En Sinaloa ya no nos sorprenden los grandes anuncios en materia de seguridad, nos preocupa lo que viene después.
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), es sin duda un golpe mayor del gobierno federal contra una de las organizaciones criminales más poderosas y violentas de la última década. Nadie puede regatear ese dato. Operativamente, es un mensaje de fuerza.
Pero en este tema la historia no se acaba con la caída de un capo. La experiencia, tanto en México como en Colombia, muestra que cuando desaparece un liderazgo dominante dentro de una estructura criminal, suelen abrirse dos escenarios delicados.
El primero es la fragmentación interna: grupos, mandos medios o células que empiezan a disputar el control que antes estaba concentrado. El segundo es la presión externa: organizaciones rivales que ven una ventana de oportunidad para avanzar sobre rutas, territorios o mercados.
Si algo hemos aprendido en estados como Sinaloa, Tamaulipas o Michoacán, es que la estrategia de eliminar al líder no siempre se traduce automáticamente en menos violencia. A veces ocurre lo contrario en el corto plazo, sobre todo si el golpe no viene acompañado de una ofensiva sostenida contra las estructuras operativas, financieras y territoriales del grupo.
Hoy el CJNG tiene presencia en todo el país y una red que no depende de una sola persona, por poderosa que haya sido. Por eso el verdadero reto apenas comienza.
¿Habrá sucesión ordenada dentro del grupo?
¿Vendrán disputas internas?
¿Intentarán otros actores ocupar espacios?
Son preguntas que las autoridades deberán observar con lupa en las próximas semanas y meses.
Desde la perspectiva ciudadana, lo responsable es reconocer el golpe institucional sin caer ni en triunfalismos prematuros ni en alarmismos. México, particularmente las regiones con antecedentes de reacomodos violentos, necesita que este tipo de acciones vayan acompañadas de inteligencia y presencia territorial sostenida.
Ojalá esta vez la historia no se repita. En estados como el nuestro, ya sabemos cuánto cuesta cuando los vacíos de poder se llenan a balazos.