Las lluvias de septiembre llegaron como un alivio después de años de angustia. Las presas en Sinaloa, hoy casi al 50% de su capacidad, son un respiro que devuelve esperanza a los productores agrícolas y ganaderos que han vivido una de las sequías más prolongadas y duras de los últimos tiempos.
La noticia es buena: la etapa crítica quedó atrás y ya se habla de programar el ciclo agrícola otoño–invierno. Sin embargo, no podemos caer en el autoengaño de que con un par de aguaceros todo está resuelto. La naturaleza nos recordó que no siempre lloverá a tiempo ni en la cantidad que quisiéramos.
El campo sinaloense ha demostrado nuevamente su resistencia, pero también tiene cuentas pendientes con el manejo del agua. Este respiro debería servir para replantear prácticas, invertir en tecnificación y, sobre todo, hacer del ahorro y uso racional una cultura que trascienda generaciones.
Porque si algo nos ha dejado esta sequía, es la certeza de que cada litro de agua cuenta.
El reto es colectivo, pero la responsabilidad directa recae en quienes viven del agua: los productores, los hombres y mujeres del campo. A ellos la lluvia les devolvió esperanza, pero también les dejó una advertencia: la abundancia puede ser pasajera si no aprendemos a administrar.
El futuro de Sinaloa se escribe en cada siembra, en cada válvula de riego que se abre o se cierra, y en la conciencia de que cuidar el agua no es un lujo, sino la única manera de garantizar que el campo siga siendo el motor de esta tierra.