Una ingrata realidad

Culiacán, Sinaloa, 22 de febrero 2021. En efecto, tal y como señala el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) en su informe Evaluación de la política de desarrollo social 2020, “los impactos derivados de la reducción de las actividades económicas impuestas por la emergencia sanitaria pueden generar un aumento de entre 8.9 y 9.8 millones de personas con ingreso por debajo de la línea de pobreza, y de entre 6.1 y 10.7 millones inferior a la línea de pobreza extrema”.

Explica el Coneval que “las afectaciones por el Covid-19 pueden revertir los escasos avances en la reducción de las carencias sociales alcanzados hasta 2018, incluyendo la seguridad alimentaria, además de incrementar de manera significativa el número de personas en línea de pobreza”.

Remite el Coneval casi toda, por no decir toda, la responsabilidad al llevado y traído Covid ese y, al modo de los sociólogos neoliberales, margina al sistema mismo, los excesos y privilegios del gran capital, el mercado leonino y los abusos del consumismo inducido, a más de las carencias históricas de los desposeídos en México.

Se queda corto el Coneval, la pobreza extrema en México, aún con el notable aumento del salario mínimo y los diversos apoyos a sectores vulnerables, está aumentando y ni caso hay en culpar al tal Covid, menos defender lo contrario, como algunos, incluso de la autollamada 4T, lo hacen.

Lo que sucede es que el sistema imperante es el mismo de antes, con algunos matices y medidas paliativas que no resuelven el fondo del problema.

Esa es la cruda realidad, lo quieran ver o no.

Y NO SON OTROS DATOS

El mismo Coneval (cuyos análisis y proyecciones son, en general, creíbles, aunque rehúyan el fondo del problema) informa que “al cuarto trimestre del año pasado, 40.7 por ciento de la población en México se encuentra en pobreza laboral, lo que significa que no puede adquirir la canasta alimentaria con el ingreso laboral de su hogar, porcentaje superior al 37.3 por ciento en el mismo periodo de 2019” y, otra vez, “debido al impacto económico del Covid-19”.

Con tal Satán (el Covid) los grandes empresarios, cuyas ganancias exorbitantes siguen, como aquí lo hemos documentado (mientras banqueros y demás hablan de “perdidas” porque no ganaron aún más) aparecen como inocentes, que no lo son en absoluto.

Son los males del capitalismo, que no se remedian con curitas. Que no lo quieran ver, es otra cosa.

Y LES VALE…

Otra vez, la casa de subastas Christie’s, en París, vendió piezas de origen precolombino que, en estricto, pertenecen a México y otros países latinoamericanos.  Nuestro gobierno, en la pose de siempre, hizo un reclamo para que no se realizara esa subasta, al que ningún caso se le hizo.

Esa y otras subastadoras, de manera ilegal, pues no comprueban legítima propiedad de las piezas, hacen lo mismo cada vez con mayor frecuencia. México se queja y lo mandan, literalmente, por un tubo.

Como el “primer mundo” (que deja de serlo en cuanto lo ves de cerca) puede hacer lo que le dé la gana con sus colonias (que así se siguen asumiendo, hechos al canto, los del “tercer mundo”) eso no tiene remedio a la vista.

Y les va bien: en su última subasta, que llamaron “Quetzalcóatl: serpiente emplumada”, se embolsaron poco más de 2 millones y medio de euros en total. Y a ver hasta cuándo.

BURROS SIN MECATE

Por exigencias de la terapia física, quien esto escribe se ha convertido en ciclista y, casi siempre con el Jesús en la boca, recorre de vez en vez las inmediaciones del parque ecológico y el nuevo malecón.

Hay que lidiar con perros que dejan sueltos a sus dueños, hacer malabares que envidiaría el esloveno Primoz Roglic, considerado el mejor ciclista del mundo, para cruzar calles, evitar los hoyancos y sacar la vuelta a los “juniors”, amanecidos y motociclistas que zumban como los vientos de Hiroshima.

En toda la ciudad, el mayor peligro (aceptando las excepciones) son los conductores, las inefables señoras, los choferes del transporte urbano, los repartidores, los tripulantes de esos tanques de seguridad para los dineros y, faltaba más, los patrulleros policiacos.

Mención aparte, los prepotentes sin uniforme, estatales y federales que se sienten los dueños del mundo.

Para todos esos, la calle es de su propiedad y el carro grande se come al chico. Los bicicleteros no existen, tampoco los peatones; los semáforos están de adorno y las señales ausentes sirven para hacer chistes de Guasave.

Andan, literalmente, como burros sin mecate que no respetan norma alguna; que agreden y menosprecian, dejando muy mal parada la “civilidad” citadina. Los agentes de tránsito se dedican a otra cosa y hacen mutis ante los reclamos, ingenuos, de algunos osados.

Ya se han registrado percances que mejor no se reportan ¿para qué? y los riesgos son altos. A ver con que  sale la “autoridad competente” cuando la desgracia asome. (cano.1979@live.com).

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