Si nos preguntaran quién es el artista mexicano mejor conocido por plasmar la cultura oaxaqueña y la identidad nacional, rápidamente responderíamos: Francisco Toledo. Con esa misma certeza quisiera invitarlos a que, cuando alguien pregunte quién ha dedicado su vida a retratar la identidad sinaloense desde el arte, venga a su mente el nombre de Efraín Meléndrez.
Entre bugambilias, listones de colores, anzuelos, máscaras yoremes, café negro y olor a barniceta (aguarrás y barniz), tuve la fortuna de conversar, junto con un grupo de personas relacionadas con el arte, con el maestro Efraín Meléndrez, quien amablemente nos recibió en su estudio en San Miguel Zapotitlán, a tan solo quince minutos de Los Mochis, para mostrarnos su producción más reciente. En ella predomina ese intenso bermellón, tono naranja intenso y brillante, que lo caracteriza y que, de alguna manera, me hace pensar en el sonido de Sinaloa convertido en color y en el sabor de la fruta recién rebanada con machete bajo el calor del mediodía.
Originario de Sinaloa y arquitecto de profesión, egresado de la Universidad de Guadalajara, hablar de Efraín Meléndrez es hablar del compromiso de representar aquello que ocurre en la tierra propia; de hablar de lo que uno conoce y de aquello que conforma la identidad local. Pensar desde lo local para dialogar con lo universal.
Desde hace décadas, su obra se ha dedicado a documentar, a través de la práctica artística, la cultura yoreme —o, como él mismo suele decir, el mundo yori-yoreme, una forma de nombrar la convivencia, el intercambio y la memoria compartida entre el pueblo yoreme y el pueblo yori (quienes no “pertenecen” en el sentido más purista a esa cultura)—. En sus lienzos aparecen la pascola, las máscaras de los judíos de Semana Santa, los capullos de mariposa utilizados en la indumentaria de la danza del venado, los peces, el brillo del sol sobre el mar, la textura de la tierra y las raíces de un pueblo que, con el paso del tiempo, enfrenta el enorme reto de mantener viva su tradición.

Efraín Meléndrez y Lucía Grijalva (Foto: Alejandra Larrondo)
Existe una frase, utilizada tanto en la física como en la filosofía y la psicología, que afirma que del tamaño de tu luz es el tamaño de tu sombra. Ese principio parece describir con precisión una de las series que actualmente ocupa el pincel de Efraín: El lado oscuro de la luna.
Podría decirse que esta serie representa el “lado B” del maestro Meléndrez. Si el color complementario del naranja es el azul, entonces de los soleados y vibrantes naranjas que distinguen su obra nos adentramos en la profundidad y el misterio del azul; en la noche, el eclipse y la luna. Es una invitación a pensar en lo cíclico, en el paso del tiempo y en aquello que permanece oculto.
En estas piezas aparece la silueta del danzante de la danza del venado y conejos que saltan de un lienzo a otro, como si transitaran de madriguera en madriguera o corrieran con la prisa del conejo de Alicia en el país de las maravillas. Todo ello construye un universo suspendido entre lo onírico y lo terrenal, un espacio donde parece habitar la memoria yoreme.

Serie: El lado oscuro de la luna (Foto: Alejandra Larrondo).
La visita concluyó con un regalo inesperado: un cuento escrito y narrado en lengua yoreme por el propio maestro. Con la sensibilidad que distingue tanto su palabra como su pintura, nos compartió un relato atravesado por el duelo y la gratitud hacia quienes le transmitieron el conocimiento y las raíces de la cultura yoreme. Hoy esas personas permanecen vivas en las historias, en la memoria colectiva y en quienes continúan preservando el ritual de la pascola.
Efraín Meléndrez no solo pinta elementos de una región; pinta una forma de comprender el mundo. Su obra nos recuerda que la identidad también puede heredarse a través del color y que el arte es, quizá, una de las maneras más profundas de impedir que la memoria desaparezca.
Pienso y siento a través del arte.