Y tú, ¿le tienes miedo al éxito? O la la, chulada…

Cuando era pequeño mi padre me repetía cada vez que tenía oportunidad “Estudia lo que tú quieras, puedes ser lo que tú decidas”. Y ante ese permiso me dediqué a estudiar lo que se me pusiera enfrente.

Sin embargo,  en términos generales crecemos bajo la mirada de una sociedad de vista estrecha que pareciera que está construida para disminuir nuestra autoconfianza y aumentar los temores. Aprendemos a ser cautelosos y mantenernos en la invisibilidad.

El volverme psicoterapeuta me llevo al estudio de la complejidad de la mente humana. Aprendí acerca de la grandeza y el enorme potencial que tenemos para expandir nuestras capacidades pero, (y ahí viene el –pero– que anula la primera frase), al parecer nuestras creencias sociales y culturales nos limitan, nos tapan la luz que podría salir con todo su esplendor.

Nuestro miedo más grande es que somos inmensamente poderosos
Nelson Mandela, dijo en un discurso como Presidente de Sudáfrica (1994-1999), las siguientes palabras de Marianne Williamson escritas en su libro “Regreso al amor”:


“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos inmensamente poderosos. Es nuestra luz, y no la oscuridad, lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo?”.

A pesar de lo anterior, todos los días negamos nuestra grandeza ocultando todas esas partes brillantes que habitan dentro de cada uno de nosotros. Pareciera que entre más brillemos podemos ser, más inseguros se pueden sentir los que nos rodean. Es paradójico y hasta peligroso.

Si le ponemos un ojo con cuidado a nuestras creencias religiosas, podremos encontrar que al hombre y todavía más a la mujer, nos consideran pecadores desde el momento de nacer. Que hay algo malo en nosotros incluso sin tener la capacidad de actuar por cuenta propia. El famoso “pecado original”.

 
Esta creencia tan arraigada en nuestra cultura nos ha castigado con el eterno mantra por “Mi culpa, por mi culpa, por mi mera culpa” y entonces parecería que debiéramos dedicar nuestra existencia solo para buscar el perdón y quitárnosla de encima en lugar de asumir que nacimos para manifestar nuestro potencial. Si nuestra luz se irradia, solo así, permitiremos que otras hagan lo propio. Parece sencillo, ¿verdad?.

…Sin embargo (segundo pero), nos encontramos con las letras pequeñas de las cláusulas humanas: tenemos miedo a brillar. Y dentro de ese temor, se pueden esconder otros más:


Miedo a provocar envidia
Más allá de inspirar y provocar admiración por nuestros éxitos, más allá de poder trasmitir la alegría por salir del corral de los mediocres, estamos expuestos a despertar envidia. Por un lado, quisiéramos ser admirados y reconocidos, pero ese deseo, en algún punto, se convierte en miedo. Miedo a que los demás nos critiquen, nos rechacen y se distancien por el simple hecho de brillar.

Como se menciona en la parábola de la luciérnaga y el sapo: “En el silencio de la noche oscura sale de la espesura incauta la luciérnaga modesta, y su templado brillo luce en la oscuridad. Un sapo vil, a quien la luz enoja, tiro traidor le asesta y de su boca inmunda, la saliva mortífera le arroja. La luciérnaga dijo moribunda: ¿qué te hice yo para que así atentaras a mi vida inocente? Y el monstruo respondió: Bicho imprudente, siempre las distinciones valen caras: no te hubiera escupido yo, si tú no brillaras.”

Miedo a ser mejores que nuestros progenitores
Cuando seguimos los pasos de nuestros padres o de nuestro linaje familiar, nos sentimos seguros. Es lo que “debe” ser. Entre más nos aproximemos a seguir dicho modelo, más evitamos la decepción de la familia. Nos aliamos a ellos, imitándolos y, por supuesto limitándonos.

Pero ¿qué pasa, cuando nos atrevemos a romper con ese paradigma? ¿Qué pasa cuando nos aventuramos a ser diferentes de ellos y sobrepasar ese referente? Nos quedamos totalmente desamparados, huérfanos de modelos preestablecidos y entramos al mundo de lo desconocido. Y esto nos asusta más de lo que creemos.

Miedo a estar solos
Al dejar la zona de confort, nos aventuramos en nuevos espacios reveladores. Solo de esta manera podremos entrar en un proceso de evolución y transformación. Es ahí donde podemos mostrar todo nuestro potencial creativo. Pero (si, otro pero) ¡cuidado! estás a nada de separarte de los demás. Estas solo. Serás un incomprendido por haber cruzado el umbral hacia rumbos desconocidos.

Entrar en ese territorio adoptar nuevos pensamientos y experiencias. Y si ya estás ahí, entonces te conviertes automáticamente en un revolucionario que se ha atrevido a desafiar estándares y paradigmas. ¿Con quién vas a compartir esta nueva manera de estar en el mundo? Estás solo hasta que encuentres a otra tribu.

Miedo a perder nuestra identidad ante los demás
Hemos crecido bajo creencias acerca de nosotros mismos. Etiquetas impuestas por nuestros padres, familia y profesores. Y en la mayoría de las ocasiones las creencias más fuertes son las negativas, las que nos quitan valor como  “hay alguien mejor que yo”, “yo no estoy hecha para triunfar, soy un estúpido y fracasado”, “no soy bueno para esto o para aquello”, etcétera…

Solo para deshacernos de esas creencias personales, necesitamos desaprender, es decir, resetearnos. Pero (tercer pero), nos llena de pánico perder lo que creemos ser, nuestra identidad. El soltar lo que hemos sido durante tanto tiempo es como perder nuestra identidad. Nos hemos construido sobre una base conocida y necesitamos reafirmarnos todo el tiempo con aquello que nos identificamos. Es una zona segura.

Somos incapaces de darnos cuenta que en realidad somos mucho más de lo que creemos ser o de lo que nos han dicho que somos. Seguimos patrones de pensamiento inconsciente que nos limitan y nos restringen como el “necesitamos de los demás, tú no puedes solo”, “no puedes mostrarte autosuficiente, no seas egoísta”. Entonces, decidimos ser uno más del montón y perdernos en el anonimato.

De esta manera conservaremos el afecto de los demás, no quedamos mal y recibiremos la aprobación por seguir los –status quo– de la sociedad.


“Jugar a ser pequeño no sirve al mundo.” Al soltar nuestros miedos, nuestra presencia automáticamente libera a los demás. Nacimos grandes y la manera de manifestar nuestra grandeza interna es dejar lucir nuestra luz propia y compartirla a los demás que seguramente querrán imitarnos haciendo lo mismo, y no como el sapo que nunca pudo con la brillantez de la luciérnaga y prefirió matarla que seguir su luz.

Asegurémonos que ese brillo alumbre caminos nuevos. No vaya ser que el resplandor fulmine y ciegue nuestras posibilidades.


Si tienes algún comentario envíame un mensaje al WhatsApp 6671313403 o al correo juanjosediaziribe@gmail.com Juan José Díaz / Psicólogo y psicoterapeuta certificado en Hipnosis clínica.

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