Una celda

Filosofía de cantina

Columnista, periodista cultural, locutor y productor de radio. Autor de libro de poemas Derrumbe del tambor. Desde el 2008 su sección ¿Qué escucha cuando escucha? se transmite en Línea Directa.

El pasado 8 de marzo, día Internacional de la Mujer, Dignora Valdez, policía de profesión, se manifestó con un mensaje férreo ante las autoridades al declarar la falta equidad de género en las corporaciones policiacas. 36 horas duró su arresto. Esta es nuestra historia.

 

El corrector de estilo del software de texto no reconoce su nombre. Lo marca de color rojo que indica un error, como si no existiera, como si fuera un nombre de algo que no tiene nombre, ni esencia. Como un descuido de los dedos ante el teclado. Un nombre como una entelequia o un fantasma que se aparece en las calles desiertas de una ciudad no conocida.

Sigo escribiendo y pensando en su nombre. En él lleva la dignidad, me doy cuenta mientras lo deletreo para confirmar mi asombro.

Pero esa noche, las letras de su nombre desaparecieron por un instante entre la dureza de los barrotes de metal que le aprisionarán por 36 horas. Se diluyen al escuchar el cerrojo de la celda como el eco de un gong que se dispersa en la pequeña mazmorra. Se desgranan como mazorca ante los cuervos. Negros de inconciencia, de sinrazón mientras picotean.

Su nombre, que lleva trozos de dignidad impreso como un tatuaje, como una tinta indeleble, se agranda ante la fuerza útil de su sexo. Mujer ante todo. Digna como estandarte que ondea en tardes de mucho viento, se dice para sus adentros mientras guarda el silencio como una factura que algún día deberá cobrar.

Al contacto con la escaza luz, las barras cebrean su rostro. Dos diamantes le brillan intensamente. Fue remitida a una celda construida para los “traidores”, los borrachos, los ladrones. Esta noche dormirá sobre su espalda, con el corazón apretujado pero feliz, como debe dormir quien no debe nada. Contra la mínima cama que le acolchonará el sueño para que pueda descansar. Hoy estará arrestada entre la noche de frío y la insolencia de quienes le arrebataron la libertad por hacer escuchar su voz ante otras mujeres como ella.

A Ella no le bastó el 8 de marzo para sentirse mujer. Insólita, Madura. No llenaron sus expectativas las felicitaciones, los aplausos, la “ayuda” de quienes tan solo sonríen para la fotografía de las páginas de sociales, en un día que debería ser arduo, feroz y sumatorio.

Se atrevió a desafiarlos a “ellos”. Con micrófono en mano les aventó la tierra de sus nervios a los ojos. Y a “ellos” no les gustan así “habladoras”, que rompan la armonía y las reglas. Porque hay de reglas a reglas afirmaron quienes han puesto sobre su nombre dos grilletes y sobre nosotros su actuar.

36 horas no bastan para callar la voz, la tersura de su nombre que lleva la utilidad del mundo en cada una de sus letras. En su nombre está ser mujer: Dignora Valdez.

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