México.- “Casi se cumple un año” relata Ella* (se ha ocultado su nombre por razones obvias de seguridad). Un año de la desaparición de su esposo y padre de su hija. “Anoche soñé que estaba vivo y me decía que no lo dejaban salir, que se tenía que quedar allí”, cuenta con lágrimas contenidas y un nudo en la garganta.
¿Pero dónde es ahí? ¿En qué lugar se encuentra Él*? (también se le ha respetado la identidad por seguridad). Esa pregunta ronda la mente de Ella todas las noches desde el momento de la desaparición.
Esto ocurrió hace un año, cuando él se dirigía hacia Los Mochis en plan de trabajo. Pero han pasado ya 365 días y las autoridades solamente tienen una sábana de llamadas que no revela demasiada información, que no da ninguna esperanza a la familia y por eso se mantiene firme en la promesa de buscarlo, donde sea, con quien sea, Ella solamente quiere recuperar al amor que se encuentra perdido.
Su esposo nunca llegó a su destino, su destino fue otro y lo desconoce, como ha pasado con otros que han tenido la misma suerte, como ha pasado con miles de familias en México que se han quedado en blanco desde el día que les arrebataron a sus seres queridos.

Simplemente, desde ese febrero no volvieron a saber de Él. El último punto que marca el mapeo del celular es demasiado grande para saber por dónde empezar a buscar y hay fosas “clandestinas”, muchas, donde ya se han encontrado decenas de desaparecidos, la mayoría hombres. Solo que nadie se ha acercado a decirle “aquí lo enterramos”, “esto le hicimos”… la justicia no llega y Él no vuelve tampoco.
“A pesar de todo, siempre serás tú”, susurra Ella al mirar con detenimiento la foto de su marido en su celular.
Tanto ella como la madre de su esposo han acudido a denunciar la desaparición tanto a estancias del gobierno como a grupos de búsqueda. Las estadísticas mencionan cerca de 4 mil desaparecidos solamente en Sinaloa, pero es imposible contar a quienes no son buscados, a quienes permanecen invisibles para la sociedad desde que dejaron de estar presentes, por lo que se estima que pudiera ser una cifra mucho mayor a la estimada en las estadísticas oficiales.
Han ido a buscarlo a terreno acompañadas de rastreadoras de desaparecidos, porque el acompañamiento las ayuda a sentirse apoyadas en esta labor tan dolorosa y difícil.

“Porque uno no está un día pensando: voy a aprender a rastrear por si me desaparecen un día a un familiar, uno no sabe qué hacer, a dónde acudir, en quién apoyarse, en quién confiar siquiera”, declara con tristeza.
Sin embargo, dice “lo voy a seguir buscando. Quisiera decir que está vivo, que va a volver, pero ha pasado tanto tiempo”.
Los días parecen años en una angustiosa espera. Las noticias desde su ausencia se convierten en una esperanza ponzoñosa, porque aún no es encontrado ni vivo, ni muerto y aunque no es el único caso, es importante, como la invisibilidad de todos los que están ausentes junto con la verdad de lo que pasó en cada una de sus desapariciones, en espera de justicia.