Vivo en Culiacán, y el día no empieza con el despertador. Empieza unos minutos antes, cuando las sirenas de los bomberos rompen el silencio de la madrugada. No es una alarma lejana que se pierde en el ruido de la ciudad; es cercana, insistente, como si pasaran justo por la calle de atrás. Me despierto con ese ulular que ya conozco de memoria, me quedo quieto en la cama escuchando cómo se alejan, y pienso: otra vez. Tal vez van a apagar el enésimo incendio de algún negocio que no pertenecía a la banda contraria, o de una casa vandalizada después de un ajuste de cuentas que nadie va a investigar a fondo. Me levanto para prepararme para mi jornada laboral.
Las noticias locales publican a lo largo del día: una casa bombardeada mientras la familia desayunaba, autos en un lote de venta acribillados a propósito para mandar el mensaje de siempre, dos cuerpos calcinados en la cajuela de un carro abandonado en la orilla de la carretera, una influencer arrastrada de su auto en plena luz del día, casas rafagueadas en colonias que antes eran tranquilas, y un ciclista ejecutado en su ruta matutina. Eso no es un boletín de emergencias; es el itinerario del día, el que se repite como el tráfico en hora pico. Todas esas noticias serían suficientes para ser notas de primera plana en cualquier lugar que se diga civilizado en el mundo; en Sinaloa solo alcanza para ser notas de unos cuantos minutos porque detrás de ellas se amontonan otras tantas que son igual o más de escandalosas que la anterior.
Aquí la violencia no irrumpe; se integra al ritmo. Sales a trabajar esquivando no solo los baches, sino las zonas donde sabes que podría haber un levantón o un tiroteo. El vendedor ambulante arma su puesto al lado de un sitio baleado la noche anterior, los niños caminan a la escuela pasando por retenes de soldados y punteros que vigilan a la distancia; en la oficina alguien comenta el secuestro de la influencer como si fuera el pronóstico del tiempo: “Otra vez, ¿eh?”. La tristeza no es un golpe seco; es esta resignación que se acumula capa por capa, que te hace seguir adelante porque parar sería admitir que ya perdimos. ¿Para qué alarmarse? Mañana será otro día, con su propia cuota de horrores programados.
No solo nosotros hemos normalizado esto. Las autoridades federales también han caído en la misma costumbre: envían comunicados tibios, prometen operativos que duran lo que un titular en redes, y luego regresan al centro como si Culiacán fuera un problema que se arregla con más patrullas por unos días. La Guardia Nacional patrulla, registra hallazgos de cuerpos quemados y sigue su ruta, como si calcinar a alguien en un auto fuera solo un percance vial más. No hay indignación desde arriba, solo esa aceptación muda de que la violencia es parte del paisaje, un ciclo que no se rompe porque, al final, es más cómodo fingir que todo está “bajo control”. Nosotros aguantamos porque no hay de otra; ellos, porque así les conviene seguir.
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A veces me pregunto si esta normalidad se extiende más allá de las calles y llega hasta las decisiones grandes. Mientras aquí contamos balas, muertos y sirenas, en el resto del país se habla de mejoras en los índices de violencia. Los cuenta muertos de la federación aseguran que los homicidios son menos, pero ni ellos se la creen. No tuvieron el valor de enviar a sus encuestadores al estado para preguntar por las causas de las adicciones. Sinaloa fue el único estado que quedó fuera de la encuesta nacional porque aceptaron que no había condiciones de seguridad para levantar los cuestionarios. Hasta el cierre de negocios y perdida de empleos se pierde en la cotidianidad. Funcionarios aseguran que el cierre de negocios se debe a ciclos naturales de la economía; las estadísticas los desmienten, pero no importa. Nadie se preocupa realmente de aquellos que pierden su trabajo.
Al final del día, regreso a casa con el mismo cansancio de siempre. Las sirenas ya no me despiertan tanto; solo forman parte del fondo sonoro, como el zumbido del ventilador o el tráfico lejano. Mañana será igual: otro amanecer interrumpido, otro teléfono lleno de malas noticias, otra rutina que se arrastra. No hay drama en esto, solo la certeza de que seguir viviendo así es lo que nos queda. Resignación, al fin y al cabo.
Quizá lo más duro sea ver cómo todo se encadena sin que nadie lo rompa. La violencia aquí no es solo de narcos; es de un sistema que se ha acostumbrado a que las cosas se queden en el limbo. Un operativo más, un detenido que sale en fotos y luego desaparece del radar, y la vida sigue porque parar implicaría cuestionar demasiado. Mientras tanto, el país entero parece haber entrado en el mismo modo: cifras que no emocionan, promesas que se diluyen, y una espera colectiva de que algo externo —un tratado, un precio del petróleo, la invasión a Groenlandia lo que sea— nos saque del hoyo sin que hagamos el esfuerzo nosotros mismos.
Así pasa el tiempo. Un día más en Culiacán, un año más en México. Las sirenas se apagan al amanecer, pero el eco queda. No es rabia lo que siento ya; es esa fatiga profunda que te hace aceptar que esto es lo que hay. Mañana despertaré igual, unos minutos antes, con el mismo pensamiento: otra vez. Resignación, al fin y al cabo.
¿Usted que opina, amable lector? ¿Ya se resignó?