Mazatlán, Sin.- José Guadalupe Soriano Olivo, de 36 años de edad, es la tercera generación de su familia que por 50 años se han dedicado al aprovechamiento de una parte de las mil 200 hectáreas dedicadas a la plantación de cocos. Al lado de su madre, la señora Olga Olivo, son unas de las 40 familias que dependen de este fruto.
A este producto se le atribuyen propiedades medicinales, y que se puede degustar en el paladar, refiere don José Guadalupe, donde agradece que el COVID-19 no ha sido impedimento para que ellos frenaran su labor.

“Ha estado bien, mucho, mucho no, un poco, no ha sido fuerte, el producto se envía a La Paz, Baja California Sur, a Talyotita; Durango, a Guamúchil, Culiacán, y a Concordia, por todo al año se podría decir unos cien mil cocos, somos muchos de todas maneras, entre todos no soy solo yo, somos varios seis hermanos”.

La venta de este fruto proveniente de una de las palmeras más cultivadas en el mundo da subsistencia económica a más de 40 familias de la isla. Afortunadamente muy poco ha disminuido su consumo, por lo que se trata de uno de los cultivos más bondadosos en Mazatlán, refiere el productor.
“Salud y vida es lo que se requiere nomás para poder trabajar, como unas mil 200 hectáreas de puro coco, como con unos 14 mil habitantes, en 1937 se fundó el ejido de la Isla de la Piedra”.
Hasta el paradisiaco ejido se trasladó este martes Fernando Pucheta Sánchez, dirigente de la Agrupación “Pucheta, Una Mano Amiga” para conocer una de las actividades más importantes, en cuanto al cultivo de frutos, además de la pesca, ahí instó a la gente al consumo local, “a comprar lo que nosotros mismos producimos en una tierra pródiga”.