El balón ya rueda y la fiebre mundialista ha comenzado a devorarlo todo. Pasaron los noventa minutos del debut en el Estadio Azteca (Ya sé que se llama BANORTE o Estadio CDMX, pero siempre será Azteca) , se apagaron las luces de la ceremonia de inauguración y la rutina quedó en el olvido para dar paso al negocio más lucrativo del planeta. La fiesta de la FIFA ha llegado con la promesa de enterrar, al menos por un mes, las penas de tres naciones que decidieron unirse para organizar el torneo más grande de la historia. Sin embargo, detrás del confeti gastado del fin de semana, de los palcos de lujo y el negocio multimillonario, la geopolítica y la calle nos siguen escupiendo una verdad incómoda: estamos ante un torneo con una sola copa, pero tres realidades sociales profundamente fracturadas. El brillo de la televisión difícilmente va a tapar las costuras de tres vecinos que hoy comparten la fiesta, pero arrastran crisis completamente distintas. Es la paradoja perfecta de la globalización futbolística, donde el espectáculo se convierte en la anestesia ideal para un continente que cruje en sus cimientos más profundos.
En nuestro patio, la euforia del primer partido convive en la misma acera con nuestra propia naturaleza. No tengo duda de que el Mundial será un éxito rotundo por la fiesta; al final del día, los mexicanos somos expertos en el desmadre. Nos pintamos solos para armar el carnaval, recibir al extranjero con una sonrisa y armar la dionisíaca celebración en las tribunas. Sin embargo, y tal vez por eso mismo, el desmadre en todo lo demás sale a flote con una facilidad que estremece. El torneo desnudó las costuras de un sistema logístico y social que camina a tropezones. Es el desmadre crónico en el AICM, donde las huelgas, las demoras y la saturación recibieron a los turistas con la peor de nuestras caras logísticas. Es el desmadre de las protestas y los plantones en las avenidas principales, donde los colectivos de búsqueda y los gremios sociales aprovechan el escaparate internacional para gritar que este país duele. Es el desmadre en las obras públicas inconclusas que prometían estar listas para el pitazo inicial y terminaron parchadas a marchas forzadas, y el desmadre organizativo en los accesos de los estadios, donde la improvisación le ganó la carrera a la planeación. Al final, el fútbol solo expone el desmadre de país que arrastramos a diario: un territorio esquizofrénico que grita con la misma fuerza un gol en el Azteca que una exigencia de justicia en las plazas públicas, demostrando que nos urge la pelota para olvidar que el tejido social está prendido con alfileres.
Cruzando la frontera, el gigante de las barras y las estrellas no la pasa mejor, aunque su aparato de propaganda intente decir lo contrario aprovechando los reflectores de sus sedes. Washington quería este Mundial para consolidar su hegemonía cultural y deportiva en un momento de profundas divisiones internas, pero el espejo social le devuelve una imagen autoritaria, temerosa y profundamente fracturada. Estados Unidos llega a su Mundial sumido en una crisis migratoria sin precedentes, atrapado en su propia retórica de fronteras cerradas y políticas de seguridad que rayan en la paranoia absoluta. El sueño de miles de aficionados que ya viajan a Los Ángeles o Nueva York se ha convertido en una pesadilla burocrática de aduanas severas, revisiones exhaustivas y un trato al visitante extranjero que parece más un interrogatorio criminal que una bienvenida hospitalaria. Es la gran paradoja del fútbol contemporáneo, pues el torneo que históricamente nació para unir a los pueblos del mundo se juega hoy en ciudades estadounidenses que vigilan con recelo absoluto al que viene de fuera, segregando el espectáculo para los pocos que pueden sortear sus filtros económicos y sus intolerables políticas de exclusión.
Y finalmente está el socio del extremo norte, el invitado que parece gozar de una inmunidad diplomática ante la crítica social en este arranque copero. Si uno mira la cobertura internacional de las grandes cadenas, parece que el territorio canadiense es el único oasis de paz y civilidad en este triunvirato norteamericano. Toronto y Vancouver se presentan ante las cámaras como las ciudades perfectas del futuro: multiculturales, limpias, verdes y absolutamente libres de pecado. Mientras México protesta en el asfalto y Estados Unidos persigue migrantes en los desiertos, Canadá sonríe de forma impecable para la foto oficial del torneo. No hay plantones masivos bloqueando los accesos de sus modernos estadios, ni patrullas fronterizas cazando hinchas en las esquinas de sus avenidas, lo que genera una narrativa de superioridad moral que encaja perfectamente con el marketing de la FIFA.
Sin embargo, esa vitrina de progreso indiscutible esconde un frío que también quema y que la narrativa oficial prefiere no televisar para no arruinar el negocio de los patrocinadores. Debajo de la alfombra de la perfección canadiense late una silenciosa pero feroz crisis de vivienda que está expulsando a las clases trabajadoras de sus propias ciudades, sumada a un descontento latente y estructural de sus comunidades originarias que siguen reclamando el despojo histórico de sus tierras. Lo que pasa es que, cuando se le compara con los niveles de violencia explícita de sus dos vecinos de abajo, el norte luce inevitablemente como el alumno ejemplar del vecindario global. Canadá ha aprendido a domesticar sus crisis con una corrección política impecable, permitiéndose el lujo de recibir el torneo con la tranquilidad de quien sabe que sus problemas internos se discuten en voz baja y en despachos alfombrados, lejos del ruido ensordecedor de la protesta callejera mexicana o la estridencia electoral estadounidense.
Al final de la jornada, la FIFA logró lo imposible en este 2026: juntar en un mismo tablero de ajedrez el fuego de la protesta mexicana, el muro invisible del racismo y la burocracia estadounidense, y la fría indiferencia de la comodidad canadiense. Es un experimento sociológico multimillonario que nos demuestra que el fútbol ya no necesita de naciones unidas por la historia, sino de mercados conectados por la infraestructura. El juego ya comenzó y no nos queda más que consumir el espectáculo, porque la cancha es el único lugar donde estos tres países juegan bajo las mismas reglas y con el mismo número de hombres. Fuera de las líneas de cal, en la dura e implacable realidad de la calle, el marcador social de nuestra región ya lo vamos perdiendo por goleada. Nos leemos la próxima.
¿Usted qué opina, amable lector? ¿Qué realidad prefiere?