Como un toro de lidia

Dos varas le dejaron caer en el lomo, como un acuse de la muerte, al toro de lidia que embiste mientras el aire se acaba en sus pulmones. Con las venas rotas, con la lengua muerta se aferra a lo que parece la vida. Filo. Hueso. Tuétano. Carne rota. Risas. Frescura de la muerte en […]

Columnista, periodista cultural, locutor y productor de radio. Autor de libro de poemas Derrumbe del tambor. Desde el 2008 su sección ¿Qué escucha cuando escucha? se transmite en Línea Directa.

Dos varas le dejaron caer en el lomo, como un acuse de la muerte, al toro de lidia que embiste mientras el aire se acaba en sus pulmones. Con las venas rotas, con la lengua muerta se aferra a lo que parece la vida. Filo. Hueso. Tuétano. Carne rota. Risas. Frescura de la muerte en medio de un plaza de toros. Sangre brota desde el negro de su pelambre, de su piel que nace para nuestros ojos en un derramado festín de roja viveza. Se le deshilacha la vida y se le desinflama el pecho porque chorrea la sangre. Gota a gota disminuye la sabia de su cuerpo (él no lo sabe). A punto de morir, o por lo menos esa es la impresión del espectador que se lleva las manos a la boca en un ademán de justicia para la bestia que lucha en terreno desigual, embiste de nuevo. No puede. Una ceguera diminuta lo saca de la jugada. Todos vemos desde la barrera como lo castigan con todos los permisos del mundo. Cae el animal herido hacia delante de manera estrepitosa cuando las patas se le doblan, y la tierra se le filtra hasta la garganta. Amarga. Pesada. Una lápida de tierra que le corta la respiración. Menos aire. Truena la arena sobre sus dientes. Escucha el rechinar de las piedrecillas hasta la médula del cerebro. Un chirriar diabólico, estereofónico. Mastica un poco de nada. Trata de respirar. De nuevo la sangre brota, ahora de la nariz. Rojos los ojos. Llanto invisible. Se levanta. Vuelve el toro al ruedo buscando con su cornamenta el débil amasijo que es el torero. No lo encuentra. El poder que le da espada es más fuerte que su estampa. Fino él como una garza que no se deja despeinar por el aire. En puntillas de nuevo las varas sobre el mismo lomo, el mismo dolor, el mismo aplauso. Más carne rota, huesos, risas al por mayor. Como si al murmullo le brotaran dientes y garganta. Un hálito se le escapa por el hocico como el humo después de un café caliente. Resopla hasta el final sobre la misma tierra lapidaria de hace unos minutos. Salta la polvareda pequeña. Un resquebrajo del final. Cierran la plaza y apagan las luces: todos ríen, porque así se festeja la muerte de un toro.

Y yo termino de escribir lo que parece una corrida de toros en un domingo de plaza, pero no. El toro de lidia no es más que Daniel Goldin, que yace  en medio del ruedo con apenas unos miligramos de aire en los pulmones. Hace días la política le mató para el disfrute de la tauromaquia partidista.

 

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