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Historia de Vida

“Tengo que buscarle”: Don Bernardo desafía el sol extremo; sin pies, apela al corazón ciudadano

El tren le cortó los pies hace 7 años, sin pensión y bajo un calor que "derrite" el asfalto, este hombre de 61 años "se la juega" en las calles de Guasave pidiendo apoyo; "si me dan trabajo, le entro", asegura

Don Bernardo desafía el sol extremo
Foto: Martha L. Castro | Don Bernardo desafía el sol extremo

Guasave, Sinaloa. Bajo el sol abrasador del noroeste de Sinaloa, donde el termómetro roza los 50 grados centígrados y el pavimento parece derretirse, don Bernardo se desplaza en medio del tráfico del bulevar Juan Millán en el cruce con Romualdo Ruiz Payán. A sus 61 años, sin pies y sin respaldo institucional, recorre las calles entre Guasave, Los Mochis y Culiacán, con una frase que resume su espíritu: “Hay que ch*ng*rle”. No le queda de otra, como él mismo dice, más que apelar al buen corazón de los ciudadanos para sobrevivir.

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Su historia es un retrato doloroso de la precariedad y la tragedia. Don Bernardo perdió los pies hace siete años, al intentar subir a un tren en movimiento mientras trabajaba en una mina en la sierra de Choix.

“Le hicimos la parada, pero el tren no se detuvo. Iba despacito, pero me jaló los pies”, cuenta con serenidad, sin dramatismos.

Lejos de rendirse, siguió buscando cómo sobrevivir a falta de sus extremidades. “Me gustaba mucho la obra, los bancos, las minas… Allá se mete uno con lámparas, botas de hule. Yo trabajaba en eso desde joven”, recuerda. Incluso después del accidente, intentó seguir en el oficio: “Una semana trabajé aquí en el puente nuevo de Guasave cuando lo comenzaron, pero me hacen falta mucho los pies”.

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Pero la discapacidad física y la edad le cerraron todas las puertas. Hoy, Bernardo vive de la solidaridad: pide ayuda en los cruceros, a la salida de los supermercados, en las esquinas. No con queja, sino con respeto. “Si me dan trabajo, lo agarro. Pero no me sale. Yo no quiero robar. Nomás quiero que me apoyen tantito”.

 

 

Viaja casi a diario de Los Mochis, donde reside, a Guasave, aunque confiesa que también ha estado en Culiacán, donde dice que la gente lo quiere y le pide que no se vaya.

“Allá me ayudan también, pero me vine porque avisaron que iba a haber violencia. Me vine tempranito por seguridad”.

En su voz hay firmeza, pero también cansancio. Carga una pastilla “para cuando me duele la cabeza”, dice mientras la muestra. Se protege como puede del calor infernal que domina el ambiente, consciente de los riesgos de un golpe de calor.

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“Ah, y hay que chin…, qué vamos a hacer. A eso estamos acostumbrados. Todos los que trabajan en la obra o en el campo se dan en puro sol. Pero sí, está fuerte. Aquí traigo una pastilla para cuando me duele la cabeza por el sol, me la tomo, ahorita fui y compré agua para echármela”, dijo.

Sin casa fija, sin un ingreso regular y con una familia que se ha dispersado, Bernardo resiste. Tiene hijos y nietos, algunos en el sur del estado. Él sigue, aferrado a su instinto de lucha, a su experiencia y a su inquebrantable fe en la bondad de la gente.

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Don Bernardo no pide limosna, pide dignidad. Y en medio del vapor del asfalto, del ardiente sol y de la indiferencia social, su presencia es un llamado: uno que exige ver a quienes sobreviven donde el sistema no alcanza.

Fuente: Línea Directa

Fotografía de perfil de Martha L. Castro

Martha L. Castro

Reportero

Martha L. Castro

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