahí se hace un círculo que cuesta mucho romper, porque la persona se exige demasiado para no fallar, pero al exigirse tanto vive tensa, y esa tensión hace que le dé todavía más miedo equivocarse, y ese miedo hace más difícil concentrarse, disfrutar lo que está haciendo o sentirse suelta y tranquila. Entonces aparece el bloqueo, la duda o el cansancio, y al final eso hace que la persona piense que necesita exigirse todavía más.
Desde afuera, a veces el perfeccionismo parece algo bueno, porque puede dar la impresión de que alguien es muy ordenado, muy responsable o que trabaja muy bien. Pero muchas veces pasa lo contrario, porque hay personas que dejan una tarea para después porque sienten que tendría que salir perfecta, hay otras que revisan tanto lo que hacen que nunca sienten que ya está listo, hay quienes dudan tanto de sí mismos que se quedan paralizados antes de empezar, y también hay quienes viven con miedo de que los juzguen, los critiquen o se den cuenta de que no se sienten suficientes
Cuando alguien vive así, su mente casi nunca descansa de verdad, porque siempre está pensando en errores que podrían pasar, imaginando críticas o corriendo hacia la siguiente meta. La tranquilidad dura muy poquito, porque apenas termina una cosa, ya aparece otra exigencia más. Y así poco a poco se forma una ansiedad por hacerlo todo bien, donde la persona siente que tiene que estar dando la talla todo el tiempo.
Y el problema no es solo que eso canse mucho, sino que también va dejando una tristeza callada, que es la tristeza de esforzarte muchísimo y aun así sentir que no alcanza, de seguir avanzando sin disfrutar lo que logras, y de cumplir con muchas cosas pero vivir como si siempre te faltara algo muy importante por dentro.
Cómo la autocrítica afecta tu autoestima y tu bienestar
Hablarte feo todo el tiempo va dejando marcas, y no solo en lo que piensas, sino también en cómo te sientes contigo mismo, porque con el tiempo pueden aparecer nervios, enojo, tristeza, pena por equivocarte y una sensación que se queda ahí, como si por dentro nunca terminaras de sentirte bien.
Una de las cosas que más lastiman de la autocrítica excesiva es que cambia la forma en que la persona se ve a sí misma, porque los errores se hacen enormes y las cosas buenas se hacen chiquitas, entonces lo que salió mal se queda muy presente en la cabeza, mientras que lo que salió bien se toma como si no importara tanto o se olvida muy rápido, y así, en vez de mirarse de una manera más completa y más justa, la persona empieza a verse casi siempre desde lo que le falta o desde lo que cree que hace mal.
Y eso afecta mucho la autoestima, no solo por las ideas que alguien tiene sobre sí, sino también por la manera en que se trata por dentro, porque la autoestima también se forma con el tono que usas contigo cuando te equivocas, cuando vas más lento, cuando te atrasas o cuando no puedes con todo, y si justo en esos momentos te hablas para humillarte, presionarte o hacerte sentir que no eres suficiente, entonces es muy difícil sentirte fuerte y seguro por dentro.
A veces una persona se acostumbra tanto a tratarse así que deja de preguntarse si eso está bien, y empieza a creer que así funciona su mente y que no existe otra manera de corregirse, e incluso puede pensar que hablarse con amabilidad sería mentirse o dejar de ver las cosas como son, pero una cosa es aceptar que cometiste un error y otra muy diferente es convertir el maltrato hacia ti mismo en una costumbre.
Querer mejorar no tiene nada de malo, el problema aparece cuando alguien empieza a creer que solo puede cambiar si se trata mal, como si comprenderse fuera ser débil y lastimarse fuera una prueba de compromiso, cuando muchas veces esa dureza no es fortaleza de verdad, sino una manera aprendida de tratarse a sí mismo.
Autoperdón no es conformismo
Cuando se habla de autoperdón, hay personas que creen que eso significa poner excusas, hacer como que no pasó nada o dejar de hacerse responsables, pero en realidad no se trata de eso, porque perdonarte no es tapar un error ni fingir que no importa, sino aceptar lo que pasó, reconocer la parte que te toca, aprender de eso y dejar de pensar que solo puedes corregirte si te castigas por dentro.
Perdonarte no borra las consecuencias ni hace que el pasado cambie, porque lo que ya pasó no se puede borrar, pero sí puede cambiar la manera en que te tratas después de equivocarte, porque en vez de quedarte atrapado en la culpa y seguir sintiéndote mal una y otra vez, puedes preguntarte qué necesitas entender mejor, qué necesitas arreglar o qué necesitas hacer diferente para actuar mejor la próxima vez, y eso hace una gran diferencia, porque la culpa por sí sola no arregla las cosas, muchas veces solo deja a la persona atorada.
Por eso el autoperdón no va en contra de la responsabilidad, sino que muchas veces ayuda a que sí exista de verdad, porque cuando una persona no está llena de vergüenza ni atacándose por dentro todo el tiempo, puede mirar lo que pasó con más calma y más claridad, puede aceptar que cometió un error sin pensar que por eso ya no vale lo suficiente, y puede corregir sin sentirse destruida por dentro.
Una parte importante de este proceso es aprender a tener una voz interna diferente, no una voz que diga que todo está bien aunque no lo esté, pero tampoco una voz cruel que solo lastime, sino una voz firme, clara y útil, una voz que pueda decir: “Sí, esto no salió como querías”, sin agregar: “y eso demuestra que eres un fracaso”, porque una voz sana ayuda a aprender, no a humillarte.
A veces el cambio empieza con una pregunta distinta, porque en lugar de seguir pensando: “¿Por qué nunca soy suficiente?”, puede servir mucho más preguntarte: “¿Cómo puedo hablarme de una manera más sana cuando algo no me sale como quería?”, y aunque parece una diferencia pequeña, en realidad cambia muchísimo, porque deja de hacerte sentir que todo el problema eres tú y empieza a llevarte hacia una forma más humana, más justa y más amable de acompañarte.
Y para algunas personas, esa manera tan dura de tratarse viene desde hace mucho tiempo, porque tal vez crecieron en lugares donde importaba más sacar buenos resultados que sentirse bien, donde equivocarse se castigaba demasiado o donde sentirse querido parecía depender de hacer todo perfecto, y en esos casos la autocrítica no apareció de la nada, sino que se fue formando como una manera de adaptarse, de protegerse o de buscar aceptación, y entender eso no quita el daño que hace, pero sí ayuda a dejar de verla como si fuera una verdad absoluta.
Para terminar
La autocrítica muy fuerte no siempre ayuda a una persona a crecer, porque muchas veces, en lugar de impulsarla, la va cansando por dentro, la mantiene nerviosa y la hace vivir como si nunca fuera suficiente. Y aunque a veces puede parecer compromiso o ganas de hacer bien las cosas, también puede convertirse en una forma de maltrato interno que se vuelve tan habitual que deja de notarse. Dar un paso hacia el autoperdón no significa bajar tus metas ni dejar de querer mejorar, sino aprender de lo que pasa sin quedarte atrapado en el castigo, y también entender que equivocarte no hace que valgas menos, que descansar no te vuelve flojo y que tratarte con más humanidad no significa que te estés conformando.
Si mientras leías estas líneas te fuiste reconociendo en más de una parte, quizá también valga la pena tomar en serio lo que te pasa y considerar buscar ayuda profesional. A veces, hablarlo con un terapeuta puede abrir una manera distinta de mirarte, más clara, más justa y menos cruel contigo. Si sientes que mi acompañamiento podría ayudarte en ese proceso, en www.juanjosediaz.mx también puedes encontrar un espacio para escribirme, compartirme tu opinión sobre este artículo o explorar la posibilidad de iniciar terapia si así lo consideras necesario. Y si crees que este texto puede hacerle bien a alguien más, compartirlo también puede ser una forma sencilla de tender un puente.
Gracias por llegar hasta aquí y darte este momento de lectura, porque dejar de ser tu juez más duro no arregla todo de inmediato, pero sí puede cambiar profundamente la relación que tienes contigo mismo. Y a veces ese cambio vale más de lo que parece, porque poco a poco aprendes a tratarte con más justicia, con más calma y con menos dureza.
Como siempre, te dejo un abrazo
Juan José Díaz