La era tecnológica ha venido a revolucionar a los países en muchos sentidos; incluso, la velocidad con la que avanza es más rápida que la capacidad de las instituciones para adaptarse. Actualmente, el sector público enfrenta una crisis de confianza y credibilidad en sus instituciones.
En el caso de los gobiernos, esta situación está causando desorientación, impactando sus políticas, procesos y acciones. Los gobiernos enfrentan el reto de recuperar la confianza y credibilidad de la sociedad; sin embargo, para ello requieren mostrar resultados tangibles con transparencia y rendición de cuentas. De lo contrario, el escenario es la pérdida de legitimidad.
Las administraciones públicas enfrentan desafíos complejos y difíciles, donde la inercia y la burocracia tradicional —es decir, la falta de capacidades para implementar cambios culturales, sociales, educativos y tecnológicos— evidencian que la actitud del Estado para cumplir con sus funciones, a través de la coordinación de esfuerzos orientados al bienestar general, aún presenta grandes rezagos.
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En América Latina existen dos obstáculos que se presentan para las administraciones públicas: la fragmentación interinstitucional (ejemplo de ello es el funcionamiento de sistemas aislados) y la rotación de personal técnico por cambios de gobierno. No hay conocimiento institucional sólido, y este se pierde con cada transición; no hay continuidad en las políticas públicas. La tecnología por sí sola no puede corregir estos problemas, que requieren voluntad política y coordinación.
Otro de los factores preocupantes es la fragmentación. Un gobierno fragmentado representa un grave problema porque paraliza la acción pública. No es un fenómeno nuevo, pero provoca que la responsabilidad se disperse y dificulta que las ciudadanas y los ciudadanos accedan a mejores servicios públicos.
Por ello, las administraciones públicas requieren fortalecer sus capacidades para responder y solucionar los problemas. Es necesario mejorar la coordinación y fortalecer el servicio civil profesional, dotando a funcionarias y funcionarios públicos de las habilidades necesarias para estar a la altura de la modernización e innovación. Entre estas habilidades destacan la capacitación y formación constante en inteligencia artificial, machine learning, algoritmos y las llamadas “soft skills”, que el Foro Económico Mundial publicó como pensamiento crítico, resiliencia e inteligencia emocional, entre otras.
Varios autores coinciden en la necesidad de invertir en habilidades técnicas y digitales, incorporando el llamado “cuello digital” para fortalecer, mediante la capacitación, a recursos humanos calificados, mejorar incentivos e instalar sistemas robustos de selección. Es decir, las administraciones deben invertir en talento digital; ese será su pase para evitar la pérdida de capital humano.
La transformación digital de los gobiernos debe pasar por varios ejes que funcionan e interactúan entre sí: la gobernanza, como un marco normativo que brinde certidumbre; la inversión en talento digital como parte de la gestión del cambio; la inversión en herramientas tecnológicas e infraestructura; y la integración de servicios digitales mediante la incorporación de nuevos procesos.
La pregunta base para todos los gobiernos que buscan trascender, mejorar sus procesos y servicios y dejar huella en la sociedad es: ¿qué tipo de gobierno queremos construir? Ahí están los retos. La respuesta es de cada gobierno y su equipo.
La tarea es grande.