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Crónica: ‘Llovió plomo en Culiacán, ese día se perdió el Estado de Derecho’

A puño y letra de Ernesto Martínez, el reportero policiaco de Línea Directa que vivió ‘El Culiacanazo’ en carne propia y que estuvo en el epicentro del caos que se apoderó de la ciudad entera

Culiacán, Sin.- El jueves 17 de octubre del 2019 fue un día distinto a los cinco días anteriores de esa semana. La ausencia de asesinatos, accidentes y hasta de muertes naturales hicieron a las autoridades “relajarse”, pero no así a los empleados de casas funerarias y periodistas, cuyo sexto sentido, presentimientos y hasta datos históricos, les hicieron sentir que lo peor estaba por llegar y es que como lo dijo un viejo periodista: “cuando está más tranquilo es cuando salta la liebre”, al referirse a que cuando más calmada está la ciudad en cuestión de violencia es cuando se aproximan eventos de alto impacto o algo se está fraguando por parte de los grupos delincuenciales. 

#Culiacanazo Hace un año exactamente, el 17 de octubre de 2019 a las 3:11 PM, las armas sonaron y empezó uno de los momentos más difíciles en la historia de Culiacán, Sinaloa

#Culiacanazo Hace un año exactamente, el 17 de octubre de 2019 a las 3:11 PM, las armas sonaron y empezó uno de los momentos más difíciles en la historia de Culiacán, Sinaloa

Posted by Línea Directa Portal on Saturday, October 17, 2020

Ese día, desde temprana hora la actividad citadina se salió de lo normal, un fuerte aguacero cayó por la mañana e hizo a las autoridades de gobierno suspender las clases en todos los niveles educativos en el turno vespertino. También cinco personas fueron encontradas asesinadas a balazos en los municipios de Culiacán y Navolato en un lapso de cuatro horas y con ello movilizaron a las corporaciones policiacas. Las inundaciones traían en jaque a los cuerpos de socorro y los peritos de la Fiscalía General del Estado no se daban abasto para acudir a los sitios donde se encontraron los cadáveres. 

Esa mañana, desde el valle de Navolato se alcanzaba a ver cómo se estaba “cayendo el cielo” en Culiacán. Una gran nube oscura cubría la capital del estado, mientras la gente escuchaba los truenos del fuerte aguacero que duró poco más de una hora, sin imaginar que horas más tarde “llovería plomo” que cargaría la vida de más de 14 personas y dejaría heridas a otras 19 (según cifras oficiales) entre presuntos delincuentes, policías estatales, municipales, militares y civiles que quedaron en medio del fuego cruzado. 

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Ese día temprano casi no hubo embotellamientos vehiculares. La mayoría prefirió quedarse en sus casas, en el aire acondicionado debido a las altas temperaturas que se registraron después de la lluvia. En algunos casos se podía observar en los parques a uno que otro estudiante que aprovechó la suspensión de actividades escolares para ir a pasear, otros más en cines y comercios del Centro de la ciudad. 

Escasos cinco minutos antes de las 3:00 de la tarde, la rutina se interrumpió por fuertes detonaciones de armas de grueso calibre en el Desarrollo Urbano Tres Ríos. Nadie sabía de dónde venían. La “tracatera” era muy fuerte. Algunos automovilistas decían que era para allá para los rumbos del City Club. Pero la presencia de gente armada en todos lados comenzó a generar caos entre los automovilistas y transeúntes. 

La actividad del bulevar Enrique Sánchez Alonso se detuvo con el ulular de las sirenas de las patrullas que acudían al lugar de la balacera. A unos metros de la sede de la Fiscalía General del Estado, encargada de procurar la justicia, las unidades policiacas y uniformados se mezclaron con carros blindados y sicarios que bajaron de los vehículos portando ropa de civil con equipo táctico, pecheras, cascos, lentes, radios de comunicación, chalecos antibalas y armas de grueso calibre en posición de ataque y defensa en un transitado crucero, donde decenas de trabajadores vendían sus productos regionales y otros más limpiaban vidrios. 

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Los disparos y la presencia por doquier de gente armada que perdió el miedo a la policía, hicieron a los ciudadanos buscar rápidamente un refugio para evitar salir heridos o hasta morir por una bala perdida. Los uniformados, al ver que nutridos grupos de sicarios pasaban junto a ellos en camiones blindados y vehículos tipo pickup, se quedaron sin saber qué hacer y sólo trataban de agilizar el tráfico para evitar congestionamientos. Todo era caos y confusión, sabían que si enfrentaban a los gatilleros estaban muertos, pues eran superados en número y capacidad de fuego. 

Durante los primeros enfrentamientos en cuatro puntos del Tres Ríos algunos policías municipales valientes se atrevieron a disparar contra aquellos jóvenes que no rebasaban los 30 años de edad. Iban armados con fusiles de asalto y rifles antiaéreos empotrados en camiones blindados. Esos jovencitos parecían disfrutar el momento. Toda aquella escena semejante a una película era un acto suicida para ambos bandos. Por un lado, el compromiso de salvaguardar el Estado de Derecho por parte de los policías locales y militares; y por el otro, la adrenalina y el hambre por disparar un arma contra las fuerzas federales por parte de los gatilleros, que ansiaban defender a sus jefes y así escalar un peldaño más en la organización delictiva. 

Pero en la refriega que duró más de cuatro horas en la parte más intensa, la mayoría de los policías locales fueron ignorados por los gatilleros. Ellos disparaban contra objetivos militares, contra los soldados que conformaban los anillos de seguridad del operativo y sólo algunos agentes locales fueron despojados de sus vehículos por los grupos armados, para quemarlos o para integrar las unidades oficiales a los convoyes de terror que se adueñaron de las calles de Culiacán aquella tarde, por más de 7 horas. 

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En ese momento la incertidumbre se apoderó de la población en general, nadie sabía lo que estaba pasando. Todo era confusión. No hubo ciudadano que no se diera cuenta de la situación caótica. Algunos policías aterrados se quedaron sin municiones en los primeros minutos del “agarre”. Ellos optaron por quitarse el uniforme, retirarse a pie y abandonar el lugar donde estaban atrincherados. Otros más decían que se había “desgranado la mazorca” y que era el inicio de otra “narcoguerra” como la del 2008. La incertidumbre y confusión reinaron por más de dos horas entre los elementos que ese día les tocó probar su suerte y algunos de ellos en la actualidad lo toman como un nuevo nacimiento, al lograr salir vivos. 

Luego de casi dos horas de caos, el Gobierno Federal confirmó las versiones de la detención de Ovidio Guzmán, hijo del narcotraficante preso en Estados Unidos y condenado a cadena perpetua, Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera. En ese momento los policías locales se retiraron. Sabían que el pleito no era con ellos y ahora comprendían porqué algunos de ellos no fueron masacrados por los vehículos artillados cuando se los toparon de frente. 

La estrategia defensiva que esperaban ver las fuerzas militares se convirtió en un plan ofensivo de terror que hizo temblar los cimientos más profundos del Gobierno de la República. Al no tener la capacidad suficiente de personal para enfrentar a la delincuencia organizada, un plan para contener el ataque de guerra, la imposibilidad de extraer el objetivo por aire y los ataques de los que estaban siendo objeto las familias de los militares, se optó por liberar a Ovidio Guzmán y en ese momento el Estado Derecho se perdió. 

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Todo el respeto que el Ejército Mexicano había acumulado durante estos años, y que en algunos momentos fue cuestionable por la participación de efectivos en actividades ilícitas y las agresiones en contra de los ciudadanos, se vino abajo. Una orden “de arriba” bastó para que el grupo que lideraba “El Chapo” Guzmán fuera investido de poder y gloria. Habían ganado y la ciudad entera era de ellos. Había fallado el operativo iniciado con la expectativa de una hora de duración. Los delincuentes estaban libres otra vez y ya no fueron molestados por el Ejército. 

La frustración se vio en el rostro de algunos militares al recibir la orden de retirada. Algunos de ellos todavía apuntando hacia atrás con sus rifles, como buscando un posible ataque, bajaron lentamente la guardia y subieron derrotados a los camiones. Otros más aprovecharon la tregua para cambiar los neumáticos pinchados por las balas que atravesaron el caucho y algunos vieron en sus compañeros rodar lágrimas de impotencia y coraje al no poder ver cumplido su objetivo, simplemente por tener que atender la regla de “cumplir órdenes” sin cuestionarlas. 

Después de esa pausa de fuego, el silencio en las calles se prolongó por horas hasta el día siguiente. Las grandes columnas de humo negro se perdían en el ocaso semejante a una imagen de una ciudad del Medio Oriente bajo guerra. Los camiones atravesados en principales vialidades, algunos de ellos ardiendo y otros vehículos más de la misma forma, completaban la escena. Habíamos pasado por una pequeña guerra decían, una guerra donde el Gobierno Federal, Estatal y Municipal fueron incapaces de garantizar la seguridad de sus ciudadanos y los dejó en manos de los delincuentes. 

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Esa noche el 99% de los negocios cerró sus puertas tras las balaceras. Los que querían cenar no hallaron ningún local abierto. Las estaciones de gasolina estaban cerradas. La ciudad se detuvo y se llevó a cabo un toque de queda voluntario por parte de los ciudadanos, pero esa noche nadie durmió, algunos porque tuvieron que pasar en vela en lugares como centros comerciales, donde se refugiaron o estaban comprando al momento del ataque. A otros se les brindó protección por parte de buenos ciudadanos que prestaron su casa a extraños como gesto de hermandad. 

Pero otros no conciliaron el sueño porque vivieron de cerca las detonaciones y quedaron grabadas en sus mentes para siempre y estas imágenes que se difundieron como pólvora encendida a través de las redes sociales serán integradas al imaginario social de nuestra entidad. Ese día, el quinto poder se expresó con las redes sociales, que fueron las primeras que dieron a conocer la noticia. Los medios de comunicación se quedaron cortos en difundir lo que estaba pasando al momento y fueron los ciudadanos los que saturaron con mensajes de videos y alertas de lo que estaba pasando en todos los rincones del municipio ante la ausencia de información oficial, mientras que los gobiernos decían al pueblo “no pasa nada, ya la ciudad está tranquila”. 

(GR)

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Fuente: Línea Directa

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