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A contracorriente: pequeños momentos de lucidez

Durante años, más allá del color del partido gobernante, las críticas a los gobiernos en turno han sido constantes desde este pequeño espacio. Hoy más que...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

Durante años, más allá del color del partido gobernante, las críticas a los gobiernos en turno han sido constantes desde este pequeño espacio. Hoy más que nunca mantengo mi postura crítica a todo lo que los gobiernos y la sociedad han permitido construir. No hay manera de defender los resultados que hoy tenemos en el estado tras la acumulación de varios sexenios de desidia y complicidades; sin embargo, en estos momentos las columnas de opinión están llenas de voces que ya dicen lo que yo también pienso.

Mis compañeros analistas están haciendo buen trabajo a la hora de desmenuzar la situación que hoy vivimos en Sinaloa. Es por eso que hoy, siendo fiel a mí mismo, decidí escribir a contracorriente y ofrecer una perspectiva más polémica: tratar de rescatar los pequeños momentos de lucidez que hemos tenido en los últimos gobernantes del estado y la capital. No como defensa, sino como inventario honesto de lo poco que se hizo bien en medio de tanto que salió mal.

En lo que respecta al estado:

Jesús Aguilar Padilla (2005–2010). Cuando entregó el gobierno, Sinaloa tenía una deuda manejable y —esto se olvida con frecuencia— el arranque de la presa Santa María, la obra hidráulica más ambiciosa del estado en décadas. No la terminó, y ese pendiente dice mucho de la cultura política de la época. Pero la inició y consiguió la federalización de recursos para hacerla viable. Impulsó el Programa de Readaptación para Menores Infractores con enfoque educativo y dejó a Sinaloa con uno de los índices más bajos de abandono escolar en educación básica del noroeste del país.

Las columnas de opinión de los expertos están en la sección especial de Línea Directa

Mario López Valdez, “Malova” (2011–2016). Su administración tiene una herencia infraestructural que Sinaloa todavía usa. Invirtió cuarenta mil millones de pesos en la construcción del mayor número de plantas tratadoras y potabilizadoras en la historia del estado, mejorando el acceso al agua en comunidades que llevaban décadas esperando. Consolidó el acuerdo para que la Universidad de Occidente se convirtiera en universidad pública estatal y sostuvo al campo sinaloense en los años de la helada, cuando miles de familias rurales estaban al borde de la quiebra. Lo que no pudo —o no quiso— sostener fue la gobernabilidad, y ese capítulo también forma parte de su legado.

Quirino Ordaz Coppel (2017–2021). El gobernador mejor evaluado de México durante buena parte de su mandato, con mérito propio. Construyó cuatro hospitales públicos de alta especialidad, terminó con las “escuelas de cartón” renovando más de mil 470 planteles e invirtió 24 mil millones en obra pública sin generar deuda; al contrario, redujo la deuda heredada en mil 400 millones. Remodeló los tres estadios de béisbol del estado, inició la construcción del Acuario de Mazatlán y Sinaloa llegó al tercer lugar nacional en crecimiento económico. Esos números reales no explican, sin embargo, por qué la paz social que acompañó su sexenio no encontró continuidad institucional.

Rubén Rocha Moya (2021–2026). Con independencia de las acusaciones que el sistema jurídico resolverá, su administración consolidó el Hospital General de Culiacán como centro de alta especialidad, impulsó las Universidades para el Bienestar en la sierra sinaloense y mantuvo el sistema de becas en los municipios más pobres. En el primer año de su gobierno, Sinaloa registró uno de sus menores índices históricos de deserción escolar en el nivel medio superior. Lo que ocurrió después —y lo que se investiga hoy— no borra esas cifras, aunque tampoco las absuelve.

En lo que respecta a la capital:

Héctor Melesio Cuén Ojeda (2011–2013). Dejó su huella principalmente en las sindicaturas. Amplió las clínicas municipales rurales y creó el servicio de ambulancias para comunidades sin acceso a la Secretaría de Salud. Inició la primera etapa del Paseo del Humaya, hoy uno de los corredores recreativos más visitados de la capital, y gestionó terrenos para cuatro nuevas secundarias en colonias populares del oriente de la ciudad. Un periodo breve que, como casi todos en esta lista, mezcla obra real con sombras que el tiempo no ha terminado de aclarar.

Sergio Torres Félix (2014–2016). Su programa de Pavimentación Participativa, donde colonos y ayuntamiento cofinanciaban obras, llegó a más de 60 colonias. Reorganizó a vendedores ambulantes del centro histórico en espacios dignos. Finanzas municipales saneadas al cierre del periodo; en el contexto político sinaloense, no es un logro menor.

Jesús Estrada Ferreiro (2018–2022). Su figura acabó en desafuero, y ese final no puede separarse del balance. Pero antes dejó el Parque Bicentenario de Culiacán, que transformó la dinámica recreativa de colonias del sur, y un programa de regularización de fraccionamientos irregulares que llevó agua, luz y drenaje a miles de familias que vivían sin ellos. Sus primeras acciones de reencarpetado en sindicaturas llegaron a comunidades que no habían visto obra municipal en años. La obra existió. El desafuero también.

Juan de Dios Gámez Mendívil (2022–2026). Acusado hoy, con un expediente que el debido proceso definirá. Su administración instaló más de 800 cámaras de videovigilancia y creó la primera Central de Monitoreo Municipal con protocolos certificados en el estado. Impulsó el Plan de Movilidad Urbana con reorganización de ocho corredores de transporte colectivo. Culiacán obtuvo bajo su gestión la certificación Ciudad Amigable con el Mayor de la OMS por sus programas de integración gerontológica en espacios públicos. Si esas obras sirven hoy de algo a los ciudadanos, el mérito es real. Lo que se investiga es otro asunto, y también es real.

Lee a Juan Ordorica en la sección especial de Línea Directa

Hay que hacer acopio de mucha fuerza de voluntad para escribir algo positivo sobre el pasado que nos trajo hasta aquí. Con estos nombres en los titulares, no es para nada fácil. Confieso que las ganas de salir a sumarse a las voces críticas son enormes; consignar el famoso “se los dije” es algo que quema por dentro. Sin embargo, creo que este es el momento para encontrar algo de oxígeno en nuestro pasado —no para defenderlo, sino para no quedarnos sin nada a qué aspirar. Ya tendremos tiempo, y de sobra, para seguir escribiendo sobre todos los males y los responsables que nos tienen en esta realidad.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Nos sumamos a la muchedumbre o es un buen momento para tomar un respiro antes de todo lo que se nos viene?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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