Culiacán, Sin.- Jorge Uriel bajaba las polvorientas calles de Lomas Verdes. Un sector irregular ubicado al nororiente de Culiacán. Allá donde se empiezan a mirar de cerquita los cerros. En la última parte donde cuando llueve se pone negro el cielo. Más allá de la colonia Nueva Galaxia y para el lado donde sale el sol de la Lomas del Magisterio. Un poco antes de llegar al Nido del Águila.
No tenía ni el año trabajando como chofer de camión urbano cuando ya se le miraba maniobrar la pesada unidad de no menos de 15 toneladas con una habilidad que cualquiera que lo hubiera visto dijera que “ya tiene años en esto”. Sus manos se aferraban al volante que se volvía loco al pasar por encima de las piedras puntiagudas del cerro de Lomas Verdes.
Los que lo vieron dicen que venía con pasaje. Que unas calles atrás, cerca donde empieza la colonia y dónde también comieza el monte lo ubicaron. Eran dos morros de una moto DM 200. A esos morros los hemos visto por aquí, pero no me acuerdo donde viven dice uno de los niños de escasos 12 años de edad que se junta con otros amigos de edad similar a ver el mitote en sus bicicletas.
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Todos coinciden en que Jorge Uriel era un morro tranquilo. Que no se metía con nadie. Que a él le gustaba trabajar. Que tenía poco de haberse juntado con una muchacha con la que vivía cerca del lugar donde fue el atentado. Que era de la Rubén Jaramillo. Que se “pasaron” con lo que le hicieron.
Otros señalan que por la forma en que fue asesinado no se trató de un asalto. En la escena brillan varios casquillos de arma corta con la luz del sol que traspasa los cristales de las puertas y ventanas del camión urbano y llegan hasta el piso de la unidad donde quedaron los cascajos como evidencia.
A pesar de los esfuerzos por salvarle la vida. Horas después llegan noticias de que tras dos infartos el joven finalmente ha muerto tendido en una cama del quirófano del Hospital Civil. Las esperanzas se esfumaron. Esto se confirma al ver el gesto de los familiares que se llevan las manos al rostro en señal de duelo.
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Por otro lado un nutrido grupo de agentes policiacos vestidos de azul en una docena de motocicletas todo terreno, al mando de un comandante de bigote recortado recorren las laderas de las colinas del sector y se abocan a un punto donde presumen se encuentra el responsable.
Mientras se alejan en el horizonte de la loma se aprecia un polvaderon que van dejando en su camino. Otro grupo de uniformados que custodian la escena del crimen miran a lo lejos a los policías de las motos, mientras que uno de los chiquillos se atreve a decir que parece que los polis andan en la “ruta”. Están en eso cuándo reportan vía radio el robo de una motocicleta similar a la que utilizaron los asesinos del camionero.
Un investigador mira lo lejos un punto fijo escuchando con atención y tras terminar de hablar el operador dice, “esta moto va hacer”. La están reportando como robada para quitarse la bronca. Pero ya están hundidos. Los tenemos ubicados y de un momento a otro los vamos a agarrar.











