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Sinaloa y Palestina

Una joven maestra fue acribillada en presencia de su familia en un fin de semana que debió ser un espacio de recreación. Una semana después, las...

Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

Una joven maestra fue acribillada en presencia de su familia en un fin de semana que debió ser un espacio de recreación. Una semana después, las autoridades organizaron un acto de propaganda con paseos en motocicleta para comunicar que la vida debía continuar. No hubo protestas de colectivos nacionales exigiendo el cese de la violencia a las organizaciones criminales en Sinaloa.

Unos meses atrás, las vidas de un par de niños y su padre fueron arrebatadas por salir de noche a visitar a sus abuelos. Un maestro y parte de la sociedad decidieron protestar y organizar una marcha; de nuevo, no hubo protestas de colectivos nacionales exigiendo paz en Sinaloa, ni siquiera organizaron caravanas desde todo el país hacia Sinaloa para demandar que la muerte de niños terminara.

En el último año, cientos de familias de comunidades serranas han sufrido bombardeos con drones. Sus casas han sido destruidas y sus lugares de origen devastados por la guerra. Por supuesto, no hay colectivos nacionales exigiendo a las autoridades o al crimen organizado el cese inmediato de los bombardeos. Los colectivos nacionales prefieren protestar por algo que ocurre a miles de kilómetros en lugar de mirar a su propia patria.

En el mundo hay una moda por apoyar a Palestina y su causa. Está bien. Me parece respetable que, en México, algunas universidades, colectivos sociales, empresas, medios de comunicación, entre otros, hayan optado por ser agentes activos en una lucha en la que creen. Han mostrado empatía por personas que no conocen al tratar de detener la violencia; desgraciadamente, los sinaloenses no recibimos ni una pequeña parte del fervor activista por la paz que los palestinos están recibiendo.

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Parece que, ni siquiera en Sinaloa, los colectivos se muestran tan vehementes cuando se trata de la violencia local en comparación con la violencia en el extranjero. Para muestra, tenemos los festejos del aniversario de Culiacán. A petición de algunos activistas, la participación de universidades o cualquier grupo vinculado a la causa israelí fue retirada de la cartelera de festejos.

Ojalá tuviéramos esa vehemencia al momento de plantarnos frente al gobierno local para detener la ola de muertes de mujeres que se desató en las últimas semanas en Sinaloa, la semana más mortífera para las mujeres desde que se tienen registros.

Que bueno que Palestina tiene una causa a su favor. Que malo que un conflicto que se desarrolla a miles de kilómetros, con poco o nada de coincidencia con nuestra realidad, tenga mucha más atención de los mexicanos y sus activistas que los miles de muertos o desaparecidos que hemos acumulado en una guerra que se libra en las calles sinaloenses.

Podríamos suponer muchas razones por las cuales se desarrolla este fenómeno. Una de ellas tiene que ver con enfrentarse a la realidad. Protestar por una guerra tan lejana tiene pocas o ninguna consecuencia. Ni los palestinos ni los israelíes van a tomar represalias por las protestas en México; sin embargo, protestar contra el gobierno mexicano o los cárteles mexicanos sí tiene consecuencias. La realidad se vuelve más tangible. Las balas pueden convertirse en algo real que termine con nuestras ganas de ser activistas.

No es difícil entender por qué las pancartas y los gritos de indignación se alzan con más fuerza por causas foráneas que por las tragedias que respiramos a diario. En Sinaloa, la violencia no es solo un titular pasajero; es el vecino que acecha, el miedo que dicta horarios y caminos. Sin embargo, parece más seguro alzar la voz por un conflicto al otro lado del mundo, donde las consecuencias no llegan en forma de amenazas o balas. Hamas no representa una amenaza por protestar, pero cualquier cártel mexicano puede acabar con la vida de los protestantes.

Los colectivos nacionales que organizan foros y marchas por Palestina rara vez se reúnen para exigir justicia por las familias desplazadas de la sierra sinaloense, cuyos nombres no alcanzan las Ascenso de la Sierra de Sinaloa, ni siquiera organizan caravanas para visibilizar su dolor. Protestar por la violencia en Palestina y en Sinaloa no son mutuamente excluyentes; sin embargo, parece que eligen protestar por un tema y esconder debajo de la alfombra el otro.

Esta indiferencia no solo viene de fuera, sino también de dentro. En las calles de Culiacán, los festivales y las celebraciones continúan como si la sangre derramada en las esquinas pudiera ignorarse con música y luces. Mientras tanto, las redes sociales se llenan de hashtags y filtros en apoyo a causas globales, pero apenas susurran sobre las madres que buscan a sus hijos desaparecidos o las comunidades que viven bajo el zumbido constante de los drones.

No se trata de restar mérito a la solidaridad internacional, sino de cuestionar por qué el sufrimiento de nuestra tierra no despierta el mismo ímpetu. Tal vez porque enfrentar la realidad de Sinaloa exige más que palabras; exige valentía para señalar a los responsables y asumir el riesgo de ser escuchados.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Merece más sus protestas Palestina o Sinaloa?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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