Dice el cliché que la realidad siempre supera a la ficción; en Sinaloa ya no solo la superó, la humilló, la dejó en el piso y luego le pasó por encima con una camioneta blindada. Lo que estamos viviendo no es una “racha”, ni un “incidente aislado”. Es, lisa y llanamente, una producción de Hollywood de altísimo presupuesto, pero con sangre de verdad y sin un director que grite “¡corte!”.
Si usted es de los que disfruta el cine de terror, seguramente recuerda a Freddy Krueger. Aquel personaje que te perseguía en las pesadillas y te desollaba con sus cuchillas. En la pantalla, uno cierra los ojos o apaga la tele y el miedo se acaba. Pero en Sinaloa, el terror se volvió táctil, cotidiano. Los hallazgos de los últimos días —personas desolladas, cuerpos decapitados abandonados como si fueran utilería desechable— harían que el mismísimo Wes Craven se sintiera un principiante. Lo peor es que aquí no hay efectos especiales. El “peor escenario” del que tanto nos advierten los pesimistas ya no es una posibilidad: es el desayuno de cada mañana. Krueger se queda corto ante la sevicia de quienes hoy escriben el guion de nuestra entidad con tinta roja.
La semana pasada, la cartelera cambió de género. Pasamos del horror puro a la acción desenfrenada, estilo Michael Bay o Rápido y Furioso. Tuvimos una persecución digna de un blockbuster de verano: el mismísimo Secretario de Seguridad Pública municipal envuelto en una cacería contra presuntos delincuentes. Ver las patrullas a toda marcha y el despliegue de fuerza nos hace preguntar: ¿En qué parte de la película vamos? ¿Es la escena donde el héroe rescata la ciudad o es ese momento de suspenso donde nos damos cuenta de que el villano tiene mejores armas y más gente? En las películas de acción, al final el bueno gana y se sacude el polvo de la camisa. En la realidad de nuestras calles, después de la persecución, queda el olor a pólvora, el miedo de los que iban pasando y la certeza de que mañana habrá una secuela.
Pero el género que más nos cala los huesos es el suspenso psicológico, ese que nos recuerda a El Silencio de los Inocentes. En Sinaloa, el silencio no es paz, es síntoma de tragedia. Las desapariciones forzadas se han convertido en un agujero negro que devora personas a plena luz del día. Como en esas películas donde el protagonista busca desesperadamente una pista mientras el reloj corre en su contra, aquí cientos de familias viven atrapadas en el clímax más angustiante: la incertidumbre.
En el cine, el detective siempre encuentra algo; en Sinaloa, el “peor escenario” es que el nombre de un ser querido se convierta en una ficha de búsqueda más, archivada en el olvido de una oficina burocrática mientras el silencio de las autoridades se vuelve ensordecedor.
Esta trama se vuelve aún más oscura cuando vemos a las madres rastreadoras protagonizar su propia versión de Búsqueda Implacable, pero sin los recursos de Liam Neeson. Ellas no tienen satélites ni equipos de inteligencia; tienen palas y una voluntad de acero. Es un suspenso cruel, parecido al de la película Siete Pecados Capitales (Se7en), donde el mal parece ir siempre tres pasos adelante, dejando pistas macabras para quienes se atreven a buscar. En este guion sinaloense, la desaparición no es solo la ausencia de una persona, es la presencia constante de un vacío que el Estado no sabe, o no quiere, llenar.
Parece que vivimos en una mezcla de Mad Max por la anarquía en los caminos y The Truman Show, porque todos estamos siendo observados, pero nadie sabe quién tiene el control del interruptor. El problema de Sinaloa es que nos han convertido en extras de una película que no elegimos filmar. El gobierno nos dice que “se está trabajando”, un diálogo que ya se siente como un guion reciclado de una serie de televisión cancelada por falta de rating. Mientras tanto, la ciudadanía sigue esperando el Deus ex machina, ese milagro cinematográfico que ponga orden al caos.
Partamos del peor escenario, porque es el único que no nos ha fallado: esto no es una película de una sola entrega. Es una franquicia larga, dolorosa y parece que los productores no tienen ninguna intención de poner los créditos finales. Al final del día, lo único que queremos los sinaloenses no es un final de película, sino una vida normal, donde lo único “descabezado” sea el precio de la canasta básica y no el prójimo en la esquina.
¿Usted qué opina, amable lector? ¿Sigue cómodo siendo extra en una película que no tiene fin?