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Policíaca

Eran el uno para el otro; un atentado a balazos separa a padre e hijo

Las milésimas de segundos en la reacción natural del cuerpo, y la pequeña distancia del movimiento hicieron la diferencia entre la vida y la muerte

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Culiacán, Sin.- Él se llamaba Julio César. Tenía 39 años. Era de oficio mecánico automotriz, y desde hace algunos meses tenía dificultades para caminar debido a un accidente de tránsito donde resultó gravemente lesionado. Su cuerpo yace inerte, recostado en el asiento del copiloto de un automóvil blanco que tiene tapado el parabrisas con una cobija a cuadros en colores blanco, azul, rojo y negro.

A unos metros del vehículo se encuentra sentado en la banqueta de la calle Valle del Yaqui, su hijo Julio César, de 22 años. Su mirada está pérdida en los bloques de concreto de las casas de interés social del modesto fraccionamiento Villa Bonita, y de muy mala reputación en cuestión de seguridad.

Está en estado de shock. No asimila lo que acaba de suceder y al preguntarle ¿Qué pasó? Sólo responde con una misma pregunta y se dice a sí mismo que ellos sólo iban a arreglar un carro, un Ford Fusión blanco sin placas de circulación, en el que su progenitor yace inerte, con la mirada fija al capacete del vehículo y con una parte de sombra que se forma por la cobija en el parabrisas que no deja ver a los curiosos que se arremolinan detrás de la delgada línea plástica amarilla de “prohibido el paso”.

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A pesar de compartir el mismo nombre igual que su padre y el mismo oficio, por poco y comparten el mismo destino, pero la suerte, el destino o la gracia de Dios, esta vez los separó. Siempre andaban juntos. Él era su ayudante y desde que se accidentó, su hijo era el apoyo más importante para movilizarse, recuperarse y seguir trabajando a ratos.

Esta mañana acudieron a una cita con el destino, a un domicilio donde nunca pensaron sus vidas cambiarían por completo, un trabajo donde iban a ganar unos cuantos pesos sin saber que iban a perder lo que no tiene precio: la vida y parte de la familia. En punto de las 11:45 la sincronía de las detonaciones de los fusiles de asalto, retumbaron en el sector sur de Los Huizaches.

Algunos de los testigos señalan que los matones estaban esperando la llegada de su objetivo junto a una barda de color amarillo de una taquería, que en esos momentos estaba fuera de servicio, y al ver que se aproximaba el carro, abrieron fuego contra sus ocupantes hasta lograr su objetivo y después se retiraron.

Los testigos señalaron que de la unidad bajó un hombre que se perdió entre el caserío, se brincó una barda y logró huir antes de correr con la misma suerte. El joven Julio César reaccionó por instinto. Iba en el asiento del conductor y se aventó para los asientos posteriores logrando sobrevivir a la lluvia de balas que sólo lograron herirlo en forma de rozón en la nuca, otro balazo sin salida en la muñeca, y varias esquirlas en los hombros y espalda.

Su papá no logró sobrevivir, algunos dicen que estaba hablando por teléfono al momento del ataque y ni siquiera hizo por resguardarse, tal vez porque no esperaba ese ataque, pero al final las decenas de proyectiles de “cuerno de chivo” y de “R-15” le desfiguraron el rostro y le destrozaron la caja toráxica, sin darle tiempo de despedirse de su compañero, de su amigo, de su hijo.

Fuente: Internet

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